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Diciembre - 2007


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Navidad, hora cero

Maximiliano Domínguez


En la aldea de Belén Diario de viaje por los lugares donde tuvo lugar la primera Navidad.

El preámbulo del Evangelio de Juan dice que «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros», pero nada agrega sobre la infancia de Jesús ni el lugar en que nació. Luego, en el capítulo 7, versículos 40 y 41, recoge una discusión sobre la persona de Jesús. Unos decían: «Éste es ciertamente el Profeta»; otros: «Éste es el Cristo»; y otros replicaban: «¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá del linaje de David y de la aldea de Belén, de donde era David?». ¿Debemos poner en duda que Jesús nació en Belén? El hecho ha sido aceptado unánimemente durante 1.900 años, pero en el pasado siglo algunas investigaciones señalaron que, puesto que a Jesús lo llaman “el nazareno”, ello supone que era de Nazaret, y que las alusiones a Belén que hacen Mateo y Lucas obedecen a su intención de revestir a Jesús con una de las características atribuidas por los profetas al Mesías: ser descendiente de David y haber nacido en Belén. Ahora bien, el apelativo de “el nazareno” también se explica porque Jesús se crió en Nazaret. Por lo demás, Mateo (2, 1ss) y Lucas (2q, 4ss) cuentan con detalle que Jesús nació en Belén, por qué fue allí, en qué precarias condiciones tuvo lugar el nacimiento y que fue adorado por los pastores y los magos. También lo cuentan los Evangelios apócrifos (Protoevangelio de Santiago, Evangelio árabe de la infancia de Jesús y Pseudo Mateo), los cuales, aunque no se consideran inspirados, tienen valor histórico. A todo ello se suma una tradición que se remonta al origen mismo del cristianismo: los cristianos siempre han venerado la gruta de Belén. Por otro lado, hay testimonios, como el de san Justino, nacido en Palestina hacia el año 100, que en el año 160 habla del nacimiento de Jesús en una cueva cerca de Belén (Diálogo, 78), o el de Orígenes, que hacia el año 248 mantiene lo mismo (Contra Celso, 1, 51). Mi esposa Cecilia y yo tuvimos la dicha de peregrinar a los santos lugares y visitar Belén, la Basílica de la Natividad y el Campo de los Pastores. Fue una alegría que queremos compartir con los lectores de Ciudad Nueva. Belén En hebreo significa “casa del pan”, y en árabe, “casa de la carne”. Está a 9 kilómetros al sur de Jerusalén. Nunca fue un gran asentamiento humano, quizás porque los manantiales próximos no suministraban agua abundante. Sus principales medios de subsistencia eran las ovejas y el ganado en general. Hoy cuenta con unos 36.000 habitantes, en su mayoría cristianos, necesitados de ayuda desde que Israel levantó el muro que les dificulta pasar a Jerusalén, donde muchos de ellos trabajaban. Lo están pasando francamente mal. Viven de la pequeña industria o de la artesanía de objetos para turistas. Incluso han formando algunas cooperativas. En el Antiguo Testamento Belén fue importante. Aquí murió Raquel, esposa de Jacob, que fue enterrada en el camino de Efretá, que es Bethlem, como leemos en Gn 35, 19. Además fue escenario del idilio de la espigadora moabita Rut con el dueño de las tierras, Booz, idilio que finalizó en casamiento; y el matrimonio fijó su residencia en Belén. Rut fue bisabuela de David, hijo menor de Jesé. En efecto, en Mt 1, 5-6 leemos: «Booz de Rut engendró a Obed, Obed a Jesé y Jesé al rey David». Sí, David, nació aquí y aquí pasó sus años de juventud, pastoreando el ganado de su padre, hasta que fue ungido como segundo rey de Israel por el profeta Samuel (I Samuel 16, 14). Pero Belén es universalmente conocida porque aquí nació el Mesías, según había anunciado el profeta Miqueas: «Pero, tú, Belén de Efretá, pequeña entre las familias de Judá, de ti saldrá el que ha de ser jefe de Israel» (Mi 5, 12-4), texto recordado luego en el Evangelio de Mateo (2, 6). En Mt 2,1 se dice simplemente que Jesús: «nació en Belén de Judá, donde fue adorado por los Magos”. Pero en Lc 2, 1-20 se narra el acontecimiento con más detalle: «Por aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este primer censo tuvo lugar siendo gobernador de Siria Quirino. Cada cual iba a empadronarse a su ciudad. José también subió desde Nazaret de Galilea a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y estando allí se le cumplieron los días del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada». Basílica de la Natividad Los primeros cristianos nunca olvidaron que aquí tuvo lugar el nacimiento de Jesús y veneraron el lugar. Pero en el año 135, Adriano profanó Jerusalén y Belén y construyó sobre los lugares sagrados sendos templos paganos: el de Belén, en honor de Adonis, dios de la belleza y del amor. Pero el hecho fue providencial, pues lejos de borrar para siempre el lugar del nacimiento de Jesús, consiguió protegerlo contra posteriores agresiones. El templo pagano duró dos siglos, hasta que en época bizantina, Constantino, por solicitud de su madre, santa Elena, mandó derribar el templo pagano y levantar en su lugar una basílica, que fue consagrada el 31 de mayo de 339. La basílica fue destruida en 529 durante la sublevación de los samaritanos, pero el emperador Justiniano mandó levantar otra nueva y de mayores proporciones en el mismo lugar. Y ésta ha llegado hasta nuestros días gracias a otro hecho providencial: cuando en 614 los persas ordenaron la destrucción de todas las iglesias de Palestina, respetaron la de la Natividad de Belén porque en su fachada había un mosaico que representaba a los Reyes Magos vestidos a la usanza persa. Respecto a la identificación del lugar, hay evidencias documentales, además de la tradición que ha pasado de padres a hijos. Ésta sitúa la gruta del nacimiento de Jesús debajo del templo de Adriano, de modo que, cuando fue desmantelado este templo, se halló la cueva intacta. A pesar de que el paso del tiempo ha deteriorado su belleza original, la basílica sigue en pie. En la Navidad de 1100, Balduino I, rey latino, fue en ella coronado, y en 1109 lo fue Balduino II. Los cruzados restauraron la basílica (1165-1169), rehaciendo el techo y cubriéndolo de madera de cedro. Entre 1810 y 1820 los armenios adquirieron derechos sobre la basílica. Desde entonces la regentan tres comunidades: la greco-ortodoxa, la armenia y la católica. La basílica tiene planta de cruz latina, mide 54 metros y tiene cuatro filas de columnas con capiteles de estilo corintio. Bajo el pavimento actual pueden verse restos de mosaicos de la primera basílica. El lugar más sagrado es la gruta que se encuentra debajo del presbiterio. Es el lugar del nacimiento de Jesús y está en una capilla de pequeñas dimensiones donde hay un altar, y bajo éste una estrella de plata señala el lugar exacto del nacimiento. Una inscripción en latín lo explicita: Hic de Vergine Maria Iesus Christus natus est (aquí nació Jesucristo de la Virgen María). El pesebre en el que fue recostado el Niño es venerado en una capilla de al lado, aunque una vieja tradición asegura que fue trasladado a Roma y que se venera en Santa María la Mayor. Otra capilla situada frente a la del pesebre está dedicada a los Reyes Magos. La atienden los franciscanos, por lo que en ella suelen celebrar misa los peregrinos católicos. Es habitual leer aquí los textos evangélicos que narran estos acontecimientos y cantar villancicos. Aquí nació Jesús. Es el comienzo de todo lo que creemos los cristianos, pero también de lo mejor de la cultura occidental, que ha dado lugar a la proclamación de los derechos humanos en defensa y respeto de la dignidad de toda la persona sin distinción alguna. Estar en Belén es estar en Navidad, con su alegría y su gozo. En estos días, le comento al sacerdote que nos acompaña, estamos viviendo en forma concentrada todo el año litúrgico. Y me vienen a la mente tantas Navidades felices vividas en familia, como millones de familias del mundo entero. Cecilia y yo, durante los días navideños, releemos el librito de Chiara Lubich Y vuelve la Navidad, y el de Klaus Hemmerle Dios se ha hecho Niño. Esto nos centra en el sentido cristiano de la celebración. Nos ponemos de acuerdo para estar al servicio de todos, si bien es cierto que todos colaboran y se crea un clima precioso de paz y sosiego. Cecilia va preparando con tiempo y mucho amor toda clase de comidas propias de esos días. Yo procuro ayudar en que lo puedo, sobre todo instalo el Nacimiento, y disfruto como un verdadero niño (¡si no os hacéis como niños!), y adorno la casa, procurando situar en cada rincón algo que, nada más verlo, nos recuerde que estamos en Navidad. Es sin duda la fiesta de las familias. El campo de los pastores «Había en aquellos contornos –leemos en Lc 2, 8-20– unos pastorees acampados al raso, que de noche vigilaban por turnos su ganado. De pronto un ángel del Señor apareció junto a ellos y la gloria del Señor los deslumbró. Se quedaron muertos de miedo, pero el ángel les dijo: “No temáis, pues os anuncio una buena nueva, que será de gran alegría para todo el pueblo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y de pronto se unió una multitud del ejercito celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres que él ama”. »Al irse los ángeles al cielo, los pastores dijeron: “Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Se pusieron en camino a toda prisa y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo les contaron lo que les habían dicho del Niño, y cuantos les oían se admiraban de lo que decían los pastores. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por lo que les habían dicho.» Aun cuando el Evangelio no indica el lugar preciso donde estaban estos pastores, una antigua tradición lo sitúa próximo a Bet Saluer (casa de los vigías), en un lugar conocido como “Campo de los Pastores” que está a 3 kilómetros de la Basílica de la Natividad. Al menos desde la época bizantina se venera este sitio como el lugar donde los ángeles se aparecieron a los pastores. Y desde luego existe allí una gruta natural que en aquel tiempo pudo servir de refugio a los pastores y su ganado. Se ha construido en ella una capilla, en cuyo interior, como decoración principal, hay una pintura representando a los pastores adorando al Niño. Llama la atención que fueran los pastores, gente ruda y sencilla, los primeros en conocer la “buena nueva” y en adorar al Niño Dios. Sin duda, desde su nacimiento, se empezaba a cumplir lo que luego diría Jesús: muchos últimos serán los primeros en el reino de los cielos. Hay que aclarar que ya en aquella época los pastores eran marginados y estaban poco bien vistos. Ejercían su oficio en zonas alejadas de los centros de enseñanza, por lo que eran despreciados por las personas estudiosas y cultivadas. Sin duda, desde su nacimiento Jesús tuvo predilección por los pobres y abandonados. Y sus seguidores han sido siempre así. Los primeros cristianos compartían sus bienes (Hch 4, 32) y ayudaban a los pobres (Rm 15, 26). Hoy se sigue en esa misma línea, atendiendo a los que nadie atiende. Basta con recordar a la Madre Teresa de Calcuta o a santa Ángela de la Cruz, por citar sólo dos casos bien conocidos. Si pensamos sólo en España, según las últimas estadísticas, la Iglesia gestiona 107 centros hospitalarios que asisten cada año a 387.835 personas; 128 ambulatorios que atienden a 849.728 pacientes; 937 orfanatos que acogen a 10.835 menores; 365 centros de educación especial dirigido a 53.140 personas; 876 casas que acogen a 57.653 ancianos, enfermos crónicos y discapacitados. Además la Iglesia cuenta con 137 capellanes y 2.769 voluntarios que trabajan en la pastoral penitenciaria y tiene 73 centros para acogida de reclusos, 54 centros de toxicómanos y 24 para enfermos de sida. También atiende a emigrantes y ayuda al tercer mundo con sus misiones y sus instituciones, principalmente Caritas y Manos Unidas, las cuales destinan respectivamente 17 y 40 millones de euros para cooperación al desarrollo en estos países. Es decir, el Jesús de ayer es el Jesús de hoy, el mismo Jesús.


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