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Octubre - 2010


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Aprender ecumenismo

Félix Mercado


Nociones sobre la Iglesia ortodoxa de la mano de quien aún quiere seguir aprendiendo.

Nunca es tarde para aprender y ¡hay tantas cosas que no conocemos! Blanca y Abelardo, con sus tres hijos ya casados y abuelos de cinco nietos, decidieron aceptar la propuesta de adentrarse en un ámbito poco usual en nuestras latitudes: el ecumenismo. Todos tenemos alguna noticia de las relaciones entre las iglesias cristianas y sabemos que cada mes de enero se celebra una semana de oración por la unidad de los cristianos. Pero de ahí a tener nociones precisas sobre la historia y el funcionamiento de otras Iglesias hay un abismo. Por eso ellos ya llevan unos años en el tema y hace poco asistieron a un seminario internacional en Estambul, o Constantinopla, la vieja Bizancio, donde se consolidó la Iglesia ortodoxa. Participaron unas ciento cincuenta personas procedentes de veinte países, y había católicos, ortodoxos, evangélicos, etc. Cabe preguntarles si volvieron con los deberes hechos. «Espero que sí –dice Abelardo–. Ahora conocemos mejor la Iglesia ortodoxa. Prácticamente cada país tiene su Patriarcado, aunque todas consideran al de Constantinopla como el primus inter pares. El patriarca de Constantinopla viene a ser el líder espiritual de todos los ortodoxos del mundo, que son unos trescientos millones. Pero se gobiernan por un sínodo permanente, constituido por una representación de sus obispos». Es una forma colegiada de gobierno que difiere de la católica, pero según el profesor Piero Coda, que acudió a ese seminario en cuanto miembro de la Comisión para el Diálogo entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa, «la sinodalidad de la Iglesia ortodoxa es un don para los católicos, así como el ministerio petrino de la Iglesia católica es un don para los ortodoxos». «La tradición –prosigue Abelardo– da más relieve a los cuatro patriarcados orientales (Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén), luego a los que se añadieron con el tiempo (Moscú, Rumanía, Bulgaria, Serbia), y después han adquirido autonomía las Iglesias de Grecia, Chipre, Finlandia, Albania, etc. Cada una de ellas celebra los oficios en su lengua y es autónoma. La máxima autoridad reside en el concilio ecuménico». Blanca, atenta a las relaciones personales, dice haber tomado buena nota del tratamiento adecuado de la escala jerárquica: «El patriarca de Constantinopla recibe el apelativo de “santidad”, mientras que a los demás se les trata de “beatitud”. Los metropolitas, que son los representantes del patriarca, son “eminencia”, y a los archimandritas, párrocos y diáconos se les trata sencillamente de “padre”. Por cierto, los diáconos y los sacerdotes pueden ser casados, pero los metropolitas y el patriarca han de ser célibes». Otro aspecto que le ha llamado la atención es la liturgia ortodoxa: «El año litúrgico se articula en dos ciclos: las fiestas fijas y las móviles. Algunas coinciden con las nuestras, otras no. Y en cuanto a la “divina liturgia”, habitualmente se desarrolla según la fórmula de san Juan Crisóstomo. Requiere siempre la presencia de un diácono y suele ser normal que la celebren varios sacerdotes. Es siempre solemne y siempre cantada». «Tuvimos ocasión de participar en la divina liturgia –continúa– que se celebró en el Fanar, la sede del patriarcado. Allí saludamos personalmente al patriarca y nos encontramos con Don Policarpo, el metropolita de la Iglesia ortodoxa griega que reside en Madrid, al que ya conocíamos». Hablando de los sacramentos, signos de la cercanía de Dios a lo largo de la vida del creyente, «también son siete, como en la Iglesia de Roma –dice Abelardo–, pero cambia la forma de administrarse. El bautismo, por ejemplo, es por inmersión y va precedido de la imposición del nombre en una ceremonia distinta. La confirmación se otorga en la misma ceremonia del bautismo. La eucaristía se distribuye siempre bajo las dos especies y no es raro que los niños pequeños acompañen a sus padres a recibirla. La confesión la hacen ante un icono, o sea, que no tienen confesionarios. Al matrimonio lo llaman “coronación de los esposos”, pues se les pone una corona durante la ceremonia; y no es mero folclore, sino que tiene un profundo significado. En cuanto a la ordenación, cada grado (subdiácono, diácono, sacerdote o episcopado) tiene su ceremonia. Por último, la unción de enfermos puede darse de forma solemne, con siete sacerdotes, o de forma común, con uno solo». Se les nota en los gestos que muchas de estas cosas les han resultado muy novedosas: «Ya lo creo –dice Blanca–, y algunas son bastante curiosas. Por ejemplo, en las iglesias bizantinas no hay más que un altar, el comunitario; no hay altares laterales como en nuestras iglesias, y el presbiterio está reservado al clero. Ellos no conocen el rezo del rosario; la misma oración del Avemaría, que aquí se aprende de niños, no forma parte de la devoción popular ortodoxa. Tampoco tienen el concepto de misa por los difuntos. ¡Ah!, y no existen las órdenes religiosas, pero hay monjes, que son célibes y gozan de gran prestigio». Para hacer ecumenismo se requiere claridad de ideas y saber que existen divergencias notables. De ahí que en el transcurso del seminario quedan delineadas las barreras que aún se alzan entre el catolicismo y la ortodoxia: el primado del Papa y su infalibilidad, la doctrina sobre el purgatorio, los nuevos dogmas marianos y la cuestión del divorcio. Pero se insiste más en los puntos de unión: «Católicos y ortodoxos tenemos los mismos dogmas fundamentales –dice Abelardo–, celebramos el mismo sacrificio eucarístico, tenemos los mismos sacramentos, un sacerdocio común, la sucesión apostólica. Las diferencias no permiten la comunión plena. Y en cuanto a los ritos, los veo como un patrimonio distinto pero no necesariamente contrapuesto al latino. La diversidad en este ámbito no significa división». Probablemente la tradición iconográfica ortodoxa se parece más a la narrativa en piedra del gótico occidental que a la actual imaginería. «Los iconos –dice Blanca– son auténticos tratados de teología en colores. Para los ortodoxos son como una ventana abierta al Paraíso, un reflejo del más allá. Cada gesto y cada color tienen un significado. Un iconógrafo antes de pintar se prepara con la oración y el ayuno. El arte occidental está impregnado de racionalismo aristotélico, mientras que la cultura bizantina desarrolla el idealismo y el simbolismo platónicos». Algunos pasos del diálogo entre católicos y ortodoxos cabe atribuírselos a Chiara Lubich. De hecho, ese seminario del que venimos hablando es en realidad la decimoctava “escuela ecuménica” organizada por los Focolares. «Uno de los momentos más conmovedores para mí –dice Blanca– fue escuchar una cinta de Chiara en la que habla de su primera entrevista con el patriarca Atenágoras. Me impresionó el cariño con que la acogió: “Te esperaba. Conozco tu Obra y la admiro”. Según Chiara, Dios le había concedido lo que le había pedido: que el patriarca no se fijase en su persona, sino en la Obra de Dios». Conocer y entrar en la ortodoxia y poder visitar sus lugares emblemáticos ha sido todo un enriquecimiento para Blanca y Abelardo. El reto que afrontan ahora es el de ser una de esas “células vivas” que generan la presencia de Jesús entre los suyos. Será Él quien luego realice la unidad tan deseada.


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