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Diciembre - 2007


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Lo que puede la belleza

Pilar Cabañas


Un acto académico en la Universidad Complutense presenta la capacidad que tiene la belleza para renovar el tejido social. El documental “Tocar y luchar”, sobre la labor del venezolano José Antonio Abreu, ilustra el concepto.

Pensando en prosperar... Hace tiempo leí un artículo en un periódico de gran tirada con el título “El porvenir será de los artistas”. Se señalaba que «significativamente, entre los países que han prosperado mejor en los últimos quince años destacan aquellos que mantuvieron o introdujeron programas educativos con contenidos artísticos». Me gustó porque subrayaba la idea de que la creatividad y el arte tienen una función que va más allá de la pretensión de producir placer, de pertenecer exclusivamente a la esfera del ocio y la distracción. Con la intención de crear opinión y ser un cauce de reflexión sobre la capacidad del arte y de la belleza, el pasado mes de octubre tuvo lugar en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid una jornada titulada “Tocar y Luchar. La vocación de la belleza”. Abrió el acto la decana, Mercedes Molina, quien contó su propia visión de cómo era un deber social hacer llegar la belleza a todos. El fantástico documental del director Alberto Arvelo, Tocar y Luchar, sobre el sistema nacional de las orquestas infantiles y juveniles de Venezuela, fue el eje alrededor del cual articular nuestros objetivos: subrayar la importancia de la belleza como motor de cambio en el alma humana y en la sociedad, y crear conciencia de la importancia de todas las profesiones a ella vinculadas. La presentación que hizo de la cinta y del proyecto Antonio Grela, organizador de los Encuentros Musicales de Vigo (ver Ciudad Nueva, nº 438, enero 2007), ayudó a centrar el tema. Al terminar la proyección tuvo lugar una mesa redonda en la que participaron las profesoras María Nagore, Marta Rodríguez Cuervo y Victoria Elí, del departamento de Musicología, y yo misma, del departamento de Historia del Arte III, todas de la mencionada facultad. Alrededor de cien personas, en su mayoría estudiantes, participaron en el acto. El documental Tocar y luchar recoge, de un modo sencillo y con gran sintonía visual con el proyecto que presenta, una iniciativa de probada validez que viene desarrollándose en Venezuela desde 1975 de la mano del director de orquesta venezolano José Antonio Abreu. Ésta consiste en enseñar a los niños a tocar un instrumento e integrarlos en orquestas, formándolos así en valores como la escucha, la perseverancia, el esfuerzo, la renuncia y la unidad que la orquesta requiere. Cerca de 270.000 niños integran este sistema, y el 85% de ellos pertenece a las clases más deprimidas del país. Su participación y consecuencias han demostrado ser un importantísimo instrumento de sociabilidad, capaz de contribuir a cambiar el perfil sociológico de un país. Dentro del proyecto hay que resaltar como planteamientos de base que el objetivo primordial de la orquesta es “concertarse” para generar belleza, y que la formación de la sensibilidad es esencial para mejorar la vida del hombre y la sociedad: «Dejarnos invadir por el arte es comenzar a reconocernos a nosotros mismos», se oye en un momento de la proyección. Ahí subyace sin duda el secreto de esta iniciativa. Este documental se nos presenta como un ejemplo excepcional que el poder de la belleza tiene en la construcción del ser humano, ya que es capaz de transformarnos individual y colectivamente. Durante la mesa redonda las distintas intervenciones incidieron en la necesidad de que aquellos que se dedican profesionalmente al mundo del arte crean firmemente en esta vocación de la belleza. Estos niños venezolanos han aprendido algo más que técnica, han aprendido cuál es el origen de esa capacidad que tienen de crear algo bello, el vacío total de sí mismos, la unidad con los otros. Estos jóvenes son capaces de ofrecer la belleza de la música porque han creído en ella, en su verdad. Y además, quienes les han dado esta oportunidad no han dudado de que, tanto la belleza como la verdad que su arte encierra, tienen dentro de sí la potencia del bien. Se escucharon las palabras del filósofo japonés, Nishida Kitarô, que decía que el punto de unión entre Verdad, Bondad y Belleza, que él identifica con religión, moral y arte, está en la experiencia extática que aflora de la anulación de uno mismo. Tres caminos, el de la verdad, el de la virtud y el del arte, con una raíz común. Todos trabajando a una, unos escuchando a otros, esfuerzos que se suman para ofrecer una obra que conmueva, que hable al espectador, y que además lo consiga, no a través de la lógica aplastante, que de ello se encargan la ciencia y la filosofía, sino mediante la emoción de los sentidos. Varias personas, desde el centro de la sala donde se desarrollaba el acto, tomaron el micrófono para agradecer la iniciativa de este día, que daba pleno sentido a lo que estaban haciendo. Una bella iniciativa que esperaban les impulsara a actuar, como dijo una de las profesoras, con amor y convicción. RECUADRO Tocar y luchar Hace 32 años el maestro José Antonio Abreu, organista, compositor, economista y matemático, se dio cuenta de que la Orquesta Sinfónica de Venezuela, integrada mayoritariamente por viejos inmigrantes europeos, no tenía una generación de relevo. Había entonces sólo dos orquestas en el país, una en Caracas y otra en Maracaibo, también formadas por músicos extranjeros. Eran muy escasas las posibilidades que la sociedad ofrecía a quienes querían dedicarse al estudio de ese arte. «Y pensar que hay tantos niños y adolescentes a la deriva», se dijo. Así, con once muchachos, creó una orquesta juvenil, la semilla de una obra que hoy no conoce fronteras. «Vivíamos en un país donde tocar en una orquesta sinfónica era una misión imposible, donde la condición sine qua non era prácticamente no ser venezolano y tener canas», cuenta Florentino Mendoza, uno de los que empezaron en 1975. «Cuando el maestro Abreu nos habló del futuro del movimiento que se estaba gestando en ese momento, nosotros, yo particularmente, pensábamos que el hombre, o era un loco o era un gran visionario. José Antonio nos ha demostado que tenía razón». A lo largo de más de tres décadas, mediante una organización capilar, han pasado por las aulas del FESNOJIV unos 400.000 niños. El proyecto de inclusión e igualdad social ha llegado a todos los rincones de Venezuela. Hoy, 250.000 chicos integran el sistema y, gracias al programa de educación especial, ¡incluso hay coros de niños sordomudos! El documental Tocar y luchar muestra el prodigio: enfundadas en guantes blancos, unas manitas revolotean en el aire al ritmo de la música. El cineasta Alberto Arvelo, ex miembro de la Orquesta Infantil Núcleo Mérida, muestra a grandes batutas contemporáneas dirigiendo a los pequeños músicos: Claudio Abbado, sir Simon Rattle, Eduardo Mata, Giuseppe Sinopoli y el ex alumno y niño prodigio de la dirección de orquesta, Gustavo Dudamel. Plácido Domingo no puede ocultar las lágrimas por una emoción «tan grande, y no sólo por la emotividad del momento, sino también –dice con énfasis– por la calidad». Para Sir Simon Rattle, director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, «Nada es tan importante hoy para la música sinfónica como lo que está pasando en Venezuela». Su admiración es compartida por altos representantes de la cultura a nivel mundial. La UNESCO otorgó al proyecto el Premio Internacional de la Música (1994) y lo promocionó como componente de la educación infantil y juvenil. El método original venezolano, que se va a aplicar incluso en guarderías, enseña primero la práctica y luego la teoría. La fundación presta asistencia técnica y organizativa a todas las escuelas públicas que quieran incorporarse. Asociaciones de vecinos y de padres, municipios y gobernaciones colaboran facilitando locales e instrumentos musicales. Todos, desde zonas marginadas y poblaciones rurales e indígenas, a barrios urbanos, sin distinción de clase social, tienen la oportunidad de formar musicalmente la llamada “generación de relevo”. «Esto es un proyecto social que se vale de la música como herramienta para rescatar a los niños y jóvenes del ocio estéril y evitar que caigan en las drogas y en la delincuencia», apunta el secretario ejecutivo del Ministerio de la Familia, Igor Lanz. México, Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Perú, El Salvador y algunas islas del Caribe ya han implementado el sistema. ¿Qué dicen los protagonistas de esta iniciativa ejemplar? Para Karelis, de 11 años, la menor de cinco hermanos, la música ha sido un antídoto contra la violencia familiar: «Cuando se ponen a pelear, empiezo a tocar mi violín y se tranquilizan escuchándome». Hace tres años, una compañera de juegos, que tocaba un instrumento de viento, la motivó para que entrara en la orquesta infantil. Su vida cambió. «Cuando yo toco –dice Daniel, de 12 años–, siento como si hubiera una conexión entre yo y la trompeta. Como tú te sientas va a sonar ella. Si tú estás bravo, va a sonar mal». ¿Podemos hablar de milagro? «Los milagros –dice el maestro Abreu– sólo los hace Dios. Nosotros somos humildes servidores (...) en esta tarea creadora; queremos prolongar la obra de Dios en los jóvenes y en los niños a través de ese lenguaje divino por excelencia que es la música». «Quien genera belleza tocando y genera armonía musical –añade–, empieza a conocer por dentro lo que es la armonía esencial, la armonía humana. Una orquesta es la única comunidad que se constituye con el objetivo esencial de “concertarse”. Es un equipo que se reconoce como interdependiente: cada uno es responsable por los demás y los demás son responsables por uno. ¿Concertarse para qué? Para generar belleza. (...) La orquesta ha sembrado definitivamente en cada uno de sus miembros sentido de armonía, sentido de orden (implícito a él), sentido de lo estético, de lo bello, de lo universal; y el lenguaje de lo invisible, que se transmite invisiblemente, a través de la música». Mario Martínez


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