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Noviembre - 2007


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Sibiu, heridas y buena voluntad

Miguel Zanzucchi


En el corazón de Rumanía, la tercera asamblea ecuménica europea mira de cara a los problemas. La no-noticia se vuelve noticia: aún hay quien cree en la unidad plena y visible de la Iglesia.

No toda la organización fue perfecta, pero el “impacto” parecía la metáfora de un ecumenismo que navega precariamente entre escollos siempre nuevos, como si desde fuera y desde dentro de la Iglesia se pusiesen obstáculos a la unidad de los cristianos. Un aspecto que sí funcionó muy bien en Sibiu fueron las relaciones. Y para ello cualquier rincón de la ciudad era bueno: un café, un museo, un banco, un autobús... El distintivo azul de la EEA3 abría el corazón y la mente de los suecos y alemanes, y no sólo de los españoles e italianos. Era un ecumenismo espiritual, o del pueblo, o de la vida, o del amor; llamémoslo como queramos, el caso es que se veía en qué consiste la concreción ecuménica. En esta ciudad se nota la herencia de dos divisiones, incluso tres. Se nota la separación de las Iglesias, un secular bagaje de incomprensiones y excomuniones mutuas, y se nota la fractura política que dividió Europa entre comunismo y democracia liberal. Pero también se nota una fractura más reciente: una Europa esclava de todos los relativismos. Ardua empresa la de superar semejantes fracturas, pero eso fue lo que se propusieron los 2.300 delegados (y 600 periodistas), “la plena y visible unidad de la Iglesia”, según reza una fórmula abstrusa pero teológicamente exacta. Y Sibiu es un lugar ecuménico por naturaleza, pues en su Plaza Mayor observas las iglesias ortodoxa, evangélica, católica y reformada, como recordando que aquí nadie tiene el monopolio del cristianismo. En esta ciudad, la más multiétnica de Rumanía (rumanos, húngaros, gitanos, alemanes) no se ve el gris post-comunista, ya que ha sido la capital de la cultura europea 2007 y ha sabido maquillarse bien, y hasta con un toque de clase. Stefan Tobler, que es suizo y enseña en la facultad de teología evangélica de Sibiu, dice: «Es importante que parta desde aquí una señal de una nueva atmósfera ecuménica. Varios elementos han desanimado a los que tanto se han empeñado en el diálogo, y las Iglesias han preferido replegarse a sus trincheras. Ahora se requiere una fuerte expresión de esperanza, en la que se palpe el soplo del Espíritu Santo. Y quizás Sibiu sea el lugar adecuado, porque aquí el ecumenismo es real». ¿Cómo dialogar cuando los problemas son evidentes? En una conferencia de prensa, tres tenores de un cristianismo dialogante: el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos; el obispo Wolfgang Huber, presidente del Consejo de la Iglesia Evangélica de Alemania, y el metropolita Kirill, presidente del Departamento de Relaciones Externas del Patriarcado de Moscú. No soslayan los problemas. Dice el obispo: «El reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ratifica que sólo la Iglesia católica es plenamente Iglesia, mientras que las Iglesias de la Reforma son meras “comunidades eclesiales”) representa un paso atrás en el camino ecuménico». Rebate el cardenal: «Hoy la Iglesia tiene que definirse para mantener un buen diálogo ecuménico, y el documento es un ensayo en esa dirección. Lamentablemente la fórmula es poco feliz y ha ofendido a unos cuantos». Por su parte, el metropolita traslada la crítica a las Iglesias de la Reforma a posiciones éticas sobre la pareja, la homosexualidad o la bioética, que son muy distintas de las ortodoxas: «Es inútil hablar de ecumenismo si no logramos tener bases morales comunes. Hay que trabajar en esto». ¿Kasper contra Huber y Huber contra Kasper? ¿Kirill contra Huber y contra Kasper? Sólo quien busca escándalos podría pensarlo. Y eso es lo que hicieron la mayoría de los medios de comunicación. Pero las cosas se pueden ver de otra forma: «La Iglesias ya no se atrincheran detrás de cortesías sin sentido –me explica el obispo Huber–, y los problemas se afrontan con claridad. Pero también decimos que lo que nos une es inmensamente más importante que lo que nos separa y que, si se lo pedimos al Espíritu Santo, encontraremos el camino hacia la unidad plena y visible, en la diversidad». El cardenal Kasper lo secunda: «Estamos en un laboratorio del futuro de nuestras Iglesias –me dice–. Pienso que es evidente que me siento hermano del obispo Huber y del metropolita Kirill». Este último, si se prescinde de la severidad de su aspecto, tiene expresiones parecidas: «Por encima de las palabras duras, nunca debemos olvidar que Jesucristo pidió la unidad de los suyos». En uno de los muchos círculos de discusión, me encuentro con Pascale Rondez, una joven pastora suiza que expresa su perplejidad por las dificultades de un diálogo verdadero: «Cada Iglesia se considera hermana de las demás, al menos en principio; pero su actitud se parece a la de una hija única. Pero aquí veo que hay fraternidad». En Sibiu se reunieron las Iglesias europeas, y Europa estába presente explícita o implícitamente en todos los foros. La relación entre las Iglesias y la UE estaba en todas las discusiones, teniendo en cuenta que el concepto de laicidad es distinto en París y en Moscú. Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, quiso subrayar con su presencia la aportación que dan las Iglesias al proceso de unidad del viejo continente: «Una sana relación con las Iglesias debe estar a la base de la construcción de Europa. El aspecto de la solidaridad logra que la fe sea concreta y manifiesta su pertinencia política y social». Y luego alude a las raíces cristianas de Europa: «Europa no puede elegir una religión, si bien está claro que el cristianismo es el credo que más ha influido en ella y que en el origen de su unidad hay cristianos como De Gasperi, Adenauer y Schuman. Pero las instituciones siguen el principio de laicidad. Dialogar con la sociedad es esencial para la UE, por eso todo lo cristiano le interesa. Delors, Prodi y yo mismo siempre hemos sido muy claros al respecto. Y esto vale también para las demás religiones, en especial el judaísmo y el islamismo. No hablemos de influencias, sino de diálogo». Paolo Giusta, un funcionario italiano en la UE, tiene interés personal por el ecumenismo: «Las relaciones entre la UE y las Iglesias no es precisamente una fusión; se da una fecunda tensión entre los interlocutores, cuya misión, aun con funciones distintas, apunta al bien de la sociedad». ¿Con qué valores? «Aquí se ha hablado de bioética, pero también quiero recordar que no podemos renunciar a la igualdad de dignidad entre todos los seres humanos». Claro que siempre hay un pero: «Se nos pueden olvidar los valores que proclamamos (el siglo XX ha sido un terrible olvido colectivo). Por eso Jean-Arnold de Clermond, presidente de la KEK (Conferencia de las Iglesias Europeas: ortodoxos, protestantes, anglicanos y vétero-católicos), concluyó la sesión dedicada a Europa invitando a los políticos y a los religiosos a la humildad: los valores hay que reconstruirlos incesantemente». Los habitantes de Sibiu se hicieron presentes sólo en dos ocasiones, pero la ciudad estaba invadida por los que “hacen” ecumenismo, lo cual es bueno para el futuro, porque detrás de cada delegado había una diócesis, una asociación o un movimiento. Y desde luego no faltaban los “profesionales” de las reuniones ecuménicas, que en el fondo se representan a sí mismos. Pero la mayor parte de la Asamblea era gente responsable, atenta a tomar nota de todo para luego poder informar a quien lo había enviado; y así es como una reunión se transforma en camino hacia la unidad plena y visible. El profesor irlandés Brendan Leahy, en la conferencia de clausura, recordó el abrazo entre Juan Pablo II y Teoctis I, patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, en 1999, que la gente coreó con un “Unitate unitate unitate”. «Al presentar el primer borrador del mensaje final –me dice Brendan– la Asamblea quiso que la perspectiva de la unidad plena y visible apareciera como prioridad, no como una de tantas recomendaciones. Dentro de tres años el camino ecuménico cumplirá un siglo. No podemos dejar que las dificultades nos bloqueen». Monseñor Aldo Giordano es uno de los grandes artífices de Sibiu 2007, en su calidad de secretario general del CCEE (Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas). Responde a mis preguntas tras el largo maratón de la redacción del mensaje final: «Ésta ha sido la asamblea ecuménica más amplia que ha habido, no tanto por el número, sino por la representatividad. Y el hecho de que se haya llevado a cabo en Sibiu ha sido importante, porque estamos en una frontera geográfica y eclesial, en el corazón de la ortodoxia. Ha sido como una peregrinación a la frontera para fijarse en los problemas de la sociedad y asumirlos: inmigración, ecología, paz, diálogo...». Porque nadie soslayó los problemas: «Dicen que ésta ha sido la asamblea mas trabajosa. Es verdad. No había tanto entusiasmo, pero sí mucha profundidad. Por otra parte, los retos ya no vienen sólo de dentro de la Iglesias, sino de un mundo globalizado, y los cristianos han de encontrar respuestas adecuadas y comunes. Es evidente que el campo ecuménico está lleno de cruces. Había que entrar y lo hemos hecho». ¿Y ahora? «Hay que volver a empezar por el Evangelio –responde–, por las raíces que nos unen. Hemos intuido lo que significa ser un don para el otro. Organizaciones come la CCEE y la KEK no pueden crear ecumenismo, sino ofrecer espacios donde el ecumenismo se vea y, si es posible, madure».


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