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Noviembre - 2010


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Belleza provocadora

Cinto Busquet


«La sola existencia de este templo es una presencia de lo sagrado, de lo trascendente, en definitiva, de Dios». Entrevista a Mons. Martínez Sistach, cardenal de Barcelona.

Santiago de Compostela y Barcelona son las dos etapas del viaje de Benedicto XVI a primeros de noviembre. Hablamos con el cardenal de Barcelona, Mons. Lluís Martínez Sistach, sobre el significado de esta visita pastoral que gira en torno al templo de la Sagrada Familia. –¿Cuál le parece la principal razón para que el Papa haya aceptado venir a Barcelona a consagrar el templo de la Sagrada Familia? ¿Qué aporta su visita a la Iglesia catalana? –El Santo Padre, Benedicto XVI, ha entendido muy bien la significación de la Sagrada Familia. Este templo sobresale en medio de la cosmopolita ciudad de Barcelona, y sus torres, que serán dieciocho, son visibles desde los cuatro puntos de la ciudad. El Papa ha captado muy bien la concepción teológico-litúrgica que tenía el arquitecto Antoni Gaudí de lo que ha de ser una iglesia dedicada al culto, sobre todo a la celebración de la eucaristía, y lo plasmó en la Basílica de la Sagrada Familia. El Santo Padre aceptó la invitación por su afecto a la Iglesia de Barcelona y a las diócesis de Cataluña. Esta solicitud apostólica es motivo de agradecimiento por parte de todos nosotros, por eso hemos preparado siete catequesis: tres sobre el ministerio de Pedro, dos sobre el arquitecto genial y cristiano ejemplar Antoni Gaudí y dos sobre el templo de la Sagrada Familia. Esta visita apostólica de Benedicto XVI es un auténtico don de Dios, que nos ayuda mucho, confirmando nuestra fe y alentándonos a vivir la vida cristiana con fidelidad a Dios y a la Iglesia, con un espíritu muy evangelizador y misionero. –En un contexto de secularización galopante en Europa, ¿cuál es la función de la Sagrada Familia, y del arte en general, en el anuncio del Evangelio a la sociedad de hoy? –Una sociedad fuertemente secularizada se siente de alguna manera interpelada por un bellísimo monumento religioso como es el templo de la Sagrada Familia. La cultura actual es muy sensible a la belleza y al sentimiento. Anualmente entran en su interior casi tres millones de personas de todo el mundo. Son ciudadanos de nuestras sociedades secularizadas que quedan impresionados por esta obra de Gaudí. Al conocer su riquísima simbología bíblica y catequética, a muchos visitantes les surgen reflexiones e interpelaciones. La sola existencia de este templo es una presencia de lo sagrado, de lo trascendente, en definitiva, de Dios. Aunque la cultura actual de nuestro Occidente es muy poco sensible a la trascendencia, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, busca el sentido de la vida y se plantea interrogantes que trascienden el espacio y el tiempo. La Sagrada Familia atrae porque la “nueva arquitectura” que Gaudí inició descansa sobre aquello que el espíritu humano busca con insistencia: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. Podemos decir que es una cartografía de lo sagrado, un gran mapa desplegado donde la gente puede leer las grandes cuestiones sobre la vida, el origen y el fin, el cielo y la tierra… Antoni Gaudí sabía que la belleza tiene un poder provocador y atraía hacia la bondad y la verdad. Se puede afirmar que este originalísimo templo es como un “atrio de los gentiles” para muchísimas personas que todavía no están dentro de la Iglesia. –La genialidad de Gaudí como arquitecto es conocida por todos. Sin embargo, el gran público desconoce su faceta de cristiano de profunda espiritualidad. ¿En qué punto se encuentra su proceso de beatificación? ¿Qué puede enseñar Gaudí, como creyente, a los hombres y mujeres del siglo XXI? –Antoni Gaudí es tan original y genial que fácilmente nos quedamos en el arquitecto y no consideramos al cristiano. Y las dos facetas fueron muy ricas en Gaudí. Era un hombre de Dios que experimentó una evolución muy clara y positiva en la última fase de su vida. Era un cristiano comprometido en la Iglesia y en la sociedad; un barcelonés que estaba presente en los acontecimientos culturales, sociales y políticos de su tiempo. Él fue descubriendo que su vocación era ser arquitecto de Dios, entendiendo su profesión como una misión, y que su aportación más importante a la sociedad de su tiempo era, especialmente, construir el templo de la Sagrada Familia. Sintió la urgencia de llevar el Evangelio y la presencia de Dios, a través de su obra, al pueblo. Rezaba las horas litúrgicas y participaba cada día en la eucaristía. Su espiritualidad tenía un contenido muy eclesial y litúrgico. En su mesita de noche tenía el libro «L’année liturgique», de Dom Guéranguer, abad del monasterio de Solesmes. Gaudí fue un hombre de fe desde pequeño y esa fe fue creciendo con los años. Valoraba muchísimo la creación como obra del Creador y, en cuanto artista, se sentía un colaborador del Creador, observando, valorando, amando e imitando la belleza de la creación. Tenía una atención constante y delicada hacia los trabajadores del templo de la Sagrada Familia y levantó unas escuelas al lado del templo, que entonces estaba situado en un barrio muy desatendido, para que los niños del lugar recibieran educación. Sus últimos días los vivió muy pobremente. Cuando en 1926 tuvo el accidente en la calle que le ocasionó la muerte unos días después, lo llevaron al hospital de los pobres y, aunque las máximas autoridades querían trasladarlo a otro lugar, el quiso quedarse con los pobres. Conociendo bien su vida, creo que puede ser un buen ejemplo para los laicos cristianos, y de manera especial para los arquitectos y los artistas. –Las polémicas obras del tren de alta velocidad, que tendría que pasar muy cerca de los cimientos de la Sagrada Familia, van adelante, a pesar de la campaña para cambiar el trazado. ¿Qué piensa al respecto? –Es inconcebible que el tren de alta velocidad pase a unos metros de los fundamentos de la fachada de la Gloria. El AVE debería seguir otro trazado que no representase un razonable riesgo para la seguridad, no solamente de unos monumentos patrimonio de la humanidad –la Sagrada Familia y la Pedrera– sino también de los vecinos. En el Patronato de la Sagrada Familia hemos hecho todo lo posible para que se buscaran otras alternativas. –Desde 1882, la construcción del templo ha sido posible gracias a los donativos de los fieles. El gran flujo de visitantes en los últimos años ha permitido acelerar el ritmo. ¿Para qué año se prevé que la basílica esté acabada? –Así se comenzó la construcción de este templo expiatorio: la colecta por las calles de Barcelona y los posibles donativos privados. Incluso Gaudí llegó a pedir limosna cuando no podía continuar la obra. Desde hace años, con el turismo, el templo en construcción es visitado cada año por casi tres millones de personas, que dejan su aportación al visitarlo. Gracias a ello hemos podido avanzar muchísimo en la finalización del interior del templo. Ahora faltan contenidos del exterior. ¿Cuándo se terminará todo? Desearía que fuese dentro de 16 años, para coincidir con el centenario de la muerte del siervo de Dios y su genial arquitecto Antoni Gaudí i Cornet, el año 2026. –Como arzobispo de Barcelona, una gran ciudad mediterránea y cosmopolita, ¿cómo ve el presente y el futuro de la Iglesia en Europa? –Pienso que la Iglesia ha de ser y hacer lo que es: existe para evangelizar. Europa, especialmente su occidente secularizado, es indiferente a la trascendencia, necesita ser evangelizada, anunciar a Jesucristo para facilitar el encuentro personal con Él. Con espíritu de servicio y humildad hemos de ofrecer la riqueza del humanismo cristiano, fundamentado en el Evangelio, y hemos de trabajar con todos los hombres y mujeres de buena voluntad para crear un orden económico y social impregnado de auténticos valores, para encontrar solución a la crisis económica que estamos viviendo. La Iglesia ha de ofrecer a Europa un testimonio y un mensaje que nos hagan solidarios con los grandes problemas sociales y económicos del mundo, evitando cerrarnos de forma egoísta en el seno de la Unión Europea. Benedicto XVI, con su lucidez y preparación intelectual, ha señalado que el vivir nuestro continente «etsi Deus non daretur» (como si Dios no existiese) lo lleva al relativismo y al nihilismo, que se oponen al auténtico e integral desarrollo de la persona humana y de la sociedad. BIENVENIDO A LA CASA DEL SEÑOR SANTIAGO Con este título el arzobispo de Santiago, don Julián Barrio, anunció el 5 de marzo pasado la visita del Papa a la tumba del Apóstol. En la carta manifestaba su agradecimiento al Santo Padre por su bondad y disponibilidad al aceptar la invitación. Al aceptar, el Papa indicó que lo hacía en el deseo de unirse a los peregrinos que han llegado, siguen llegando y llegarán a Santiago este Año Santo Compostelano. Viene como «peregrino de la fe y testigo de Cristo Resucitado». La presencia del Papa siempre dinamiza el compromiso cristiano. Es vínculo y animador de la unidad, de la caridad y de paz. Como vicario de Cristo es fuente de riqueza espiritual para todas las iglesias particulares. Una vez más se actualizan las palabras de Jesús a Pedro: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32), contenido del ministerio pastoral que recibe Pedro y que el Papa desempeña en la fidelidad del amor, orientando con sus enseñanzas y dando fuerza con su presencia. Don Julián invitaba en su carta a rezar, con la intercesión del Apóstol y de la Virgen Peregrina, por el Papa en su tarea de gobierno y animación de la Iglesia, y también por los frutos espirituales y pastorales para su comunidad diocesana, para Galicia y para toda la Iglesia en España. Y concluía: «Dispongámonos ya desde ahora a acompañarle y preparémonos a darle nuestra mejor acogida y hospitalidad, pues “no pueden ser ajenos a la caridad aquellos con los que camina la verdad”». «Europa se hizo peregrinando a Compostela», escribió Goethe. Otros han llamado al Camino “la calle mayor de Europa”. Hay un acuerdo en afirmar que el Camino de Santiago ha sido crisol de culturas, transmisor e intercambiador de ideas y corrientes artísticas, encuentro en paz y armonía de lenguas y pueblos. En definitiva, «un eje vertebrador de la primera conciencia común de Europa» y un factor de unidad en la diversidad. En 1987 el Consejo de Europa reconoció que el Camino fue el «primer itinerario cultural europeo», y en 1993 la UNESCO lo declara Patrimonio de la Humanidad. Dos aldabonazos más que se unían al de Juan Pablo II en 1982, para el resurgir de la vía más antigua, insólita, legendaria y más frecuentada. En aquel año Juan Pablo II hizo un discurso europeísta desde la tumba del Apóstol. Todos recordamos el grito de esperanza que ahora podemos leer en bronce frente a la Tumba en Santiago: «Europa, sé tú misma, vuelve a tus raíces». Desde entonces, año tras año se ha incrementado el número de personas que llegan hasta el lugar que guarda la memoria de uno de los amigos íntimos de Jesús, Santiago Apóstol. Ya no sólo es crisol de la cultura europea sino de una cultura más universal. Parece que la oración de Jesús en la Última Cena, «Padre que sean uno en el amor», tenga en Santiago una resonancia especial. Por sus calles, y mucho más en este Año Santo, se oyen todas las lenguas del globo. Joseph Ratzinger adoptó como nombre de pontificado el de Benedicto recordando a San Benito, patrono de Europa, hombre de reconciliación y referente para la unidad de Europa. Al explicarlo, el Santo Padre hace referencia explícita al tema de la reconciliación y manifiesta su deseo de «poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y de la armonía entre los hombres y los pueblos». Escogió como lema la frase de San Juan: «Cooperador de la verdad», y lo explica desde su tarea previa como profesor y a la luz de su nueva misión: en la Europa de hoy parece que la verdad sea algo demasiado grande, «sin embargo, todo se desmorona si falta la verdad». El escudo papal tiene en el centro la concha que simboliza al peregrino. La presencia del Papa en Santiago le hace peregrino entre los peregrinos como testigo cualificado de Cristo Resucitado. Y le hace expandir sus ansias de unir caminos en busca del que es Camino, Verdad y Vida. El Papa en Santiago dirá, entre otras cosas, que hemos de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, formando la Iglesia de Jesucristo y construyendo un mundo más humano, más justo, más según la Verdad y el Amor. Eugenio González


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