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Noviembre - 2007


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EL TEOLOGO - ¿Olvidar o recordar?

Claudio Guerrero




Por un lado, el cristiano debe mirar hacia delante, como dice Jesús: «Nadie pone la mano en el arado y mira hacia atrás...», y también san Pablo: «No hago más que olvidarme del pasado y seguir hacia delante...»; y muchos autores espirituales aconsejan olvidar y no pensar en el pasado. Por otro lado, muchos santos y muchos escritos espirituales aconsejan conocerse y meditar sobre las miserias de uno. ¿Qué hacer: olvidar, o recordar? M.B.G. Para contestar a esta pregunta, es probable que Jesús hubiese contado la parábola del hijo pródigo1. En esta parábola podemos ver cómo entiende Jesús el pensamiento de quien vuelve a Dios, y el de Dios cuando lo acoge. Es fácil identificar los primeros pensamientos en las palabras del hijo cuando se está arrepintiendo: «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros». Por su parte, el padre, «estando él todavía lejos lo vio y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó (...) Y dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidlo, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies (...) y celebremos una fiesta». Yo diría que las dos perspectivas señaladas en la pregunta se deben a nuestro modo de ver cada una de estas dos actitudes evangélicas. En efecto, algunas espiritualidades, tanto antiguas como contemporáneas, se fijan más en el hijo e insisten en lo incapaz que es el hombre en comparación con Dios. Por eso, tener siempre presente el pecado cometido parece la única posibilidad de no tener pretensiones ante Dios. El camino del cristiano resulta entonces como un proceso de conversión que requiere una continua ascética y que resalta la fragilidad del hombre, que siempre está inclinado al egoísmo. Distinta es la actitud de la espiritualidad que mira principalmente al padre: cómo y cuánto nos ama Dios, que nos perdona completamente si volvemos a él con humildad y amor. De este modo resalta más la unidad con Dios que experimentamos cuando nos acoge de nuevo y nos disponemos a actuar según su amor. La Escritura está llena de textos que resaltan ambas actitudes; por eso las espiritualidades que el Espíritu Santo ha suscitado a lo largo de la historia del cristianismo resaltan los dos caminos que se pueden recorrer. No creo que la verdadera disyuntiva esté entre recordar u olvidar el pecado, sino entre olvidar o recordar que Dios nos ama inmensamente. La fe es ante todo la memoria de todo lo que Dios ha realizado en nuestra historia y el relato de quien han sido testigo de su amor. Da igual en dónde pongamos el acento. Como en cualquier tipo de relación, no cuenta tanto el momento en que hemos traicionado de alguna forma la confianza y el amor del otro, sino el momento en que hemos experimentado la unidad con él. Lo mismo sucede en la relación con Dios. Recordar más o menos el pecado puede ser secundario, pero es fundamental mantener vivo el recuerdo de aquel momento en que experimentamos su amor acogedor. Si pensamos en el hijo pródigo después de la fiesta, es imposible no imaginarse que recordaría a menudo su fuga y el hambre que pasó fuera de la casa paterna, pero aún más vivo en su memoria sería el abrazo inesperado e imprevisible de su padre. La alegría de saberse amado, incluso cuando uno no está a la altura de quien nos ama, y sentirse mirado por ojos que nos ven siempre nuevos, no podrá sino impulsarnos a amar a Dios y al prójimo en el presente, sin caer en remordimientos ni desilusiones, y con la libertad de quien no se fía de sus solas fuerzas; o, mejor, de quien se ve con los ojos de Dios. Mirarse con los ojos de Dios significa precisamente fijarse en el proyecto de amor que Dios tiene para uno mismo, que podemos realizar en el momento presente amando. Si llevo una vida orientada a amar, podré decir que Dios me ama tal como soy. Tan dulce será el recuerdo de su amor que, aunque me vea indigno o no sienta su presencia, me bastará el recuerdo para hablarle de mi deseo de estar con él y volver a sentir su amor misericordioso. Claudio Guerrero 1) Cfr. Lc 15, 11 y ss.


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