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Enero - 2011


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Camina hacia el sol

Oreste Paliotti


Ejemplos y símiles en el arte pedagógico de Chiara Lubich

Recientemente tuve la ocasión de admirar unos maravillosos mosaicos. Éstos me hicieron pensar en una de las funciones de esta forma de expresión artística: catequesis figurativa dirigida a instruir y a elevar el alma del creyente a las verdades eternas. La contemplación de esas representaciones dio rienda suelta a mi imaginación y concebí algo análogo: un tapiz polícromo cuajado de figuras de todo tipo, todas las inventadas por el arte pedagógico de Chiara Lubich para hacer más comprensibles a adultos y niños las realidades espirituales que emanan del carisma de la unidad. El sol con sus rayos, la planta y la raíz, el trampolín, el emigrante, la brújula, el viaje… son todas imágenes y símiles de los que Chiara Lubich, como verdadera maestra espiritual, hizo amplio uso; ejemplos en parte tomados en ocasión de sus viajes por el mundo, como el bambú en Asia, el bumerán y el canguro australianos, los viñedos suizos… Desde hace algún tiempo estoy recogiendo y ordenando alfabéticamente las imágenes de esta catequesis original. Aunque el trabajo no está completo, he aquí una muestra en relación con el tema de la voluntad de Dios. Espero que resulte interesante. A de astro «Nuestro destino es como el de los astros: si giran, son; si no giran, no son. Nosotros somos –en el sentido de que la vida de Dios vive en nosotros y no la nuestra– si no dejamos de amar ni un momento. El amor nos sitúa en Dios y Dios es el Amor». C de cáliz «En cada momento presente de la vida es necesario ofrecerle a Dios nuestra voluntad como un cáliz vacío para que lo llene de su voluntad, de sí mismo, de Vida». H de hilo «(Dios, que es Amor,) quiere o permite todo para tu bien. Y si al principio lo concebirás sólo con la fe, luego verás con los ojos del alma que un hilo de oro une acontecimientos y cosas, y forma un magnífico bordado: el plan de Dios para ti». L de lente «El amor de Jesús se revela y se transmite a través de mi amor. Es como una lente que concentra los rayos del sol. Si se le acerca un tallo, éste prende, porque la concentración de los rayos hace que aumente la temperatura. En cambio, si se pone el tallo directamente al sol, no prende. Lo mismo sucede a veces con las personas. Parecen indiferentes ante la religión, pero a veces –porque Dios lo quiere así– ante una persona que participa del amor de Dios, se prenden, porque esa persona actúa como una lente que concentra los rayos y enciende e ilumina». M de mosaico «Su voluntad sobre cada uno de nosotros, en cada momento, es algo divino, creo; pieza, tesela necesaria de un mosaico que sólo contemplaremos en su integridad en el más allá, mientras que aquí, por gracia suya, se nos concede verlo de vez en cuando por partes». N de nube «En el Antiguo Testamento, a menudo Dios se presentaba ante el pueblo judío en forma de nube y marchaba delante de él. Nosotros tenemos que arrastrar a este pueblo desalentado, a este mundo lleno de problemas, sin afrontar el problema directamente, sino permaneciendo en la “nube”. (…) no salgáis de esa “nube”, no salgáis de la Palabra de Dios, no salgáis del Evangelio; vivid cada momento de vuestra vida (la relación con vuestra esposa, con vuestros hijos, con vuestro jefe, con vuestros colaboradores, con vuestros compañeros) de forma evangélica: ¡permaneced en la “nube”!» R de racimo «Ordenar nuestra vida en racimo: cada uno de nosotros formando parte de un grupo de personas animadas por la espiritualidad evangélica del movimiento para tener más determinación, más fuerza, más ardor en el santo viaje de la vida, es decir, en el compromiso de hacernos santos. Y cada uno de nosotros responsable de un grupo de hermanos a los que desea amar sirviéndoles, ayudándolos». S de sol «Mira el sol y sus rayos. El sol es símbolo de la voluntad divina, que es Dios mismo. Los rayos son esa divina voluntad sobre cada uno. Camina hacia el sol en la luz de tu rayo, distinto de todos los demás, y realiza el maravilloso y singular designio que Dios quiere de ti». T de trampolín «De cada obstáculo hacer un trampolín; no “soportar” la cruz, independientemente del rostro que tenga, sino esperarla y abrazarla minuto a minuto como hacen los santos». Y también T de tren «Nuestra vida debe ser como un viaje y nuestra mirada estar dirigida sólo a Dios. De la misma manera que no miras a las personas desde el tren por esa sensación de transitoriedad del viaje y piensas en el destino, en la vida no te fijes en lo que sucede a tu lado, sino mírale a Él, y por Él, que vive en los corazones más crucificados, trabaja y esfuérzate». V de vasos (comunicantes) «Estamos unidos los unos a los otros en el Cuerpo místico de Cristo. Éste es un misterio que se puede llegar a intuir pensando en los vasos comunicantes. Cuando se añade agua en uno de ellos, el nivel del líquido sube en todos. Lo mismo ocurre cuando se reza. La oración produce la elevación del alma a Dios, y cuando uno se eleva, los demás también se elevan». Y también V de vía «¡La voluntad de Dios! La voluntad de Dios es siempre nueva, es siempre constructiva: vía eterna que devuelve la paz y el equilibrio al alma en un camino perfecto». EL LENGUAJE DE LOS SÍMBOLOS Ante el semáforo en rojo tengo que detenerme. Es un signo que alguien ideó e impuso. ¿Quién podría prohibirle a la Unión Europea que cambie el color de su bandera? El símbolo, por el contrario, no cambia, porque es un signo concreto que habla por sí mismo y evoca toda una serie de significados: el fuego, calor y purificación; el sol, luz; la montaña, el ascenso… En todas las culturas de todas las épocas y latitudes, el agua, el desierto, el árbol se han tomado como símbolos que remiten a realidades más profundas y tan concretas como esos elementos mismos. Por lo que se refiere a Dios y a las realidades de la vida espiritual, los símbolos se revelan como el lenguaje más adecuado para expresarlas. Dios mismo los usó, empezando por el arco iris, signo de la alianza y de comunión entre el cielo y la tierra. Por eso los místicos los usan preferentemente para expresarse, porque después de haber tenido experiencia de lo divino, a menudo encuentran difícil traducir esas experiencias en conceptos, que podrían limitarlas; mejor dejarlas abiertas a la intuición. De ahí las imágenes de la escalera, del castillo, del camino… Esas imágenes tienen la capacidad de suscitar la participación integral de quienes las acogen. No son una alegoría, que se pierde en los detalles, sino una percepción global. Tienen la fuerza de la sencillez, que hace que el espíritu y el corazón las capten de forma inmediata, sin necesidad de esforzarse, de tener una gran cultura o de muchas explicaciones. Jesús conocía bien el valor de los símbolos y se servía de ellos para tocar el corazón de la gente y abrirlos a las realidades del Cielo: la semilla, la levadura, la viña, el rebaño… En su lenguaje, Chiara Lubich utiliza los símbolos arquetípicos de la humanidad (el círculo, el sol, los rayos) y crea otros nuevos (el tren, las vías), que conservan el carácter esencial de los símbolos evangélicos y remiten inmediatamente, como las parábolas de Jesús, a los valores más profundos de la vida divina. Fabio Ciardi


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