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Octubre - 2007


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Jesús, el de la historia

Fernando Guerrero


Presentar al Jesús de los Evangelios como personaje "real" e "histórico", en sentido propio, y superar el dilema entre el "Jesús de la historia" y el "Cristo de la fe", ésta ha sido la intención del papa Ratzinger al publicar "Jesús de Nazaret".

Esta obra, recientemente editada en España por La Esfera de los Libros, no es una clásica "vida de Jesús" de estructura cronológica, sino un tratado de cristología con una perspectiva bíblica (Antiguo y Nuevo Testamento), enraizada en la más genuina tradición de la Iglesia. No desconoce Joseph Ratzinger la necesidad del método histórico-crítico aceptado por la Iglesia Católica. De hecho, en la elaboración de este libro lo han guiado las orientaciones recogidas en dos documentos: "La interpretación de la Biblia en la Iglesia" (1993) y "El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras" (2001). El factum historicum para la fe bíblica no es una mera clave simbólica sustituible, sino que la Iglesia profesa y declara la "encarnación del Hijo de Dios" como un ingreso efectivo de Dios en la historia real de la humanidad. Si se prescinde de esto, la fe cristiana se transforma en otra religión. El método histórico-crítico resulta indispensable, pero tiene limitaciones y no agota el cometido de la exégesis bíblica para quien cree que la Sagrada Escritura ha sido inspirada por Dios. Mediante este método no se puede ir más allá del ámbito de las hipótesis, porque en sentido propio no podemos recuperar el pasado en el presente. Es cierto que podemos formular hipótesis con alto grado de probabilidad, pero debemos ser conscientes de las limitaciones. Desde hace unos años se ha desarrollado la "exégesis canónica", que aborda los textos bíblicos en el complejo de la única Escritura. Este aspecto lo había resaltado el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la divina revelación, indicando que es un principio fundamental de la exégesis teológica: para comprender la Escritura en el sentido en que ha sido escrita, hay que atender al contenido completo y a la unidad de la entera estructura de la misma. El método de "exégesis canónica" considera cada libro de la Biblia en la integridad del conjunto, y no contradice el método histórico-crítico, sino que lo desarrolla de manera orgánica y sistemática. Toda palabra de cierto peso contiene un sentido superior al que pudo tener en su momento para el autor. Y este sentido superior de la palabra, que trasciende el sentido histórico, tiene más posibilidad de darse en el proceso de la historia de la fe. El autor humano no escribe simplemente por sí y para sí, sino que lo hace a partir de una historia humana que alberga las posibilidades de su futuro y de su proceso interior. Se puede intuir a este respecto, también históricamente, lo que significa "inspiración". El autor no se expresa como un sujeto privado, sino que habla en una comunidad viva, dentro de un movimiento histórico que no depende de él ni tampoco de la colectividad, sino que dentro de él actúa una fuerza superior que lo guía. La Sagrada Escritura remite a tres sujetos interrelacionados. En primer lugar, el autor particular o grupo de autores que han redactado un libro determinado. Estos autores no son escritores autónomos en el sentido moderno del término, sino que pertenecen a un sujeto común, el "Pueblo de Dios", y se puede afirmar que ese "pueblo" es el verdadero autor. Asimismo, este pueblo no es autosuficiente, sino que es conducido e interpelado por Dios mismo, que habla a través de los hombres. En definitiva, el Pueblo de Dios (la Iglesia) es el sujeto vivo de la Escritura, pero es necesario que reciba la inspiración de Dios, y de Cristo encarnado, y se deje guiar. Joseph Ratzinger no ha pretendido escribir un libro contra la moderna exégesis; por el contrario, se manifiesta agradecido con el método histórico-crítico, que ha llegado a un conocimiento de la historia de Jesús que hace pocos decenios no podíamos imaginar. Los nuevos criterios metodológicos, más allá de las apreciaciones histórico-críticas, han permitido al autor una interpretación teológica de la Biblia que requiere la fe, pero que no renuncia a la seriedad y el rigor de la Historia. Este libro es parte de un proyecto más amplio. El autor ha considerado urgente presentar la persona de Jesús en su vida pública, sin esperar a terminar la obra, para favorecer en sus lectores una viva relación con Jesús. En la introducción, basándose en un texto clave del Deuteronomio (18, 9-12), el autor hace ver que Jesús va mas allá de la función que tenían los profetas en la historia de Israel y, en concreto, más allá que Moisés, el primero de los profetas: «Yahveh, tu Dios, suscitará en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis». Moisés, el gran profeta de Israel, no era un adivino del futuro, sino que su misión derivaba del hecho de haber hablado con Dios como con un amigo. Pero a pesar de su amistad con Dios, no llegó a ver su rostro, no obstante su petición: "Déjame ver, por favor, tu gloria" (Ex 33, 18). La súplica no fue atendida: "Pero mi rostro tu no podrás ver" (32, 20). El Señor le indicó un sitio, en la hendidura de una roca, por donde pasaría con su gloria y lo cubriría con su manto, que sólo al final retiraría... "para que veas mis espaldas, pero mi rostro no se puede ver" (33, 23). Este texto misterioso ha tenido un papel fundamental en la mística judía y cristiana. A partir de él se quiso determinar hasta dónde puede llegar el contacto con Dios en esta vida y dónde puede establecerse el límite de la visión mística. La promesa del Deuteronomio antes citada, "...un profeta como yo", contiene una expectativa que ha sido manifestada al último profeta, a quien se le ha concedido un don que fue negado al primero: ver el rostro de Dios plenamente, y no sólo por la espalda. Y esta posibilidad va vinculada a la expectativa de que el nuevo profeta llegue a ser mediador de una alianza superior a la que Moisés recibió en el Sinaí (cf, Hb 9, 11). Se puede comprender, desde este punto de vista, el prólogo del Evangelio de Juan: "A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1, 18). A partir de esta consideración se puede comprender verdaderamente la persona de Jesús, que viene a nuestro encuentro. Si se prescinde de esto, no se puede comprender lo específico de su figura, pues resultaría contradictoria e incomprensible. Todo lector del Nuevo Testamento debe plantearse dónde había adquirido Jesús su doctrina y dónde está la clave para explicar su conducta. Ésa era la reacción de sus oyentes, pues comprendieron claramente que su enseñanza no provenía de ninguna escuela de sabiduría. Era distinta y la exponía con autoridad. La enseñanza de Jesús venía del contacto inmediato con el Padre, del diálogo cara a cara, de la visión de Aquel que estaba "en el seno del Padre". Sin este fundamento radical, su enseñanza no tendría sentido. Así pensaron los sabios israelitas del tiempo de Jesús, pero no quisieron aceptarlo. Para comprenderlo mejor, son imprescindibles las indicaciones sobre el hecho de que Jesús se retiraba durante la noche, "a solas" con el Padre. Esto nos desvela un poco el misterio y nos permite descubrir la relación filial de Jesús, la fuente de la que brotaban sus actos, enseñanzas y sufrimientos. Ese orar de Jesús era la conversación del Hijo con el Padre. Jesús pudo hablar del Padre tal y como lo hizo porque era el Hijo que vivía en comunión filial con el Padre. La dimensión cristológica es el misterio del Hijo como revelación del Padre, que se hallaba presente en todas las palabras y en todas las acciones de Jesús. "Quién ve a Jesús, ve al Padre" (Jn 14, 9). De este modo, el discípulo que camina con Jesús viene implicado en la comunión con Dios. Con estas consideraciones fundamentales expone Ratzinger las premisas de su obra, para orientar a los lectores que vayan a seguir el desarrollo de este estudio sobre las manifestaciones de Jesús, según el Evangelio, que en este primer tomo se refieren a su vida pública. Sorprende mucho el profundo conocimiento que tiene el autor de la Sagrada Escritura; pone de manifiesto que el profesor Ratzinger ha madurado su saber teológico en el estudio y meditación de la Biblia, poniendo así en práctica una importante indicación del Concilio Vaticano II (Dei Verbum, n. 24) que provenía del papa León XIII: "La Escritura debe ser el alma de la teología". Llama la atención que, sin dejar de aceptar las conclusiones de una exégesis clásica, en bastantes casos va más allá y esclarece puntos que antes no se comprendían con tanta profundidad y transparencia. Los temas abordados son los siguientes: el bautismo de Jesús, las tentaciones de Jesús, el Evangelio del Reino de Dios, el Sermón de la Montaña, la plegaria del Señor, los discípulos, el mensaje de las parábolas, las grandes imágenes de Juan, la confesión de Pedro y la transfiguración, las afirmación de Jesús sobre sí mismo. Concluye el libro con una nota editorial y con una bibliografía muy escogida y actual, no sólo general, sino aplicada a cada capítulo, lo cual pone de relieve la información al día del autor, sobre todo en el ámbito de las culturas alemana, inglesa y francesa. Luego se recogen las citaciones bíblicas y los documentos del Magisterio. Y termina con un índice de nombres de autores. No me es posible extenderme sobre cada capítulo. Únicamente me limito a una indicación de carácter general. Es admirable el tono sereno, académico y espiritual que resplandece a lo largo del estudio. No sólo es un libro de un sabio teólogo, sino de un profundo creyente cristiano, respetuoso con otras creencias pero sin concesiones ni ambigüedades, con firmísima convicción en materia de fe y con la transparencia de un verdadero discípulo y apóstol de Jesucristo. El libro, en su conjunto, viene a constituir un comentario muy elevado del contenido esencial del cristianismo, con oportunas aplicaciones a la situación religiosa y moral del mundo, que ponen de manifiesto un conocimiento profundo de la realidad de nuestro tiempo confuso y apocalíptico, y de la propia Iglesia. Me viene a la memoria una frase escrita por el autor del prólogo a la edición española de la Vida y doctrina de Jesucristo, nuestro Señor, del jesuita francés Jules Lebreton: "La obra del sabio ha florecido al soplo del amor".


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