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Noviembre - 2010


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Celebración en tres actos

Javier Rubio


Unos 14.000 participantes de todo el mundo asisten a la beatificación de Clara Badano.

Algo distinto se vislumbraba en esta beatificación, y esa impresión se me confirmó el 25 de septiembre a las afueras de Roma, cuando los ojos se me llenaron de una multitud (unos catorce mil, según la organización) compuesta de jóvenes y menos jóvenes, que atestaba los alrededores del santuario del Divino Amor. Dentro no cabíamos, claro; pero unas enormes pantallas permiten seguir el desarrollo de la ceremonia. Me informan de que ha venido gente de setenta y un países. ¡Qué fenómeno! Y se nota. Hay de todo, incluso familias enteras. Me cuentan que unos escoceses han venido con sus tres hijos. No conocían antes el Movimiento de los Focolares, pero la hija mayor, que se va a confirmar el próximo curso, había oído hablar de Chiara Luce, y como en Escocia tienen la costumbre de adoptar un nuevo nombre en la confirmación, pues ella ha elegido el de la joven Badano. Y nada, que se han venido todos. Unos portugueses comentan que no les parece estar en una beatificación. Yo no es que haya asistido a muchas, pero ciertamente ésta tiene otro aire. Ya después de la procesión inicial, son los jóvenes quienes llevan la voz cantante. Luego, cuando llega ese momento en que es descubierta la imagen “oficial” de la nueva beata, que hasta ese momento estaba oculta por un velo, alguien cerca de mí comenta: «Es la primera vez que veo una gloria “despelucá”». Tiene razón, lo habitual es que sean rostros serios (éste sonríe) y repeinados, o cubiertos con una toca monjil. Los padres de Clara Badano, que aparecen enormes en la pantalla, se ven radiantes y orgullosos. Entiendo que en ese momento no está pasando por sus cabezas el doloroso recuerdo de su joven hija muerta de cáncer, a la que además estuvieron esperando durante largos años, sino más bien el gozo porque ella está presente. Más tarde, respondiendo a un periodista que les pregunta lo que sienten, la madre responde simplemente: «Una inmensa gratitud a Dios»; y el padre añade con decisión: «Los dos años de su enfermedad fueron los más benditos para nuestra familia». Ese gozo probablemente se lo están transmitiendo a muchos de los jóvenes que han acudido al acto. De hecho, entre los comentarios que se pueden oír, uno recurrente es que Clara Badano «ha demostrado que la santidad también es posible para nosotros». Mucha gente ha podido seguir la celebración por internet, y es que en el fondo ha sido la Red lo que ha marcado de manera distinta este proceso. Basta con ver lo que ha dejado escrito una tal Valentina: «¡Qué vergüenza! Pasamos horas en Facebook mirando tonterías y hasta hace sólo diez minutos no sabía quién era Chiara Luce». Casi corriendo, porque ya se sabe cómo es el tráfico en Roma, nos vamos al Aula Pablo VI del Vaticano. Aquí sí entramos, pues se requiere traducción, pero unas cinco mil personas se quedan fuera siguiendo el programa en pantallas gigantes y aguantando la lluvia como jabatos. Asistimos a un acto que tiene el típico sello de los eventos organizados por los Focolares: “fest”. Doscientos jóvenes y setenta técnicos ponen en escena «Life Love Light», es decir, la vida de Chiara Luce narrada mediante música, canciones, coreografías, imágenes filmadas y entrevistas a sus padres, a su mejor amiga y a Mons. Maritano, el obispo que inició el proceso de beatificación: «La felicidad máxima –dice el obispo– es la aspiración de todo hombre. Algo que se puede alcanzar, pero sólo si tienes la receta de la justa libertad. Chiara Luce la tenía: “Dios me ama inmensamente”». Cosas parecidas oiremos a la mañana siguiente en la misa de acción de gracias en la Basílica de San Pablo Extramuros. Pero me asombra el comentario de unos padres murcianos que no hace ni un año perdieron a una hija, también joven, y por una enfermedad similar a la que tuvo Clara Badano; dicen: «Es como si hubiéramos asistido a la beatificación de nuestra hija». Celebrar significa... Son las fiestas de mi ciudad. Por las tardes, el comercio cierra y no hay actividad empresarial para facilitar que los ciudadanos disfruten las ferias y fiestas en honor de San Mateo. Actuaciones musicales, verbenas, fiesta taurina y atracciones adornan el recinto ferial. Todos tratan de pasarlo bien, divertirse. He llevado a mi hija pequeña a la caseta infantil a media tarde, exactamente a las cinco y media. El paisaje juvenil en la alameda previa al recinto ferial era asombroso. ¡Cuántos jóvenes a esas horas por allí! Mirando más atentamente pude observar el lamentable estado que la mayoría de ellos presentaba: bastantes cañas, calimochos y cubatas habían compartido ya a esa hora. Tumbados en el césped indicaban el “cansancio etílico” de sus cuerpos. Seguramente celebran las fiestas, pero si les preguntase quién era San Mateo no encontraría uno que lo supiera. ¡Qué cosas! De vuelta a casa, pienso en lo que esos días vivimos en familia. Nuestros hijos mayores, en edad similar a los jóvenes del parque, están de viaje relámpago a Roma para asistir a la beatificación de una joven de 18 años. Han ahorrado (hemos ahorrado todos a decir verdad) para los gastos. Se han privado de algunas cosas para disponer del dinero necesario. Sobre todo, han viajado ilusionados para participar y celebrar que la juventud es una etapa de la vida preciosa para hacerse santos, que hay una vida sola, que no se puede malgastar, que la felicidad se alcanza amando a cada persona que pasa a tu lado. Ésta es la alegría que brota de la mirada de Clara Badano. He seguido los actos de beatificación a través de internet. He visto miles de jóvenes en Roma celebrando la santidad. Celebran que Chiara Luce es un ejemplo a seguir, que el dolor y el amor se puede vivir cada día de nuestra vida. También el rostro de estos jóvenes se veía cansado, pues muchos habían realizado un viaje de muchísimos kilómetros. No han querido perderse el que la Iglesia celebre que una joven (hoy tendría 39 años), ante el dolor de la enfermedad, haya sabido transformar cada momento en Amor y llevar a todos la presencia de Dios. A sus amigos les solía decir: «Cuántas veces pasa Dios a nuestro lado y no nos damos cuenta». Sus últimas palabras fueron para su madre: «Mamá, se feliz porque yo lo soy». Mª Jesús Aranda


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