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Enero - 2010


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Las nuevas etapas del ecumenismo

Pablo Lóriga


Una serie de encuentros e iniciativas constituyen pasos importantes en el camino hacia el acercamiento dentro de la cristiandad.

¿Invierno o primavera? La metáfora de las estaciones no se presta para resumir el estado actual del ecumenismo, dada la variedad de caminos abiertos y de progresos realizados. De todas formas, si queremos seguir con las estaciones, podemos decir que durante el pasado otoño ocurrieron hechos muy interesantes para la unidad de la cristiandad. A mediados de octubre se reunió en Chipre la comisión internacional mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. A finales de octubre se celebró en Augsburgo (Alemania) el décimo aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, que firmaron la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica. Con ocasión de esta celebración, María Emmaus Voce, presidenta de los Focolares, se reunió en Alemania con responsables de movimientos y asociaciones de varias Iglesias y comunidades con las cuales se inició un camino muy prometedor hace diez años. Por último, la relevante iniciativa de Benedicto XVI, a principios de noviembre, al publicar una constitución apostólica para los anglicanos que entran en la Iglesia Católica. El paso de fieles de una Iglesia a otra no es un acto ecuménico, por el contrario, puede perjudicar, cuando no bloquear, el proceso. Sin embargo, el arzobispo católico de Westminster, Vincent G. Nichols, y el primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, emitieron un comunicado en el que afirman que dicha constitución apostólica es consecuencia del diálogo ecuménico entre la Iglesia Católica y la Comunión Anglicana. Nos alegra poner de relieve esta serie de hechos que se han producido en poco tiempo, más cuando últimamente el panorama ecuménico no parecía iluminado por el optimismo, ya que las Iglesias tendían más a resaltar sus diferencias respecto a las demás. Ahora bien, esa mayor conciencia de sí mismas también puede constituir la base para un nuevo diálogo. Eso sí, está creciendo la necesidad de definir y adoptar una auténtica “espiritualidad ecuménica”, de la que ya se habló en Graz (Austria) en 1997 durante la Asamblea Ecuménica Europea. Pero la novedad más importante es que las cuestiones teológicas han pasado a un segundo plano respecto de los problemas éticos. La ordenación de pastores y obispos homosexuales activos y la celebración de matrimonios entre personas del mismo sexo han provocado graves enfrentamientos en varias Iglesias (la luterana y la anglicana entre ellas) hasta producir divisiones. Por otro lado, hay que señalar un acercamiento entre la Iglesia Católica y otras Iglesias hasta ahora reacias al diálogo ecuménico. Este acercamiento es debido a que van descubriendo afinidades en cuestiones de moral. Un ejemplo de esto es la Iglesia Ortodoxa rusa. Otra novedad menos llamativa pero significativa se manifiesta en el tipo de relación entre los que trabajan en el diálogo ecuménico. Hay un ambiente de confianza recíproca, de estima y, a menudo, de amistad que favorece la escucha y la comprensión, lo que crea unas condiciones realmente favorables para el futuro. Con todo, existe el riesgo de que esto quede al nivel de una élite si no se dan pasos para trasmitir ese clima de colaboración a los fieles. Involucrar al pueblo en el ecumenismo es algo que hasta ahora no se ha conseguido, pero podría haber llegado el momento, pues según autorizados observadores están actuando fuerzas capaces de alcanzar ese objetivo, es decir, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades de las distintas Iglesias. CARD. WALTER KASPER: PROBLEMAS Y TAMBIÉN PROGRESOS El 31 de octubre de 1999 representantes de la Federación Luterana Mundial y de la Iglesia Católica firmaron un documento histórico: la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación. En una exclusiva para Neue Stadt, el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, explica los frutos de aquel evento. –¿La Declaración conjunta fue un acontecimiento histórico? –Diez años es un período bastante breve. No obstante, en el siglo XVI la doctrina de la justificación era el problema central para la Reforma. Fue el punto de ruptura en el cristianismo de Occidente y supuso una catástrofe. Que ahora estemos unidos en algo tan esencial y que podamos dar testimonio de ello juntos puede definirse realmente como un avance histórico. –¿Qué ha cambiado con esta Declaración conjunta? –La relación entre los cristianos católicos y los evangélicos ha adquirido una calidad nueva, y se nota. A la Declaración conjunta se añadieron más tarde los metodistas. Esto aumentó la amplitud de los cimientos y sobre ellos construimos. En los grandes congresos, por ejemplo, los católicos buscan siempre a los luteranos y viceversa. –¿Cree que aún hay quien tiene reservas sobre este documento? –Los profesores de teología tienen cada uno su propia interpretación de los documentos del siglo XVI, y en un documento de consenso cada uno quisiera ver reflejada su propia posición, lo cual es imposible. Las verdaderas dificultades son dos. Por lo que a la antropología se refiere, es decir, la comprensión del hombre, hemos desarrollado puntos de vista cada vez más diferentes en cuestiones de ética y moral, y en esto hay que trabajar. Por otro lado, todavía tenemos que sacar las conclusiones que el documento plantea para la eclesiología, o sea, la doctrina sobre la Iglesia. En esto sí se ha trabajado, tanto a nivel jerárquico como en el pueblo. Pero todavía hay problemas que resolver, y se nota cierta insatisfacción en algunos, porque no avanzamos con suficiente rapidez. –Esa sensación parece justificada. Hace diez años hubo un compromiso para «seguir reflexionando en la doctrina acerca de la Iglesia»... –Hemos tratado de cumplir esta tarea, que no es sólo de la Iglesia Católica. Recientemente, junto con la Federación Luterana Mundial, publicamos un largo documento sobre la sucesión apostólica, que es el punto central que nos divide, en el que ha habido grandes progresos. Este documento será sin duda un impulso para continuar. En los últimos dos años, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos ha reunido todos los documentos firmados con anglicanos, luteranos, reformados y metodistas durante los últimos 40 años. Los hemos examinado y tengo que confesar que me ha sorprendido mucho todo lo que ha ocurrido, incluso con respecto a la doctrina sobre la Iglesia y los sacramentos. Sí, todavía hay problemas, pero tenemos muchas cosas en común. –¿Es correcta la impresión de que para Roma es más fácil el diálogo con los ortodoxos y que le dedica mayor empeño? –Es cierto que con las Iglesias de Oriente se va adelante de manera relativamente fácil, aunque también despacio. Pero no es que lo prefiramos. No se puede planificar el diálogo. Si se progresa es siempre un don del Espíritu Santo. Estamos muy contentos y agradecidos de que vaya tan bien con los ortodoxos. Si nos fijamos en el diálogo católico-evangélico, en este momento hay un poco de arena en los engranajes, pero vendrán momentos mejores. Por otro lado, el diálogo con las Iglesias de Oriente también podría tener una influencia positiva en el diálogo de Occidente. Aunque son diálogos diferentes, no son independientes uno del otro. Quiero subrayar que, por nuestra parte, no fijamos prioridades; es decir, no estamos hablando ahora con las Iglesias de Oriente y dejamos a las otras de lado. Avanzamos en todos los diálogos en la medida de lo posible. –¿Cuáles son las perspectivas de futuro? –Sobre la base del documento que he citado, en primavera tendremos un simposio en Roma para reflexionar sobre cómo proceder. En 2010 la Federación Luterana Mundial tiene su celebración en Stuttgart. Luego estará la “Década Lutero”, es decir, la preparación a los 500 años de la Reforma. Y el Consejo Mundial de las Iglesias celebrará el centenario del movimiento ecuménico en Edimburgo. Por lo tanto, 2010 será un año verdaderamente ecuménico del que esperamos mucho. Joachim Schwind ¿ANGLICANOS UNIDOS A ROMA? Una lectura anglicana de la nota informativa sobre la constitución apostólica “Anglicanorum coetibus”. Buen número de tradicionalistas anglicanos recibió con alegría la declaración del Vaticano del 20 de octubre pasado que les ofrece la posibilidad de unirse a la Iglesia católica conservando elementos específicos del patrimonio espiritual y litúrgico anglicano. Inmediatamente llegó también una avalancha de críticas desde muchas instancias del mundo anglicano. No han faltado opiniones de personas, entre ellas muchos obispos anglicanos, que aconsejan ver el ofrecimiento de la Iglesia católica como lo que es: una respuesta concreta a la petición de algunos, como los miembros de la Comunión Anglicana Tradicional, que desde hace tiempo venían pidiendo algún tipo de unión con Roma. La respuesta a la iniciativa del Vaticano tiene que llegar, por consiguiente, de los interesados: ¿les satisface el ofrecimiento de la Santa Sede? En realidad, no van a recibir todo lo que quisieran. Canónicamente formarán parte de la Iglesia latina y no constituirán diócesis territoriales, pues los “ordinariatos personales”, forma organizativa propuesta, son similares a los ordinariatos militares. Por lo tanto, siempre tendrán que consultar a los obispos católico-romanos de las diócesis donde se encuentren. Más crucial aún es el hecho de que no podrán conservar todos los elementos de su identidad anglicana. Algunos son elementos importantes pero secundarios, como la cuestión de los sacerdotes casados (los nuevos obispos que se elijan tendrán que ser célibes, por ejemplo), y otros más fundamentales, como el papel de los laicos en el gobierno de la Iglesia. Con todo, hay que ver el asunto de manera constructiva. No se sabe cuántos fieles decidirán irse, pero ciertamente los que se queden les desean el mayor bien. Saben que los acogerá una Iglesia que quiere ofrecerles una cultura religiosa que les haga sentirse a gusto. Quizás el aspecto más significativo es éste: si muchos elementos del patrimonio espiritual y litúrgico de las Iglesias anglicanas pueden permanecer en una Iglesia unida a Roma, quiere decir que la Iglesia católica reconoce y acepta su valor. Y ver lo positivo de los demás es imprescindible en el trabajo por la unidad. Callan Slipper (sacerdote anglicano) ORTODOXOS Y CATÓLICOS EN CHIPRE Chipre fue el primer lugar de Europa donde puso pie un apóstol de Jesús, Pablo de Tarso. A lo largo de los siglos la comunidad cristiana de la isla conoció un gran florecimiento y representó un papel de puente entre Oriente y Occidente. Así pues, no es casualidad que se eligiera un lugar tan simbólico para la 11ª sesión de trabajo de la Comisión Internacional Mixta para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa. Este diálogo se retomó en diciembre de 2005 tras un período de interrupción. En septiembre del 2007, en Rávena, se llegó a un importante acuerdo entre las partes que se recogió en un documento que pone de relieve la interdependencia entre el primado y la sinodalidad en la vida de la Iglesia a nivel local, regional y universal. Según esta afirmación, para ser fieles al mandato de Jesús y desarrollar su misión como signo e instrumento de unidad entre los hombres, la vida de la Iglesia se tiene que articular mediante el ejercicio de una gran comunión, garantizada y promovida por un ministerio de unidad específico que en la Iglesia local corresponde al obispo, en la regional al patriarca (sobre todo en la tradición oriental) y en la universal al obispo de Roma, el Papa. A partir de esta convergencia se acordó llevar a cabo un programa en tres fases: 1) estudiar la función del obispo de Roma durante el primer milenio, período durante el cual la comunión entre Oriente y Occidente fue plena, aun con matices distintos; 2) estudiar el mismo tema durante el segundo milenio, marcado por la división entre las dos Iglesias y por un desarrollo independiente de la doctrina y de la praxis del primado del Papa en Occidente; 3) mirar hacia un futuro posible en el que se recupere la comunión, enriquecida por las aportaciones de ambas Iglesias. Del 16 al 23 de octubre se abordó la primera fase de este programa en la antigua ciudad chipriota de Pafos. Tras el significativo avance de Rávena, se ha empezado a revisar con paciencia y apertura los hechos históricos y los testimonios de los Padres de la Iglesia, viéndolos a la luz del evangelio y de la tradición común. La tarea es ardua y requiere tiempo, debido al hecho de que hay alas integristas que, aunque son minoritarias y están deslegitimadas por sus respectivas autoridades, siguen poniendo obstáculos al diálogo. Por otro lado, el mundo ortodoxo todavía está buscando un equilibrio entre el patriarcado ecuménico de Constantinopla y el patriarcado de Moscú, que abandonó la reunión de Rávena por cuestiones internas del mundo ortodoxo, pero participó activamente en esta sesión. Los trabajos procedieron a buen ritmo en un ambiente cada vez más franco y abierto bajo la competente y sabia co-presidencia del cardenal Walter Kasper por parte católica y el metropolita Ioannes Zizioulas por la ortodoxa. Es de destacar también la hospitalidad de las comunidades ortodoxa y católica de la isla. En Chipre ha crecido la conciencia de que buscar y practicar una fuerte espiritualidad de comunión, capaz de impregnar las relaciones entre las Iglesias a todos los niveles, es lo único que puede dar un empuje al diálogo ecuménico, a fin de alcanzar la unidad plena, que cada vez es más urgente, para dar testimonio de Jesús en nuestro tiempo. Piero Coda (Miembro de la Comisión Internacional)


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