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Agosto - 2010


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Miguel, el acróbata

Sebastián Minot


«Alguien me habita desde hace mucho, mucho tiempo». La lección de un payaso.

Nunca me habría imaginado que iba a conocer a ese clown-contorsionista-acróbata que nos acababa de tener con el alma en vilo. Todavía llevaba puesta la crespa peluca amarilla, la nariz roja, una camiseta blanca que ceñía su cuerpo atlético y una pajarita verde fosforescente de dimensiones enormes. Se estaba despidiendo de unos niños que habían querido hacerse una foto con él. De repente se dirigió a mí para que nos hiciéramos una foto. ¿Cómo decirle que no? Aunque no era muy alto, posó su mano sobre mi hombro y me pareció que estaba sosteniendo la pata de un elefante. Cuando supo que era extranjero, me preguntó si podía darle unas clases básicas de mi idioma, y así fue como conocí a Mihàyl, aunque aquí lo llamaré Miguel. «¿Cómo acabé en este trabajo? Sí, es cierto, un acróbata nace en el circo, pero yo no soy un hijo de la carpa. Mi padre era maestro de primaria en un pueblo de la gran llanura húngara. En la época del comunismo, si no eras del partido y si no declarabas que no pisabas una iglesia, no podías tener un puesto en la docencia. Según el programa comunista, para formar hombres nuevos se requieren hombres nuevos, no condicionados por el oscurantismo o la religión. El comunismo era un gran proyecto de progreso. »Mi padre era creyente, pero prefirió no perder su puesto de trabajo, y en casa el tema religioso era tabú. Mi madre sufría por eso, pero el sueldo de mi padre contaba mucho, más el suyo, que era dependienta en una tienda de ropa. Y éramos tres hermanos. »Cuando me fui a la ciudad para estudiar, las cosas cambiaron. Podía leer e informarme si temor. Me cayó en las manos un libro en inglés de Jersy Grotowski, el gran director de teatro polaco que ha revolucionado los principios del teatro encomendándole al actor toda la fuerza del mensaje que ha de transmitir, la emoción de experimentarlo a través de su presencia física. »En aquel clima de sospecha que el comunismo había generado, las ganas que yo tenía de hablar y comunicarme me estaban volviendo esquizofrénico. Y llegué a la conclusión de que no hablaría con palabras, sino con mi cuerpo. Se me abría un horizonte nuevo y creo que fue en ese momento cuando vi clara mi vocación: quería predicar sin hablar. Desde pequeño sabía dar saltos mortales, caminaba por una cuerda y hacía juegos peligrosos. Mi madre decía que era de goma y mis amigos me conocían por mis rocambolescas improvisaciones. »Un 7 de noviembre, gran fiesta comunista, organizamos un espectáculo. Fue en esa ocasión cuando me ofrecieron trabajar en un circo. Primero fue una sustitución, pero luego se volvió estable, y a mí me hacía falta el dinero. Era actor y acróbata. Inventé números cómicos, pues además de mi agilidad felina recurría a los gestos de la cara, los silencios, los pasos bien dados, las caídas perfectas, los saltos mortales... »Día a día sentía que aumentaba la fuerza, no ya para combatir ese comunismo que había degenerado en mafia de estado, sino para mostrar alternativas de libertad. Por eso también lo que hiciera reír había de ser original. Empecé a acercarme más al público, a descubrir los trucos, en fin, a entablar una relación más directa con la gente. Lo único que tenía de payaso era la nariz roja, la peluca amarilla y la pajarita. Los niños me tiran de esta nariz y se la quieren poner. Y también la peluca, juegan con ella... La camiseta ceñida contrasta mucho con la pajarita fosforescente y se vuelven locos. »En pocas palabras –lo dice Grotowski– la del actor es una vocación. Este gran director ateo llega a afirmar que el actor es como el sacerdote y que el escenario es un espacio sagrado. Por lo tanto también es sagrada la relación con el público, que es el espejo donde me veo a mí mismo y mido mis capacidades. Al donarme a los demás encuentro mi unidad interior y al mismo tiempo me conozco». Mientras Miguel hablaba, me vino a la mente un hecho de hacía pocos días y se lo conté. Después de una jornada bien cargada, entré en una iglesia. Sólo estaba iluminado el vestíbulo y allí me quedé rezando. La iglesia estaba en total oscuridad y cerrada por una puerta de cristal. Hacía tiempo que había aprendido a rezar escuchando. Miraba hacia dentro buscando la lamparita del Santísimo y dirigí hacia allí mi escucha, pero no vi sino mi rostro reflejado perfectamente en el cristal. Entre lo conocido y lo desconocido había un cristal que me reflejaba. Traté de ir más allá de mí, pero una fuerza me obligó a detenerme. En el silencio, ese rostro que me miraba con asombro parecía decirme que a quien buscaba ya estaba en mí. Una vez en la calle, mientras caminaba, noté que algo me había cambiado por dentro. Era yo, pero no sólo yo. Notaba un entusiasmo antiguo y nuevo. Miguel me escuchó atentamente sin decir nada. En silencio nos sentamos en un bar a tomar un café. Mirábamos alrededor sin ver nada. Ni el mínimo ruido podía afectarnos. En la habitual boca de metro nos despedimos conscientes de que nuestro diálogo no había acabado. Unos días después Miguel me buscó en la universidad. Llevaba en la mano un folleto que había estado pegado en la puerta de un armario o en la del frigorífico. «Una tarde –empezó a decirme– el espectáculo fue perfecto, todo un éxito. Ya en mi camerino, oía los pasos de la gente que se iba. Tenían el ritmo de la alegría que les había comunicado. Pero yo me sentía vacío. No estaba muy seguro de cuál era el centro de mi vida. »De repente me di cuenta de que el centro de la existencia no soy yo, no eres tú, sino el amor, y escribí esto en este papel: “Te busco pero no conozco el color de tus ojos / Te amo y no sé si es amor / ¿Dónde estás? / Las lágrimas no se resignan / Se tornan en peldaños de una escala de estupor / Alcanzo la cima del corazón / Alguien me habita / Desde hace mucho, mucho tiempo / ¡Eres tú!”».


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