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Noviembre - 2007


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Ecos de otros ecos

Elaborado por Javier Rubio


Dos testimonios de sendas lectoras que vuelven a proponernos el valor de la ética laboral y profesional.

Antes del verano leí en Ciudad Nueva un testimonio firmado por Juan Ignacio Larrañaga (ver nº 443, junio 2007, p. 24) que me ayudó mucho a enfocar unos temas en mi trabajo. Os lo cuento porque a lo mejor le puede servir a otros lectores. Yo también trabajo como ingeniero, en el departamento de mantenimiento de una empresa eléctrica. También aquí tenemos ocasión de trabajar con empresas contratistas colaboradoras y, como decía Juan Ignacio en su testimonio, es frecuente encontrarse en procesos de estudio y adjudicación de ofertas. Justo me encontraba en una de esas situaciones cuando leí ese artículo sobre ética profesional. Tenía que decidir entre potenciar a una empresa poco conocida en la casa, pero que parecía idónea y muy rigurosa en su trabajo, o dar crédito a otros compañeros, que no la veían con buenos ojos, prescindiendo de los criterios profesionales. Leer esa entrevista descrita en el artículo me dio el valor para apostar por esta empresa. Así que organicé una reunión con mis compañeros donde la contrata pudo presentar su producto y procedimientos. De este modo todos se involucraron, hubo ocasión de intercambiar mejoras, aclarar dudas, etc. En una reunión posterior con la contrata me agradecieron la posibilidad que les habíamos brindado de colaborar con nosotros y la confianza que habíamos mostrado. Además han terminado los trabajos en menos tiempo del previsto y ajustándose al presupuesto. Ahora, otras unidades de la empresa han comenzado a adjudicarles otros trabajos a raíz del buen resultado obtenido en los anteriores. En diciembre del año pasado pasé por otra situación compleja que traté de vivir con este mismo espíritu, y al leer el artículo de Juan Ignacio me reconfortó ver que tal vez no me había equivocado. Un obrero de una de las empresas que colabora con nosotros sufrió un tremendo accidente de trabajo en una ciudad lejos de la suya. El asunto parecía muy grave: 80% de quemaduras. Tenía sólo 18 años. Iban a trasladarlo al hospital de La Fe y sentí el empuje de ir a recibirlo. En este hospital valenciano trabaja de enfermera una amiga mía, Eva, con la que comparto tantos ideales. Las dos nos pusimos de acuerdo para que la presencia de Jesús entre nosotras fuera quien diese consuelo a la familia y empuje para seguir adelante. Ese día era domingo. Yo estaba sola, pues la familia del obrero aún no había llegado. El chico fue llevado directamente a quirófano y de allí a la UCI. Dentro de mí sostenía una lucha constante: por una lado no sabía cómo iba a reaccionar la familia cuando me viera allí; por otro lado este tipo de situaciones en la empresa suelen vivirse con menos implicación personal, por lo delicado del proceso que se desencadena después. Sin embargo primaba por encima de todas esas voces una, la de Jesús: «estuve enfermo y viniste a verme». Fueron dos meses de operaciones día sí día no, de suspensión, de acompañar a la familia, a veces en silencio, detrás del cristal de la UCI. Les aseguré que yo y otra mucha gente rezaba por su hijo, y aunque no se consideraban especialmente creyentes lo agradecieron mucho. Día a día el chico iba mejorando: un verdadero milagro. Los médicos estaban sorprendidos por la velocidad de la recuperación. La relación con los padres iba siendo cada día más intensa. Cuando su hijo recuperó la consciencia y el habla, tuvimos la oportunidad de conocernos, de vivir juntos cada batalla y celebrar cada victoria. Por mi parte, todo esto lo compartía con el resto de compañeros de la empresa, y algunos incluso se organizaron para ir a visitarlo al hospital. Cuando volvió a su ciudad, el chico siguió con la rehabilitación y ahora está perfectamente. Este verano hemos tenido la ocasión de ir a verlo. Como era el 15 de agosto, fuimos juntos a misa para agradecerle a la Virgen el milagro de su recuperación y luego pasamos un día de fiesta en familia. Comprendí que vale la pena lo que se construye en momentos de tanto sufrimiento. Son lazos que perduran. En el trabajo algunos compañeros me dijeron que lo que había hecho era la primera vez que ocurría en la empresa, que no era lo normal. Yo les respondí que para un cristiano sí lo era. Clara López Gonzalo En febrero de este año participé en un congreso internacional sobre “Comunicación y relaciones en medicina” (ver Ciudad Nueva, nº 441, p. 9). Fue un congreso muy novedoso porque, a diferencia de otros en los que se trata exclusivamente del carácter científico de nuestra disciplina, en éste se palpaba un “alma”. Se habló de esa vocación de servicio al enfermo que es lo que motiva nuestros estudios y los primeros años de la profesión. A través de las diversas intervenciones y ponencias ibas redescubriendo el valor más auténtico de la profesión. Un concepto que se me quedó muy grabado fue éste: «Tenemos la posibilidad de amar al prójimo con una medida grande (...), una caridad que no es sólo sentimentalismo, sino acción concreta, un amor capaz de instaurar un diálogo profundo con todos y que, si es vivida por un grupo, genera comunión y unidad». Y es que la realidad social te plantea constantemente cómo hacer efectiva la unidad en lo cotidiano. El secreto: vivir el amor recíproco con la medida de Jesús, que llegó hasta el abandono y la muerte. Justo en ese acto supremo de amor él se hizo “medicina” de los dolores del alma y alivio de los del cuerpo. A la vuelta del congreso sentía un nuevo impulso en mi compromiso social. Soy enfermera y desde hacía tiempo quería cambiar de servicio, pues ya llevaba muchos años en el mismo y se podía convertir en rutina. Por eso había solicitado un cambio, pero no había obtenido respuesta. Lejos de agobiarme por ello, intenté traducir en vida las cosas que había comprendido en el congreso y, a pesar de las dificultades, tratar de llevar la fraternidad como una fuente de recursos al ámbito de la sanidad, que es donde más me cuesta descubrirla. Hasta ahora, siempre había rechazado dedicarme a la gestión, pero ahora estaba dispuesta a realizar también este servicio. Y ha sido justamente cuando me han propuesto integrarme en la unidad de dolor y cuidados paliativos del hospital. Después de tantos años de profesión, me sentía un poco perdida. Tenía que aprender de mis compañeros y poner toda mi parte para hacer bien mi trabajo. Esto me supuso más horas de estudio para ponerme al día. Lógicamente, la situación me causó un poco de estrés. Al cabo de la primera semana, cuando por fin empezaba a relajarme, entró en la unidad un muchacho con una carpeta llena de informes que no conseguía comprender, aunque se lo habían explicado todo. Tenía que llevarse a su madre enferma a casa y sentía una responsabilidad que le agobiaba. Intuí que se iba cargado con el peso de todo un hospital que no lo comprendía. Le ofrecí asiento y juntos fuimos viendo uno a uno los informes y recomendaciones, le expliqué cómo tenía que hacer cada cosa y le aseguré que estaríamos a su lado cuando nos necesitara. Eran ya las tres y media de la tarde y, después de explicárselo todo, tenía que saber cortar con el trabajo y hacer mi vida. Ya no podía hacer más por él, de modo que se lo encomendé a Dios. Yo también podía depositar mi preocupación en las manos del Padre y así hacer un “trabajo entre dos”. Más tarde lo pude comprobar. Volví a hablar con el muchacho y me dijo que lo había entendido todo perfectamente. Al cabo de unos días, una llamada personal. Era este chico. Me comunicó que su madre había fallecido pero quería darme las gracias por lo que había significado para él el rato que le había dedicado. Me di cuenta de que esto era un fruto de una relación de amor concreto, ese amor que te hace descubrir las necesidades del otro. J. L.


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