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Octubre - 2010


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El patio de los gentiles

Julio Márquez


Fundamentos para el diálogo entre creyentes y no creyentes. Entrevista a monseñor Ravasi.

En un discurso a la curia romana pronunciado en la Navidad de 2009, Benedicto XVI expresaba su deseo de que se creara un ámbito de diálogo con «aquellos para los que la religión es algo ajeno, para quienes Dios es un desconocido y que, sin embargo, no querrían simplemente seguir sin Dios, sino acercarse a Él al menos como a un desconocido». Así pues, un lugar de reflexión y encuentro, como lo era el Patio de los Gentiles del Templo de Jerusalén. En respuesta a aquel llamamiento del Papa, el Pontificio Consejo de la Cultura anunció casi inmediatamente el proyecto de poner en marcha una nueva fundación llamada precisamente «El Patio de los Gentiles». Ese anuncio suscitó un interés muy superior al que se podía prever, sobre todo en el mundo laico. Hablamos de este proyecto con Mons. Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, arzobispo, biblista, teólogo, estudioso de renombre y protagonista de la iniciativa. –¿Cómo está progresando la fundación? –Las cosas se pusieron en marcha calladamente, porque el anuncio de la fundación coincidió con la desconcertante explosión del escándalo de los sacerdotes pederastas y temíamos las reacciones adversas. Sin embargo, el interés por el proyecto fue desde el primer momento enorme y muy positivo, sobre todo en los ambientes más laicos. Inauguraremos oficialmente la fundación el 24 y 25 de marzo de 2011 en París, ciudad emblemática de la laicidad. –¿Cómo se articulará la inauguración? –Habrá tres eventos: en la Sorbona trataremos el aspecto más teórico, pero involucraremos también a los estudiantes; en la UNESCO la comunicación será a nivel horizontal y planetario; por último, iremos a la Academia Francesa para abordar la cuestión desde un nivel más específico y académico. Estamos seleccionando a las personalidades que darán su aportación. También tenemos intención de incluir algún evento o espectáculo para jóvenes, además de una lectura de textos de autores ateos y autores creyentes. Llamaremos también a Jean Vanier para que participe en el diálogo, porque el creyente no sólo habla de sus tesis, sino que también las vive, da testimonio de ellas. Y quisiéramos involucrar también al hermano Alois y a la comunidad de Taizé. –¿Cómo ha sido recibido el anuncio? –La noticia del evento de París ha generado gran interés y ha dado lugar a varias propuestas más, algunas de las cuales ya están en una fase bastante avanzada de realización. De hecho, como preparación para el evento de París, en febrero de 2011 estaremos en la Universidad de Bolonia con Massimo Cacciari y Umberto Eco, además de algunos representantes de la cultura católica; en noviembre de 2010 estaremos en Madrid. En España se llevará a cabo un diálogo abierto a todos, popular, entre un filósofo no creyente y yo. En cambio, la cita de Bolonia está orientada a estudiantes y académicos. El colofón será el encuentro de París, global, alto, en teleconferencia con la UNESCO y con los periodistas acreditados. –¿Pero qué tipo de diálogo será? –Queremos que sea alto y cualificado. No nos interesan –al menos por ahora– los profesionales del ateísmo folclórico despreciativo que está de moda hoy en día, ni tampoco los del clericalismo apologético o fundamentalista. Los temas principales serán los de la relación entre religión, sociedad, antropología, ética, paz y naturaleza. El objetivo es estudiar por una parte el espacio de la antropología y de la ética sin Dios; por la otra, la mística y la espiritualidad para hacer ver al ateo la actualidad y la calidad epistemológica de la teología. Son dos modos, dos niveles de conocimiento distintos, pero que no están en conflicto y que pueden tener contactos fructíferos. –Usted ha afirmado que en el encuentro hay que «conservar la armonía de la diversidad»… –Por su propia naturaleza, el diálogo presupone dos visiones del mundo distintas, por lo que no puede ser que uno llegue con su idea clara mientras el otro está en el vacío. El problema de la Europa actual, que no es capaz de dialogar sino sólo de reaccionar por miedo, es precisamente éste: ha perdido su rostro, marcado profundamente por el cristianismo. Tenemos que pasar del duelo, donde no hay razones y vence el más fuerte, al dúo, donde el bajo y la soprano consiguen crear armonía con sus voces, que están en las antípodas del espectro, sin renunciar a su identidad. –¿La relación entre ciencia y fe entrará también en la iniciativa? –Sin duda. El choque entre ateísmo y fe hoy en día se produce sobre todo al nivel de la ciencia. Nosotros tenemos un excelente departamento de ciencia y fe, el STOQ (Science, Theology and Ontological Quest), que en el pasado estudió primero temas cosmológicos y después el evolucionismo. Ahora nos estamos interesando por las neurociencias y por la investigación sobre células estaminales, no desde el punto de vista técnico sino teórico, y de sus implicaciones éticas. El segundo ámbito fundamental de investigación es la relación entre fe y arte en todos sus aspectos. En fin, quisiéramos llegar a ser una casa de diálogo. –¿Siente el peso de la responsabilidad de este dicasterio? –Éste es un dicasterio sui géneris, porque no hay nada más transversal y general que la cultura. De hecho, el concepto de cultura ya no es el de la Ilustración, la intelectualidad aristocrática. Hoy en día es un concepto antropológico, es decir, comprende los componentes de la acción del hombre como la concienciación, como la autoconciencia del comportamiento. Ya no es algo elitista, por lo que la posibilidad de ser creativo ampliando los campos de interés es continua. Por ejemplo, estamos pensando desarrollar un pequeño departamento de economía. Los dos premios Nobel de economía, Amartya Sen y Joseph Stiglitz, demuestran que tenemos que volver a concebir la economía como una ciencia humanística y no como una técnica financiera. Ésta última es sólo un instrumento que, sin embargo, ha terminado por convertirse en un ídolo. En cualquier caso, los retos son muchos, es cierto, pero yo soy curioso por naturaleza. Por eso, aunque a veces encuentro oposición, no me preocupa. Además, me parece que el Papa está satisfecho con nuestro trabajo. –Por cierto, ¿cómo es su relación con el Papa? –Benedicto XVI decidió personalmente que yo estuviera aquí. Siempre he tenido con él una relación espontánea e intensa. Cuando entré a formar parte de la Pontificia Comisión Bíblica, era el más joven de todos, por lo que podía permitirme ser más “creativo” y libre que los demás; y el cardenal Ratzinger estaba siempre amablemente disponible y atento conmigo, incluso cuando comíamos juntos. Siempre ha habido con él una relación inmediata, debido también a la extraordinaria finura de sus dotes de comunicación personal. –Usted ha dicho que hay que luchar contra la superficialidad, la vulgaridad y la fealdad… –Se cita siempre la frase de Dostoievski: «La belleza salvará al mundo». El concepto de belleza es simbólico por su propia naturaleza, invita a descubrir el nexo profundo de la búsqueda espontánea que hace el hombre entre lo bello y lo verdadero. Cuando el hombre o la mujer se enamoran, miran el aspecto estético, pero también tienen en cuenta los sentimientos, el amor, la donación, la verdad de la otra persona. Tenemos que reconocer que vivimos en una época difícil. Sin duda ha habido momentos peores en la historia, como cuando nací yo durante la guerra mundial y las locuras de Hitler y Stalin, pero hoy en día es más peligroso, porque estamos en una época de fealdad, de vulgaridad, de superficialidad, de trivialidad. La política no tiene proyectos e incluso la religión a veces no tiene utopía –«sed perfectos como es perfecto vuestro Padre»–, no tiene la idea de tender al infinito. –¿Y entonces? –Hay que volver a las grandes narraciones, a las experiencias, a las categorías fundamentales, es decir, a los temas últimos. Por eso, la Iglesia no puede ser sólo una agencia caritativa, sino que tiene que decir también lo que es el amor, el dolor, la verdad, el bien y el mal, la vida, la muerte, el más allá. Éstos son los temas, bellos y verdaderos, que dan “calor” e interesan a los no creyentes. Otra cosa que quisiera destacar es la memoria, el recuerdo. Somos enanos a espaldas de gigantes y sólo por eso vemos más lejos, decían en la Edad Media. Recordar es una palabra bonita que significa «volver a traer al corazón». –¿Este proyecto puede devolverle la vitalidad también a esta Europa moribunda? –Sí. Se necesitan dos elementos: valorar nuestro gran patrimonio cultural y entender que vivimos tanto de la verdad como de la belleza, es decir, de los temas últimos. No tenemos que contentarnos con lo mínimo. Éste es el riesgo que corre también la Iglesia actual. Algunos planes pastorales son cortos de miras y rígidos, carecen de horizontes amplios y también de pasión. No tienen nada que te haga levantar la mirada hacia lo alto. Es un reto para todos. Si nos acostumbramos a las cosas pequeñas, nos hacemos incapaces de las grandes.


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