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Noviembre - 2007


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El retrato español en El Prado: de Goya a Sorolla

Clara Arahuetes


El Museo del Prado se acerca a la sociedad española con el programa El Prado Itinerante, cuyo objetivo es promover la visita y el conocimiento de sus fondos fuera de Madrid.

La exposición “El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla” ha pasado ya por Bilbao y Valencia, y ahora se puede ver en el Museo de Bellas Artes de Murcia hasta el 2 de diciembre. Después irá a Salamanca, Toledo y La Coruña. Como en el resto de Europa, el retrato se convirtió en el siglo XIX en el género protagonista de la pintura española. Las transformaciones sociales que surgen en este siglo hacen que aparezca una nueva clase dominante, la burguesía, para la que tener un retrato propio decorando su casa era un signo de distinción. Mientras que en los círculos académicos oficiales predominaba la pintura de historia y el incipiente coleccionismo prefería las escenas costumbristas, los cuadros de bodegones o los paisajes, el retrato acaparó la máxima demanda de la pintura destinada al ámbito privado. El prestigio social que suponía encargar un retrato aumentaba si era un artista famoso, y esto se convertía en un signo más de ostentación. Muchos clientes imponían a los pintores cómo querían ser representados, rechazando a veces obras de gran calidad porque no les gustaron. Pretendían que se los viera o recordara en composiciones aparatosas, con aspecto solemne y rodeados de elementos decorativos que hicieran alusión a su identidad. Los artistas de mayor prestigio tenían unas tarifas establecidas, dependiendo del tipo de obra que solicitara el cliente. De modo que los retratos femeninos eran más caros que los masculinos, porque suponía un mayor trabajo en la escenografía y en la apariencia de lujo que se daba a la calidad de las telas y las joyas. Las imágenes de cuerpo entero eran las que más costaban, seguidas de las de medio cuerpo. En éstas el importe era mayor si se incluían las manos, por la especial dificultad técnica que implicaba su realización. Los mejores pintores exhibían su maestría utilizando el lenguaje de las manos en sus imágenes. La pinacoteca madrileña conserva más de 700 retratos del siglo XIX, lo que indica la importancia que tuvo este género. Hay obras maestras de los principales artistas españoles de esa época; para la mayoría de ellos este tipo de pintura fue un campo de creación privilegiado. Vicente López, Federico de Madrazo y su hijo Raimundo de Madrazo se dedicaron casi exclusivamente al retrato. También fue cultivado con asiduidad por Francisco de Goya y Joaquín Sorolla. En la exposición están representados los distintos estilos: el neoclasicismo, el romanticismo y las varias orientaciones del último tercio del siglo, entre las que destacan el realismo y el naturalismo. Goya continuó realizando retratos de gran personalidad a principios del XIX, reflejando el temperamento y el espíritu del individuo, pero sin adularlo. El pintor admiraba a Velázquez y se aprecia su influencia en la libertad y expresividad de su técnica, como vemos en su Autorretrato, en el de su mujer Josefa Bayeu o en El actor Isidro Máiquez A Fernando VII no le gustaban los retratos que le hizo Goya y llamó a la corte a Vicente López. Lo nombró pintor de cámara y se convirtió enseguida en el retratista por excelencia de su reinado, gracias a sus excepcionales cualidades para el dibujo y su capacidad para la observación directa de los modelos. A esto unía el color intenso y brillante de su tierra, Valencia, y la capacidad para representar los detalles. Sabía reproducir exactamente la apariencia verdadera de sus modelos, transmitiendo con su pincel la sensación de vida y los rasgos del carácter. Muy pocos artistas pudieron viajar a Francia, pensionados por Carlos IV, para aprender directamente de Jacques-Louis David un nuevo estilo, el neoclasicismo, que se había extendido de París a toda Europa. Entre ellos estaban José Aparicio y José Madrazo. Este último dio inicio a la saga familiar de artistas más importante de la España decimonónica. El rigor de la línea y la frialdad del color del neoclasicismo se atenúan en los retratos del murciano Rafael Tegeo, que despliega sus mejores dotes en la recreación táctil de las telas y en su capacidad para el paisaje. Sus obras anuncian el Romanticismo. Este nuevo estilo se da a partir del reinado de María Cristina y la minoría de edad de su hija Isabel II, momento en el que aparece una nueva burguesía con comportamientos sociales y culturales distintos. El nuevo estilo valora la intimidad y la expresión de los sentimientos, frente a la contención que disimulaba la etiqueta social del antiguo régimen. En Madrid los artistas vuelven los ojos a Goya y al Siglo de Oro, y esto se percibe en los retratos de Alenza, en el ensimismamiento de sus modelos y en el protagonismo de las figuras frente a cualquier concesión decorativa. En cambio, Federico de Madrazo y Carlos Luis de Ribera se forman en los principios del retrato romántico europeo, y en sus obras destaca la elegancia de las actitudes, el refinamiento técnico al reproducir los detalles y la idealización de los rasgos de los modelos. Mientras tanto, en Sevilla el Romanticismo sigue a los maestros del Siglo de Oro, sobre todo a Murillo. Su influencia fue decisiva en José Gutiérrez de la Vega, José Roldán y Antonio Mª Esquivel. La escuela andaluza propició el retrato familiar en todas sus versiones, expresando los afectos y la intimidad del hogar. Las tendencias realistas se desarrollaron en pintores como Eduardo Rosales, que vuelve a la pintura de Velázquez, contribuyendo a renovar el arte español al subrayar los valores puramente pictóricos. Vicente Palmaroli, su amigo, utilizó distintos lenguajes pictóricos. Fue uno de los introductores en España del retrato de aparato con una escenografía muy estudiada, siguiendo la moda del París de Napoleón III. En contraste con estas escenas están sus obras más íntimas. En el último cuarto de siglo, el gran maestro del retrato burgués de tradición francesa en la pintura española fue Raimundo de Madrazo. El pintor une al decorativismo colorista del retrato francés la sabiduría de la tradición española que aprendió en el Prado. No hay que olvidar a los pintores valencianos que, partiendo del realismo de Ribera y Velázquez, captan en sus retratos la luz, el color y el movimiento de forma vivaz y distinta a todo lo anterior. Emilio Sala se expresa al final de siglo con gran libertad técnica, utilizando el color y la luz del Mediterráneo, mientras que en la obra de Ignacio Pinazo hay una particular inclinación al retrato infantil. Y por último Sorolla, que, además de sus famosas escenas de playa, realizó numerosos retratos de personajes de su época. Con el lenguaje moderno de sus obras abrirá el camino a las nuevas corrientes estéticas del siglo XX. Clara Arahuetes


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