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Noviembre - 2007


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La gentil obstinación de los tibetanos

Texto y fotos de Miguel Zanzucchi


Tíbet, un país legendario, la meseta más extensa del planeta, que no cesa de inspirar ambiciones e interrogantes. La presencia-ausencia china, la ausencia-presencia del Dalai Lama, el ferrocarril, el desarrollo, la religión...

Voy a darme un paseo, el primero tras muchas horas de inmóvil movilidad. Dejo mi confortable coche-cama y recorro el pasillo del tren que me conduce al Tíbet. Los coches-cama populares tienen compartimentos sin puerta, pero la tecnología es de alto nivel, como esas bombas de oxígeno que permiten sobrellevar los problemas que provoca la altura. En los vagones de asientos hay de todo. Y en el último coche, de asientos duros, descubro a una familia de nómadas, los drokbas, vigilados por dos policías que no me permiten sacar fotos: tal vez sea una mala imagen de China... Están cocinando sus típicas tortas en el suelo y bebiendo té con manteca de yak, que tiene un olor penetrante, el olor del Tíbet. Gente feliz que no parece necesitar ninguna tecnología para vivir. A través de las ventanillas el paisaje es siempre igual y siempre distinto, agitado por el viento y azotado por el sol. El cielo, de un azul descaradamente intenso, lo realza todo: la tierra, el hielo, los yak, los inmensos prados sin hierba, el conjunto montañoso nevado... Encanto, meditación y curiosidad. Un enorme esfuerzo El tren T-27, el Pekín-Lhasa Exprés, es el mejor de China, el más cuidado y osado. En sólo 48 horas recorre 4.064 kilómetros, de los que más de mil se acaban de estrenar, entre Golmud y Lhasa, a través de la cadena montañosa del Kunlun y la meseta tibetana. El punto más alto es el paso de Tanggula, a 5.072 metros sobre el nivel del mar. La obra costó 3.300 millones de euros y se cobró al menos 40 víctimas entre los 30.000 obreros que trabajaron en condiciones extremas durante los últimos cinco años. La oposición de la opinión pública internacional ha sido contundente, y no digamos la de los tibetanos, que consideran el ferrocarril como un elemento definitivo para detener el proceso de autonomía de la región. El famoso actor Richard Gere, budista él, lo ha definido como «el mayor ataque a la integridad religiosa, cultural y lingüística del Tíbet». Quizás se olvide de análogos sucesos con sello americano. En realidad, este ferrocarril y la carretera que lo acompaña, recorrida por una larga caravana de camiones, van a favorecer un desarrollo económico notable. Esta obra de ingeniería es sólo el escaparate de la labor realizada por los últimos gobiernos chinos, en especial el de Hu Jintao, para lograr la autonomía real de esta tierra perdida, que es china sólo porque fue ocupada (los chicos prefieren decir “liberada”) en los años cincuenta. También en la esfera política las cosas se están moviendo. En Lhasa se rumorea que la escalera central del Palacio Potala (reservada exclusivamente al Dalai Lama) será utilizada cincuenta años después por el mismo Dalai Lama que la bajó por última vez en 1959, cuando optó por el exilio. Es probable que vuelva para las Olimpiadas de 2008, siempre que renuncie al poder temporal. El que está orgulloso de su tren es Wang Hui, líder sindical chino de los trabajadores tibetanos. «Es un ejemplo de lo que puede hacer China por su gente», afirma señalando la estructura sólida de 8 metros de altura que sostiene las vías a lo largo de mil kilómetros seguidos, hasta que se adentran por túneles y viaductos. «Trabajo aquí hace más de tres años –dice–; es un lugar muy bonito, aunque pobre. La apertura entre el Tíbet y el resto de China es cada vez mayor, y eso supone muchas ventajas económicas y espirituales para el Tíbet mismo». Y luego añade: «La tradición cultural tibetana ha sido salvaguardada y su riqueza preservada, igual que la de las otras 56 minorías que hay en China». Esto no es China Como ocurre con las grandes civilizaciones basadas en una fuerza cultural y humana de raíces milenarias, los valores fundamentales de la tradición tibetana no han podido ser barridos por la ocupación militar. «Al contrario, la adversidad conserva perfectamente nuestros fundamentos, como si estuviesen hibernando: no se pueden expresar plenamente, pero mantienen toda su fuerza en el hielo de la libertad», dice un joven monje tibetano del monasterio de Drepung. Gracias al nuevo rumbo emprendido por el gobierno chino, surgen aquí y allá iniciativas para defender la cultural local. Por las callejuelas del viejo centro de la ciudad me topo con una de ellas, modesta pero significativa y ejemplar: un bar donde puedes leer un libro. Aparto la típica cortina de la entrada que mantiene el calor y me envuelve una música angelical. Una luz tenue ilumina los estantes en los que hay libros de un solo tema: el Tíbet. Rústicas mesas de madera acogen a algunos clientes entretenidos en ojear páginas y sorber té. Aquí conozco la historia de un tibetano, Dong Zhi, y de su mujer, que es mongola y se llama Gerle Tu Ya. «Abrimos este local –cuentan– porque no queremos que se pierda la cultura tibetana, para que los turistas entiendan cuál es nuestro patrimonio». ¿Tibetano significa budista tibetano? «Es imposible separar el elemento religioso del cultural en nuestra tradición», responde él. «Nuestro local no es un negocio –aclara ella– aunque por este agujero pasa uno de cada diez turistas que visitan Lhasa». Le pregunto a ella por qué, siendo de Mongolia, o sea, china, se dedica a conservar el patrimonio tibetano: «No lo hago sólo por mi marido –sonríen ambos–, sino porque creo que en la gran China es importante preservar las peculiaridades de cada etnia. Aquí defiendo el Tíbet, pero también la Mongolia que llevo dentro; todos somos hermanos». «Hay quien defiende la cultura tibetana con la ayuda exterior –añade él– o incluso la del mismo gobierno, porque para China su frontera occidental es una cuestión estratégica fundamental». ¿Os lleváis bien con los chinos? «Ya estamos demasiado mezclados como para emprender la lucha». ¿Te gustaría que volviera el Dalai Lama? «No me interesa la política». Ping Cozhaxi tiene 47 años y una hija. Es escritor y defiende la cultura tibetana. Quedo con él delante de los incensarios de la Plaza Barkhor. Me gustaría entrevistarlo, pero este hombre pequeño y modesto, de tez oscura y con la calva protegida por una gorra de béisbol, no está por la labor. Conoce bien el significado de la prudencia. Cualquier pregunta sobre el Tíbet que tenga un mínimo matiz político la rechaza y me invita a dirigirme a “los oficiales”. Sin embargo acepta charlar sobre su trabajo como escritor para la Tibetan Literature and Arts Association. Ha publicado novelas y cuentos, y es un conocido autor de teatro cómico. Su trayectoria parece un manual de la defensa cultural: «Antes que nada se requería una buena base lingüística. Así me fui percatando de los lenguajes de la vida cotidiana, teniendo en cuenta la gran sabiduría proverbial y las canciones populares tradicionales. Gracias a las obras cómicas se nota un aumento de la conciencia de la gente, y a la vez que se divierte, aprende, se educa y se vincula a su cultura. Incluso los obreros y los pastores tibetanos, que ahora viven una fase importante de aprendizaje, necesitan las obras de este género para ampliar sus horizontes». Esto sí es China Gran parte de los tibetanos ya no piensa en separarse de China. Demasiadas actividades económicas, demasiadas familias mixtas, demasiados lazos culturales como para desligarse ahora. Así que hacen lo que pueden para que la convivencia sea la mejor posible. A la vuelta de la esquina aparece el horizonte de un pueblo con un 50% de tibetanos y otro 50% de chinos. Zhong He es, según su tarjeta de visita, poeta, periodista, creativo gráfico, programador turístico y algunas cosas más. Un todoterreno. Dirige la revista Tibetan Tourism Pictures Magazine. Lo entrevisto al lado del río Kyi Chum, en cuya orilla septentrional fue construida Lhasa. De fondo, las montañas áridas y oscuras que rodean la ciudad. «Nací al Este del Tíbet –me cuenta–. Escribir poesía es algo natural para mí, tanto como ser pastor en las praderas. Siempre he tenido facilidad para escribir versos, para cantar y bailar, además en mi familia hay escritores famosos. Me considero un “halcón salvaje”, pues mis poemas hablan sobre todo de los recursos naturales del Tíbet. Hablo también de los valores tibetanos, como que el tibetano nunca discrimina a los demás pueblos. Defiendo la cortesía y el progreso, así como el intercambio entre personas y culturas». ¿La economía se beneficia de las relaciones cnino-tibetanas? «Las relaciones con China son beneficiosas –afirma sin dudarlo–; para nosotros y para ellos. El gran desarrollo económico actual de China también promueve el desarrollo del Tíbet. En la escuela se aprende chino y también tibetano. El ferrocarril da esperanza para el desarrollo económico, pues el atraso económico del Tíbet es evidente». Los dos millones setecientos mil tibetanos, esparcidos por más de un millón de kilómetros cuadrados, tienen el 10,1% de crecimiento anual contra el 10,5 de toda China, con una renta per cápita de 1.930 yuanes, unos 200 euros. Manteca de yak Todo lo que hemos dicho hasta ahora sería inexplicable si no entendemos que el elemento religioso sobrevive e incluso crece en el sentir popular. Hasta el gobierno central se ha dado cuenta de ello y ha terminado por renunciar a erradicarlo. Lo palpo claramente durante mi visita al templo principal del budismo tibetano, el templo de Jokhang. Son las 7 de la mañana y hace un frío que pela, pero la muchedumbre ya se agolpa y va avanzando con dificultad. En la plaza del templo no es fácil descifrar los movimientos de la gente, el tintineo de campanas, las drilbu (esa forma devota de avanzar tirándose al suelo), el crepitar del fuego, la forma irregular de salmodiar pero nunca desordenada, las charlas entre amigos, los toques de atención de los policías, el manoseo de los rosarios… Y por fin el patio, el dukhang, que abre de par en par sus puertas al verdadero santuario, a las capillas de Buda y al camino nangkor, uno de los tres circuitos sagrados de Lhasa, compuesto por una larga serie de rulos de oración que la gente va haciendo girar al pasar. En paralelo a esta fila, se agolpan en otra todos los que quieren entrar en el santuario. Son gente muy cordial que se deja fotografiar sin problemas, pastores y nómadas, una raza noble, tranquila y extraordinariamente resistente. Recorriendo los rostros sonrientes y la actitud de los de esta última fila se intuye el poder del budismo tibetano y a la vez su fragilidad. Los niños son un punto y aparte en este mundo de adultos-niños: rostros rosados y morenos, con sus bufandas y sus gorros de vivos colores, libres y espontáneos, con la cara sucia llena de manteca de yak y las montañas tibetanas grabadas en sus ojos. El lama Nyima Tsering dirige el templo de Jokhang. Es el número dos en la estructura monacal tibetana. De extraordinaria amabilidad, lleva al cuello un medallón del Dalai Lama. Está al frente de 115 monjes, quienes controlan la afluencia de cinco mil fieles al día: «Para el budismo tibetano el templo Jokhang es el primer edificio de culto –me explica–, el más santo y el más grande. El budismo empezó a difundirse por esta meseta nevada después de ser construido, y sigue siendo su centro». Luego trata de adoctrinarme con dulzura: «El budismo no prevé ninguna barrera entre países, naciones o colores; acoge a todos. Por eso el templo Jokhang es un lugar santo para cualquier ser humano». ¿Cuál es el futuro del Tíbet y del budismo tibetano? «Con la apertura al exterior, pienso que cada vez más personas tendrán una comprensión mayor de lo que somos. También podrían surgir malentendidos acerca de nosotros, por eso me alegra que cada vez venga más gente a conocernos; todos los seres somos como una familia y tenemos que respetarnos y cuidarnos unos a otros. En medio de este rápido desarrollo económico, el hombre necesita algo para el espíritu». Un pueblo sonriente Abandono Lhasa en avión. Encima de la montaña se distinguen las oraciones votivas budistas, los monasterios encaramados al relieve y la evolución de una vida cotidiana que se debate entre tradición y modernidad. Como siempre que se produce un desarrollo económico repentino, aparecen grandes infraestructuras viales en medio de la nada o junto a un puñado de casas. La esperanza en una vida mejor se respira por doquier, aunque el sistema sanitario aún es precario y el paro elevado, así como la contaminación; las intervenciones chinas no dejan de ser dolorosas y la moneda sigue siendo el yuan. El tibetano está acostumbrado a vivir con muy poco; sonríe y no se aparta ni un ápice de sus convicciones. Pero algo ha cambiado: antes la resistencia tibetana se concentraba en los monasterios, mientras que ahora está difundida en la sociedad. Muchos piensan que ya pasó la hora de la independencia para dar paso a la hora de la autoestima, especialmente porque el verdadero enemigo que ahora acecha es el materialismo.


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