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Noviembre - 2007


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El sentido de la donación total

Pascual Foresi


Comienza con este número una reflexión sobre el significado de la consagración según el Nuevo Testamento. Empezamos con el Evangelio de Mateo y siguiremos con los escritos de san Pablo. Un tema de actualidad en la Iglesia y en la sociedad.

El diccionario bíblico editado por Feltrinelli en 1968, contiene un comentario bajo la voz “virginidad” que quiero señalar: «Las razones paulinas siguen siendo hoy las únicas que podemos tomar en consideración para justificar la existencia de vocaciones al celibato en la Iglesia, al servicio del prójimo». El autor de dicha voz es un protestante valdense italiano, Giorgio Girardet, pero también hay católicos que se preguntan si se puede seguir hablando de celibato evangélico, sobre todo después de que Quesnell publicara un artículo sobre los “eunucos” que aparecen en Mt 19, 121, poniendo en duda que dicho texto sea aplicable al celibato. Por ello, de los escritos neotestamentarios que sostienen el celibato sólo quedaría el capítulo 7 de la Primera carta a los corintios, como dice Girardet. Pero varios autores dicen que el contexto escatológico del pasaje –es decir, la cercanía del fin del mundo– le resta actualidad al escrito paulino. Así que no es fácil hablar de la virginidad en el Nuevo Testamento. Hay que examinar los matices del texto y las diferentes interpretaciones para quedarnos con lo que nos parezca mejor. Nos encontramos enseguida con una dificultad: los textos sobre el celibato son realmente pocos. Los tomados en consideración son dos: Mt 19, 12 y 1 Co 7, 1-40. Existen otros textos menores en los que se habla directa o indirectamente de la virginidad, pero casi siempre presentan dudas de interpretación. Esta escasez de textos se debe en parte a de que en el mundo judío el celibato era desconocido. Y es que para los judíos, las palabras de la Biblia: «Sed fecundos y multiplicaos» (Jn 1, 28) eran un mandamiento obligatorio, especialmente para los hombres. En el caso de la mujer, cuando era estéril, sufría rechazo social e incluso desprecio. Ahí está el episodio de la hija de Jefte (cf. Jdt 11, 34-40): la joven virgen que tenía que morir a causa de un voto paterno, acepta su triste destino, pero antes pide un poco de tiempo para subir al monte a llorar “su virginidad”, es decir, por no poder gozar del amor conyugal ni de la maternidad. Esta tradición bíblica está ligada a la tradición rabínica, llena de afirmaciones sobre la necesidad de casarse para vivir conforme a la voluntad de Dios. La única excepción a esta tradición es el profeta Jeremías, invitado por el Señor: «No tomes mujer ni tengas hijos ni hijas en este lugar. Que así dice Yahvé de los hijos e hijas nacidos en este lugar, de sus madres que los dieron a luz y de sus padres que los engendraron en esta tierra: De muertes miserables morirán, sin que sean plañidos ni sepultados...» (Jr 16, 2-4). El celibato transforma la existencia de Jeremías, pero no supone una nueva forma de vida para los demás. Él será el profeta de la soledad que golpeará al país de Judá. Celibato y virginidad en la época de Jesús Unos siglos antes de Cristo, el celibato era muy común en Asia2. Los budistas ya se agrupaban en comunidades monásticas, tal como lo hacen hoy, donde se seguía un riguroso celibato. Los hindúes también tenían monjes errantes sin lazos familiares. Las etapas de la vida del hombre hindú eran cuatro: la primera, vivir como estudiante célibe llevando una vida casta; la segunda, padre de familia y jefe de casa; la tercera, ermitaño en la selva, pero con la facultad de ver a su mujer; y la cuarta, la forma suprema, monje errante sin lazos familiares. Pero las motivaciones del celibato en el antiguo pensamiento hindú son bastante distintas de las cristianas, pues en el hinduismo la sexualidad y el matrimonio, que posibilitan la generación de los hijos, prolongan una vida de ilusiones y dolores, y el celibato sirve para liberarse de ello. Cabe plantearse si estas prácticas hinduistas pueden haber influido en el mundo mediterráneo, y es probable que sí, ya que desde Alejandro Magno (finales de siglo IV a. C.) sin duda hubo contacto entre la India y el helenismo. Prueba de ello son, entre otras cosas, las esculturas de arte mixto. Sólo que los documentos escritos que nos han llegado no contienen indicio alguno de influencia religiosa del hinduismo en la cuenca mediterránea, aunque podemos suponerla, especialmente si aceptamos las hipótesis sobre la existencia de mercados que mantenían vivo el contacto entre el mundo mediterráneo y la India. En el mundo grecorromano el fenómeno del celibato no era desconocido. El sacerdocio de Vesta, al menos al principio, era ejercido por 3 y luego 6 vírgenes, las cuales eran escogidas, o mejor dicho, elegidas a suertes, entre veinte niñas patricias de entre 6 y 10 años, consagradas solemnemente por el pontífice máximo, y así su personalidad era poseída por la diosa para los fines del culto. Las vestales prestaban un servicio de 30 años, al cabo de los cuales podían dejar o no su cargo. El imperio romano conocía también una forma brutal de celibato: la castración sagrada del hombre, difundida sobre todo en Asia Menor desde la antigüedad. Los castrados se consagraban al culto de la diosa Artemisa Efesia. Más famosa aún era la castración religiosa de los sacerdotes de Cibeles. Mucho se discute sobre las razones de tal rito, pero la mayoría considera que así el sacerdote se asemejaba a la diosa y podía alcanzar su poder sagrado. Este tipo de celibato no tiene mucho que ver con el cristiano; simplemente nos muestra la existencia de eunucos en la vida social sagrada el Imperio. Mucho más interesante es la secta de los esenios, que vivió en Palestina desde el 150 a. C. al 70 d. C. La conocemos gracias a Filón, Plinio y especialmente Flavio Josefo, quien la describe en su libro La guerra de los judíos. Los esenios pueden catalogarse como un movimiento religioso con elevadas finalidades ascéticas, nacido en el seno del judaísmo. Estaban en varios lugares de Palestina, pero su centro principal se encontraba en la orilla occidental del Mar Muerto. Su número de adherentes, según lo que ha llegado hasta nuestros días, era de unos cuatro mil. Las reglas de la secta eran muy similares a las de las órdenes monásticas. Para formar parte, se requería un noviciado de un año, y al final tenía lugar un lavado o bautismo; le seguían dos años de prueba, al cabo de los cuales, con un solemne juramento, se pasaba a ser plenamente miembro de la comunidad. Los bienes materiales se ponían en perfecta comunión; todos trabajaban, especialmente en la agricultura. Estaba prohibido el comercio, la fabricación de armas y la esclavitud. Cultivaban la oración y guardaban con especial esmero el reposo del sábado. Tenían gran culto a Moisés y sus libros. Reconocían el templo de Jerusalén y enviaban ofrendas, aunque nunca sacrificaban animales. El celibato era el estado normal de los esenios; sin embargo Flavio Josefo habla de un grupo especial de esenios que se casaban, quizás una excepción. No se sabe cómo nació esta comunidad, que ha suscitado gran interés desde los descubrimientos en el Mar Muerto. La hipótesis de una influencia ajena al patrimonio judaico parece confirmada, no sólo porque creían en la preexistencia de las almas, sino también porque practicaban el celibato, ideas ambas completamente ajenas a la mentalidad judía ortodoxa. Parece que los esenios no tuvieron una gran influencia en el resto del judaísmo, ya que son ignorados en los libros del Nuevo Testamento. De modo que sólo ciertas hipótesis aventuradas relacionan el celibato de Juan el Bautista, e incluso el de Jesús, con el entorno esenio. Merece una mención especial la comunidad de ascetas del Mar Muerto, que podemos definir como movimiento esenio-qumraniano, aunque hay dudas sobre su relación con los esenios que menciona Flavio Josefo. Varios documentos, como la Regla de la asamblea, la Regla de la guerra, los Himnos y el Documento de Damasco hablan claramente de la presencia de mujeres y niños en la secta. Pero los que defienden el celibato de la secta de Qumrán señalan que dichas reglas se refieren al futuro de la comunidad. Por su parte, la Regla de la comunidad, un texto fundamental, se refiere al presente y, si se compara con los otros textos, deja entrever la presencia de célibes en Qumrán3. En conclusión, es interesante señalar que en el ambiente palestino, y también fuera de él, el celibato no era algo inaudito en la época de Jesús, pero el significado profundo del celibato que traerá Cristo será totalmente distinto. Para leer mejor el Evangelio Al leer los Evangelios, nos damos cuenta de las profundas semejanzas que hay entre ellos, pero también de pequeñas y grandes diferencias en la composición y narración de los hechos. El que más se distingue de los demás evangelistas es Juan, que ha planteado problemas a los exegetas, tanto por su carácter teológico como por varias de sus narraciones completamente originales (si bien se puede reconocer consonancias con el Evangelio de Lucas). Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas se pueden leer casi de forma paralela gracias a las abundantes consonancias, y a veces coincidencias entre ellos. Por eso se denominan “Evangelios sinópticos”, que en griego quiere decir: “que se pueden abarcar con una sola mirada”. El problema que desde hace años inquieta a los exegetas es el siguiente: ¿cómo se conservaron las consonancias, incluso las verbales, y a la vez se mantuvieron las discrepancias? Existen varias teorías. Está la teoría de la quelle (fuente en alemán): una fuente original, además del texto de Marcos, de la que bebieron Mateo y Lucas; pero es una teoría que ya no goza de mucho consenso. Los biblistas de Jerusalén piensan que hubo tres documentos y una recopilación F (fuentes) como base para la redacción, aunque no definitiva, de los tres Evangelios. Dichos Evangelios se influirían entre sí, y más tarde llegarían a la redacción completa que hoy conocemos. Toda esta labor de redacción duró muchos años. Podríamos decir que desde la muerte de Jesús hasta los años 40 se desarrolló una tradición oral que transmitía episodios de la vida y de los discursos del Maestro de forma fragmentaria. Las primeras recopilaciones escritas de esa tradición podrían datarse entre los años 40 y 50. El Evangelio de Marcos se debería colocar, según dicen Clemente de Alejandría e Ireneo, al final de la vida de san Pedro o poco después de su muerte; es decir, hacia el año 64; en cualquier caso, antes del año 70, ya que el texto de Marcos no conoce la destrucción de Jerusalén, que ocurrió en el año 70. Los Evangelios de Mateo y Lucas son posteriores al de Marcos, pero es difícil precisar su fecha. El de Lucas se da por supuesto en el libro de los Hechos, pero tampoco sabemos la fecha de éste. Sólo sabemos que la narración termina con el encarcelamiento de Pablo en Roma, entre el 61 y el 63, aunque su redacción completa fue posterior. Podríamos decir, con bastante probabilidad, que los dos Evangelios fueron escritos entre el año 70 y el 80. Por todo esto, examinar un fragmento del Evangelio es extremadamente difícil, especialmente si uno no está preparado. Hay que distinguir tres estadios dentro de la globalidad del fragmento que leemos: a) lo que sucedió y lo que dijo Jesús; b) cómo fue repetido en la comunidad cristiana antes de la redacción de los Evangelios; c) cómo lo escribió el evangelista, qué ha quedado del significado primitivo y qué elementos añadió el evangelista4. No hay que pensar por ello en una alteración del texto sagrado. Dios se sirvió de hombres que transmitieron de esa forma el Evangelio, el cual sigue gozando de la infalibilidad del Espíritu Santo para el bien de la Iglesia. Me parece interesante citar un comentario de la Biblia de Jerusalén tal como aparece en la edición italiana adaptada: «No se debe decir que todo hecho o dicho que ellos refieren (los evangelistas) pueda ser tomado por una reproducción rigurosamente exacta de lo que sucedió en realidad. Las leyes inevitables de los testimonios humanos y su transmisión nos ayudan a no esperarnos tal precisión material; y los hechos nos ponen en guardia, pues vemos que el mismo episodio o la misma palabra han sido transmitidos de forma diferente por los distintos Evangelios. Esto vale para el contenido de los episodios y más aún para el orden en el que aparecen relacionados. Dicho orden varía según cada Evangelio, y es lo que cabe esperar dada su compleja génesis, según la cual ciertos elementos, transmitidos al principio de forma aislada, poco a poco fueron amalgamándose y reagrupándose, acercándose o disociándose, por motivos más lógicos y sistemáticos que cronológicos. Hay que reconocer que muchos hechos o palabras evangélicas han perdido su primitivo anclaje espacio-temporal, y podría equivocarse fácilmente quien tomase al pie de la letra nexos simplemente de redacción como “entonces”, “a continuación”, “aquel día”, “en aquel tiempo”, etc.»5 (Continuará) 1) Qu. Quesnell, SJ: Made themselves Eunuchi far the Kingdom of Heaven, en Catholic Biblical Quarterlu, 30 (1868), pp. 335-358. 2) Cf. Th. Matura: Le célibat dans le Nouveau Testament d’après l’exégèse récente, en NRTh, 7 (1975), pp. 484-486. 3) Cf. B. Proietti: La scelta celibataria alla luce della Sacra Scrittura, en Il celibato per il Regno, AA.VV., Milán 1977, pp. 20-21. 4) Cf. Instrucción de la Pontificia Comisión Bíblica “De historica evangeliorum veritate”, D.S. Friburgo 1977, p. 339. 5) La Biblia de Jerusalén, edición italiana adaptada, Bolonia 1974, p. 2079.


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