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Junio - 2010


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Personas en movimiento

Félix Mercado


Conclusiones del congreso sobre migración organizado por el CCEE en Málaga a finales de abril.

El fenómeno migratorio en Europa supone 34 millones de personas, de los cuales 12 son inmigrantes internos de la Unión Europea. El fenómeno interesa a todos, también a la Iglesia institucional, que lo ha afrontado recientemente en un congreso promovido por la Comisión de Migraciones del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE). Las “personas en movimiento”, como se prefiere llamarlas en este foro, están en su punto de mira desde hace más de cuarenta años, y de modo más específico desde hace veinte, cuando se constituyó dicha Comisión, actualmente presidida por mons. José Sánchez González, obispo de Sigüenza-Guadalajara. Él ha sido el encargado de realizar en Málaga, a finales de abril, el octavo congreso que lleva a cabo esta comisión: «Europa y las personas en movimiento: superar los miedos, diseñar perspectivas». Se pretendía analizar causas y señalar consecuencias de las migraciones en la labor de Iglesia, aceptando el reto de «considerar las migraciones modernas como un evento que interpela de manera particular a la responsabilidad de los cristianos para tener un papel activo en los proyectos de acogida e integración». Y para ello se ha seguido una línea de trabajo que refleja muy bien de qué manera es considerada la persona según la antropología cristiana: miembro de una familia, de una comunidad y de una sociedad, tres “instituciones” a las que afecta de lleno el fenómeno migratorio. Han sido un centenar de delegados de las distintas conferencias episcopales (obispos, representantes, directores de pastoral de emigrantes, operadores pastorales y representantes de organizaciones católicas y ecuménicas), y cabe destacar la presencia en la reunión del presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, el cardenal Antonio Maria Vegliò. De un congreso, en cuanto laboratorio de ideas, interesa saber las conclusiones a las que se ha llegado, pues las actuaciones requieren tiempo, si bien es verdad que durante el congreso se han dado a conocer numerosas iniciativas ya en marcha en distintas partes, pero merece la pena ahora detenerse en el mensaje final. Llama la atención inmediatamente que «es posible considerar la presencia de los inmigrantes en Europa como una oportunidad para el presente y para el futuro», porque en muchos países dan una aportación positiva, y no sólo económica, a las sociedades que «saben acogerlos y crear las condiciones para un autentico “vivir juntos”». Ésa es la clave: crear las condiciones. No obstante se constate que el inmigrante «despierta miedos en la opinión pública en Europa, que conduce con frecuencia a actitudes de cerrazón y de xenofobia, incrementadas por la crisis económica» y no obstante «las políticas restrictivas que interactúan con la mentalidad dominante», en este foro se apuesta por «identificar los medios con los cuales podemos ayudar a superarlos». Evidentemente, el movimiento de personas genera pluralismo cultural en lugares determinados, y aunque puede conducir a cierto relativismo que afecte a la identidad propia, o a una asimilación que suscite enfrentamientos, también es posible «gestionar positivamente esta situación de pluralismo a través del encuentro y del diálogo intercultural». He aquí las condiciones de antes. Para llegar a ello se requiere un ámbito, que no puede ser el de la cultura dominante, «sino una experiencia del devenir humano en aquello que comporta de universal». ¿O sea? Comprometerse en «asumir las diferencias en una voluntad compartida para el futuro de la humanidad y para vivir juntos». Esto puede decirse en este foro porque en sí mismo ya es plural (“católico” incluye ese significado), y el conjunto de tradiciones y ritos que tienen cabida en la Iglesia católica dan una aportación a la unidad de la familia humana: unidad en la diversidad. La clave para superar los miedos, pues, para el cristiano está en la “fuerza” del Evangelio, que la doctrina social de la Iglesia y el magisterio de los papas proponen una y otra vez. El hecho de estar «abierto a la trascendencia» le facilita al cristiano poder «superar las barreras de las diferencias para construir una fraternidad abierta», dice el documento. Durante tres días la reflexión se ha desarrollado entre autorizadas ponencias y grupos de trabajo. Cabe destacar la intervención de Javier Prades, decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid («Migración y multiculturalismo: desafíos para una antropología cristiana») y la del cardenal Vegliò («Análisis e interpretación de la Iglesia en relación a los cambios traídos a Europa por la migración y la movilidad. Una perspectiva teológica»). Según esta reflexión hay tres áreas en las que se puede construir la fraternidad: la familia, que es fundamental en el proceso de integración del inmigrante, porque le asegura un clima de seguridad y una estabilidad afectiva y además custodia sus tradiciones culturales; las comunidades eclesiales, invitadas a acoger a unos hermanos que vienen de otros horizontes culturales y religiosos, pueden ser «signos proféticos» para una sociedad abocada al diálogo intercultural; y la sociedad, obligada a afrontar la migración, que comprende aspectos culturales, económicos, jurídicos, políticos, sociales y religiosos. «Todas las naciones –dice el mensaje– tienen que comprometerse a elaborar un marco justo para que la dignidad humana sea respetada», y añade que la comunidad internacional ha de comprometerse en «reducir las causas de las migraciones forzadas, para que la migración sea una opción». Concluye el mensaje dirigiéndose a los inmigrantes mismos: «No nos importa vuestro origen, vuestra religión o vuestra cultura: sois estimados y amados por Dios», rechazando además cualquier discurso de exclusión: «Deseamos construir juntos el porvenir de Europa». El Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) está integrado por las actuales 33 Conferencias Episcopales que hay en Europa, representadas de derecho por sus presidentes; además forman parte el arzobispo de Luxemburgo, el del Principado de Mónaco, el de Chipre de los Maronitas y el obispo de Chiinu (Moldavia). Actualmente el CCEE está presidido por el arzobispo de Esztergom-Budapest, Péter Erd, cardenal primado de Hungría; y sus vicepresidentes son el cardenal Josip Bozani, arzobispo de Zagreb, y el cardenal Jean-Pierre Ricard, arzobispo de Burdeos. Como secretario general actúa el P. Duarte da Cunha y la sede del Secretariado está en Saint Gallen (Suiza).


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