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Diciembre - 2010


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Haití, sombras del cólera, color de esperanza

Ana Moreno Marín


Entrevista a Clara Revuelta.

Hablo con Clara Revuelta ocho minutos por teléfono justo antes de que vuele de nuevo hacia Haití y me quedo impactada por el tono tranquilo, incluso alegre con el que me habla del país, máxime cuando sabemos cómo lo está pasando este pueblo y quienes lo están ayudando. Tampoco me extraña, conociendo a Clara, que ofrece siempre una sonrisa, su cercanía y comprensión. Le pido que nos cuente y éste es el resultado. –¿Por qué has ido a Haití? –En el verano del 2009 oí por casualidad que una universidad ofrecía becas para estudios de postgrado para desempleados. Estaba sin trabajo, así que no me lo pensé y eché la solicitud para un postgrado en Proyectos de Agua, Saneamiento e Higiene en Cooperación Internacional. Quería hacer la experiencia de dar parte de mi tiempo y poner al servicio mi bagaje profesional en algún país del Sur… Pero jamás pensé en Haití. ¡¡Y quién me iba a decir que ocho meses después estaría embarcándome en una aventura como ésta!! Uno de los momentos más emocionantes fue cuando llegué al aeropuerto de Santo Domingo y tuve que montarme en el pequeño avión a hélices de Naciones Unidas rumbo a Puerto Príncipe… ¡Qué impresión! En menos de 45 minutos estábamos sobrevolando la devastada capital, un paisaje en tonos grises y azules, una ciudad llena de escombros y plásticos azules, los típicos “plastic sheetings” que se utilizan en las emergencias. –Los medios hablaron y nos mostraron cómo quedó Haití tras el desastre natural. Ahora les azota el cólera. ¿Ha cambiado algo la situación? –Lo primero que me llamó la atención fue que todo parecía seguir igual que el día después del terremoto. Las imágenes eran las mismas que había visto por la tele. No veía más que montañas de escombros, restos de casas y campamentos por doquier… Pero hay algo en el aire, en el ambiente, en la gente, a pesar del calor sofocante de la isla, que te transmite unas ganas enormes de trabajar y hacer todo lo posible por mejorar las condiciones de este pueblo. Se ha trabajado y se trabaja muchísimo, pero también es verdad que todavía queda mucho por hacer. –¿Qué labor desempeñas allí? –Yo trabajo en diez campamentos y dos “bidonvilles” de los suburbios de Puerto Príncipe, en los que aseguramos diariamente el agua potable y los servicios básicos de saneamiento: letrinas, duchas… Colaboramos también con el organismo nacional de agua y saneamiento en diferentes proyectos urbanos: drenajes, limpieza de canales, rehabilitación de redes de abastecimiento en escuelas… Tengo un equipo de trabajo estupendo, formado por ingenieros, fontaneros y estudiantes haitianos. –¿Pero cómo ha sido para ti ver la realidad tal cual? –Al principio llegas con todas las ganas y entusiasmo para trabajar y darlo todo, pero poco a poco comprendes que delante tienes una realidad social, política, etc. muy compleja, y que lo primero que se necesita es tener mucha paciencia. Así pasé de ver todo “gris y azul” a descubrir la cara colorida de Haití. Me gustó una cosa que descubrí los primeros días. Aquí el transporte público consiste en unas furgonetas llamadas “tap-tap”, en las que pueden viajar ¡hasta quince personas! Suelen estar muy coloreadas y llenas de imágenes. Un día presté atención y me di cuenta de que solían llevar escritas frases en francés como «Dios es Amor», «Dios es grande» o «Con Jesús todo es posible». Y pensé: si los haitianos están seguros de esto, ¿por qué yo no? Tengo que trabajar a partir de ahora con esta certeza. –¿Y cómo está siendo la experiencia interior para ti? –Intento construir relaciones auténticas con todos, vivir por la gente que tengo encomendada, “hacerme uno” con mi equipo local, con mis compañeros de trabajo, en casa, sabiendo que el mejor trabajo que puedo hacer es éste, empezando por el que tengo al lado. Está siendo una experiencia intensa y fuerte, que te agota, pero estoy muy contenta con lo que hago. –¿Hasta cuándo estarás allí? –Hasta marzo. Ahora vamos contrarreloj porque la epidemia de cólera nos pisa los talones; de hecho, ya ha llegado a Puerto Príncipe. Cada día pienso en cómo lo haría Jesús, cómo pasaría en medio de los campamentos, en cómo hablaría con la gente… Sobre todo en estos momentos. Hace poco estuve en casa de una familia que había perdido a uno de sus miembros. Fui para desinfectar su vivienda y explicarles cómo mantener las condiciones de higiene. Pero, sobre todo, sentía que estaba allí para acompañarlos en su dolor y ofrecerles un poco de esperanza.


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