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Noviembre - 2007


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Aparición en el bar

Juan Casal


Según la mentalidad más común, resulta más importante salir en televisión que la misma vida real.

Mi perro, que además de mío también es de mi cuñado, es medio tonto, pobrecillo. Cuando le señalo alguna cosa, no la mira; mira mi índice señalador. Pero tengo la impresión de que nosotros no somos mucho más inteligentes, porque cuando la televisión nos muestra algo, en lugar de mirar ese algo, es decir, analizarlo y sacar unas conclusiones, miramos sólo la tele: ¡Ha salido en la tele!, ¡lo han dicho en la tele! Tiempo atrás se decía: está escrito, está en los libros... Desde luego, el efecto de atontamiento generalizado es cada vez más fuerte. Hace poco me causó una enorme impresión una muchacha que decía, casi con desesperación: nosotros no existimos, existen sólo los que salen por televisión, los actores, los cantantes, los políticos... ¡sólo ellos! Una de las cosas que más me enorgullecen de mi familia es que, sin que haya habido por mi parte presiones ni prohibiciones de ningún tipo, la televisión se ve cada vez menos. Mi mujer dice que se ha desintoxicado de las telenovelas y las pelis; ahora, cuando quiere relajarse, ¡coge un libro o hace tareas domésticas! Mi hijo, que tiene dieciocho años, llegó a decirme una vez que nada de lo que sale por televisión es verdad. Un ochenta por cierto, le dije yo, que me quedé perplejo por su absolutismo pesimista, y al mismo tiempo orgulloso por su instinto a la verdad. Hace ya tiempo que Europa viene trabajando en su propia desmoralización, decía Kierkegaard hace ciento cincuenta años viendo la superficialidad de la derruida burguesía “cristiana” y la poquedad y disolución periodística de su cultura. Lamentablemente es así; basta ver el ardor con que se agarran con uñas y dientes al parloteo: ¡superficialidad o muerte! La televisión, que de por sí es un instrumento admirable para transmitir la verdad, el bien y la belleza (que sí, que sí, potencialmente), en un ochenta por cierto (seamos generosos) se transforma en instrumento de seducción de la banalidad, la mediocridad y el alineamiento bajero. Y el resultado es una chatura de vulgaridad difusa e invasora, más impalpable e irrespirable que el polvo, que tanto daña a los pulmones. Un día entré en un bar que hay cerca de casa. Había cuatro o cinco hombres. Uno de ellos sujetaba una tacita de café que quedó suspendida a mitad de camino. Me dice el dueño del bar: «¡Lo he visto en la tele!». Igual que en ese cuadro de Caravaggio, “La vocación de Mateo”, todos se giraron como si les hubiese picado un bicho o se hubieran caído del caballo. Entonces me vino a la mente una entrevista que me habían hecho hacía tiempo, y simultáneamente (espero que el lector me comprenda) me invadió una pesadumbre atroz y desoladora por ese “pueblo disperso que no tiene nombre”: había aparecido en el bar como una teofanía. Aquí acaba la parte cómico-desesperada del artículo. Pero para dejar testimonio de que la desesperación también puede ser superada con una tremenda oposición sin fisuras, me concederá el paciente lector unas pocas líneas para ordenar la moraleja de la fábula. ¿Es posible que la primogenitura de la dignidad haya sido vendida así, por mucho menos que un plato de lentejas? ¿Es posible que sigamos cambiando el don del ser por las baratijas de cristal de la apariencia? ¿Es posible que el “pan y circo”, que hace dos mil años por lo menos era gratis mientras que ahora hay que pagar las tasas televisivas, nos haya vuelto a todos tan cabezas huecas? ¿Es posible que la bacanal de las libertades más sofisticadas y caprichosas nos hayan vuelto tan desmemoriados que no recordemos ni aun lejanamente que la única libertad que cuenta radicalmente para el hombre no es su relación con la televisión, sino con Dios (la que sea, pero que la haya), que es lo único absoluto que hay y por tanto relativiza todo lo demás, hasta reducir justamente el mundo y sus parloteo a una pompa que continuamente, ¡puf!, revienta en la eternidad? P.S.: Ayer fui a la lavandería: «Lo he visto en la tele. ¿Es usted crítico?». «Sí», respondí, pero más me valdría ser camarero o tener una lavandería, pensé.


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