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Febrero - 2010


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EDUCACIÓN

Jesús García


Manejar las frustraciones

Cuando concluimos aquella rutinaria entrevista, la tutora de una de mis hijas me confesó que una de sus preocupaciones era que gran parte de sus alumnos (de 12 años) manifestaban en mayor o menor medida escasa resistencia a las frustraciones. Muchos chicos y chicas no han desarrollado la capacidad, según su edad, de asumir contrariedades, metas o deseos que no logran alcanzar al primer intento. Ante una prueba no superada, un ejercicio no comprendido, un conflicto entre compañeros, una sugerencia crítica por parte del profesor, etc. muchos alumnos se desaniman y reaccionan de modo “desequilibrado”, con modales inadecuados o irrespetuosos, enfados exagerados, llantinas o incluso rabietas inapropiadas a su edad. Antes de seguir, algo importante. El ser humano crece con el cariño y con la seguridad que le aportan las personas que lo quieren; pero igualmente necesita que le ayuden a desarrollar la capacidad de encajar eventos que suponen un sufrimiento sin perder de forma patológica el equilibrio emocional y, sobre todo, sabiendo recuperarse del golpe lo antes posible. Los expertos hablan de esta capacidad como algo “imprescindible para poder vivir, y debe ser aprendida a través de la educación”. En el fondo, hacen referencia a virtudes como la perseverancia, la paciencia, la templanza o la tenacidad. Evidentemente, nuestra misión como padres y educadores es ayudar (poner los medios, suministrar recursos) para que crezcan, es facilitar el aprendizaje, nunca dificultarlo. Muchos crecimos bajo el “prestigio” del lema “la letra con sangre entra”. No, con sangre no entra nada. Ahora bien, en el largo camino del aprendizaje hay valles y llanuras, pero también túneles, cuestas y momentos en los que aparecen dificultades que no entendemos. Por supuesto, los padres y educadores no las vamos a provocar, pero cuando aparecen tenemos la obligación moral de ayudar a nuestros hijos a que aguanten y soporten con paciencia y respeto la situación. En resumen, no se trata tanto de “evitar” las frustraciones (cosa ingenua por otra parte) cuanto de ayudar a convivir con ellas y resolverlas si es posible. ¿Cómo? –De entrada, los largos discursos moralizantes sobre la paciencia o la perseverancia sirven de poco. Es preferible una frase corta y concreta que todo un tratado de moral sobre la tenacidad. –Debemos evitar satisfacer continuamente sus deseos por temor a un enfado o rabieta, o por evitarles este sentimiento, tanto si son pequeños como adolescentes. Si un niño llora porque no le compramos una chuche, no pasa nada; y si se enfada porque no le hacemos el problema de matemáticas que no le sale, tampoco pasa nada. –Ayudémosles a que conozcan sus propios límites y proporcionémosles recursos para superarlos (en la medida en que se pueda superar). Por ejemplo, muchas veces los ejercicios en casa no “salen”, probablemente porque no estuvieron atentos en clase, o porque debían haberle preguntado al profesor lo que no entendían. No pasa nada si les decimos que estén más atentos en clase o que le pregunten al profesor (y no lleven hecho el ejercicio). Si le hacemos el ejercicio o le explicamos lo que debían haber escuchado en clase, esteremos alimentando la no preparación de los chicos para afrontar situaciones frustrantes. –Es importante ayudar a distinguir entre deseo y necesidad. Muchas veces nuestros hijos se frustran ante hechos que son sólo un deseo, como acabar pronto la tarea para ver la tele, o hacer bien el dictado para quedar bien ante sus compañeros. Ver la tele o caerle bien a todo el mundo son deseos que se pueden cumplir o no. Si les decimos, por ejemplo, que tiene que repetir el ejercicio cuando su programa haya empezado, le estaremos ayudando a reaccionar mejor ante situaciones en las que los deseos no se cumplen. Nuestros hijos “necesitan” tener amigos; ahora bien, si para ello “desean” tener un móvil de última generación, la cosa cambia. Ellos (como todos) “necesitan” triunfar y sentirse valiosos, pero si para ello “desean” ser siempre los primeros y hacerlo todo bien a la primera (y los padres satisfacemos ese deseo) les estaremos haciendo un flaco favor de cara a su futuro. Es más, cuando intentemos rectificar, harán todo lo posible para satisfacer esos u otros deseos. El tema da para más. Si lo desean, seguiremos hablando de ello. Una cosa más. Ayudar a superar las frustraciones va íntimamente ligado al cariño y a la capacidad de mantener una relación de delicadeza, afecto y comunicación con nuestros hijos. Así pues, al lado de la educación “a las dificultades” están las recompensas, las caricias, los agradecimientos, los refuerzos positivos, etc. Dice el profesor Luigino Bruni que el futuro de la sociedad es el de ayudar a pescar en lugar de dar el pescado... y después degustar juntos el fruto de la pesca. lungar@telefonica.net


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