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Diciembre - 2009


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El mercado, el tráfico y la “ética de puntos”

Luigino Bruni


La economía en un contexto internacional de incertidumbre. Instrucciones para no quedarse “tirados”.

La economía es una de las ciencias sociales que hace amplio uso de imágenes y de metáforas. La primera y una de las más famosas hasta el día de hoy es la de “la mano invisible” del economista Adam Smith. En el siglo XVIII éste explicaba mediante esa metáfora el mercado como un mecanismo que transforma los intereses privados en bien común. En la actualidad la economía sigue tomando imágenes del deporte (la competencia como competición deportiva), de la música (el manager como director de orquesta) y de muchos otros ámbitos. Estas imágenes permiten a los economistas explicar aspectos de la realidad que son inaccesibles para el lenguaje de las fórmulas matemáticas y de los balances anuales. Sin embargo, no todas las metáforas son acertadas, ya que a veces desvirtúan la realidad, sobre todo cuando se simplifica excesivamente o cuando la imagen se usa con fines ideológicos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se compara cada vez más a menudo al mercado con el tráfico vial. Cuando una persona sale de casa y se mete en el tráfico, no lo hace por amor a su ciudad o a los otros conductores, sino porque tiene motivos e intereses personales que la llevan a hacerlo (trabajo, amigos, diversión...). Pero si el tráfico está bien regulado por instrumentos (semáforos, rotondas, radares...), instituciones (guardia de tráfico, policía urbana...), infraestructuras y buenas normas, todos alcanzamos nuestra meta. Además, para que el tráfico fluya no bastan las instituciones, los instrumentos, los controles y las normas, sino que también son necesarias la ética del conductor y el mantenimiento de las carreteras. Y cuando este mecanismo se atora (como en los atascos, por ejemplo), no hay que actuar sobre los conductores para que sean más “buenas personas”, sino que hay que mejorar las carreteras o sustituir los semáforos por rotondas. Pues lo mismo sucede con el mercado: con buenos instrumentos e instituciones, normas y “guardias”, “carreteras” anchas y cómodas, y respeto de las normas todos alcanzamos nuestros objetivos sin necesidad de que se fijen los precios desde arriba o haya que regular la oferta y la demanda, sino que el buen funcionamiento del conjunto resultará en un “orden espontáneo”. Pero hay más. En el tráfico no es oportuno, es más, no es aconsejable mirar a la cara a los demás conductores cuando los adelantamos o cuando estamos parados delante de un semáforo. Cuando se conduce, tampoco es necesario el altruismo, que a menudo puede ser peligroso por lo imprevisible, como cuando un conductor “altruista” frena en seco al ver que un anciano quiere cruzar la calle por un sitio donde no hay paso de cebra y el coche que va detrás le da un golpe. El único caso en el que cabe mirarse a la cara cuando se conduce es en los momentos críticos (durante una maniobra equivocada, un imprevisto...) o en el que cabe el altruismo es disminuyendo la velocidad cuando se les hace un favor a los que quieren incorporarse al flujo principal. De la misma manera, en el mercado el anonimato y la impersonalidad funcionan mejor que las relaciones amistosas o familiares. En los negocios no se le mira a la cara a nadie. Lo más que se le puede pedir a la ética económica en tiempos normales es que se respeten las reglas, además de alguna pequeña donación. Sólo en tiempos de crisis hay que hacer algo más. ¿Pero estamos seguros de que las cosas son así de verdad? No lo creo. La analogía mercado-tráfico refleja bien algunos aspectos, pero puede engañarnos en otros muy importantes. Para empezar, en el tráfico la ética se vive en otros aspectos mucho más relevantes, desde el tipo de coche que compramos (ecológico o no) a la forma de conducir responsable y prudente (que no disminuye la velocidad sólo cuando hay un radar) o al autocontrol con el que reaccionamos ante una maniobra mal hecha por otros conductores. Y el papel de las instituciones no se acaba con el mantenimiento de los semáforos y los radares, sino que éstas tienen que promover sistemas de transporte más ecológicos (el tren, por ejemplo), los medios de transporte público, etc. De la misma manera, en el mercado la ética no está principalmente en sonreírle al cliente o al compañero de trabajo, sino que consiste en estar al día en la profesión, en prepararse antes de ir a una reunión, en no vender nuestra dignidad por la carrera, en prevenir los accidentes en el trabajo, en indignarse ante las injusticias... «Yo demuestro mi amor por mis pacientes estudiando su historial antes de la consulta», me decía un anciano médico. Hoy, el reto para los que aman la ética y los valores es rescatarlos del papel marginal al que los estamos relegando: sonreír desde la ventanilla del coche, enviar sms solidarios o marcar la X en la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta. Cosas éstas muy positivas, pero la calidad de la ética en la vida pública se juega en el uso de toda la renta recaudada, en la solidaridad con los damnificados de las catástrofes después de la primera emergencia o en que las relaciones laborales sean justas. Esta crisis que estamos viviendo y las muchas más que viviremos nos dicen que la dimensión ética de las empresas y de los bancos no se mide por la cantidad que destinan a donaciones filantrópicas, sino por la corrección en todas sus actividades. No nos resignemos a una cultura que está transformando los valores en el “chupito” al final de una comida opípara, agradable pero no esencial para vivir. La ética no es el chupito y ni siquiera el primer plato. Es más bien la manera de preparar, cocinar y servir la comida. Es la calidad de las relaciones durante la comida, la atención para con quienes no comen con nosotros o no comen en absoluto porque se han quedado excluidos de nuestros opulentos banquetes. Si nos olvidamos de todo esto, muy pronto los valores se convertirán en simples mercancías que cualquiera puede comprar por poco dinero y consumir según sus preferencias en una especie de “ética de puntos” con sus respectivos cursos de recuperación. CÓMO NO SALIR DE LA CRISIS Ustedes me perdonarán el tono socarrón, pero les quiero señalar algunas pautas que debemos seguir si lo que realmente queremos es no salir de la crisis. Veamos. Primera: no hacer nada y esperar que pase el chaparrón. Al estar en un mundo globalizado, la economía mundial es como una red que abarca todo, envolviendo empresas y países de forma que, si los demás salen de la crisis (tiran de la red hacia arriba), aunque nosotros no hagamos nada acabaremos saliendo también. Eso sí, estaremos en peor situación y saldremos de la crisis más tarde. El presidente del Eurogrupo, el primer ministro luxemburgués Jean Claude Juncker, aseguraba a finales de septiembre de 2009 que Europa está empezando a salir de la crisis. Segunda: incrementar el gasto público. Cuando el dinero escasea y los ingresos disminuyen parece elemental que hay que gastar menos (apretarse el cinturón). Pero si gastamos más, lo que conseguimos es que el “agujero” sea mayor, y esto vale para las familias, para las empresas y para los estados. Los estados financian el incremento de gasto con mayor deuda, pero la deuda, antes o después, hay que devolverla... con intereses. Como decía Keynes, la expansión del gasto público puede servir para reactivar la economía… pero eso dependerá de en qué se emplee dicho gasto público. Tercera: subir los impuestos. Incrementar los impuestos sobre los ingresos (IRPF e Impuesto de Sociedades) no tiene sentido, porque esos ingresos están bajando. Aumentar los impuestos sobre el consumo (como el IVA) tampoco tiene sentido, porque produce en el comprador final el mismo efecto que una subida de precios (inflación) en una situación de depresión de la economía (estancamiento). Esto es, provoca la temida “estanflación” de forma artificial, haciendo que disminuya el consumo, cuando lo que hace falta es un incremento del consumo que impulse la producción. Además traslada recursos desde los particulares (ahorradores) y las empresas (creadoras de empleo) hacia las administraciones (generadoras de gasto), reduciendo así la capacidad de la sociedad de recuperarse económicamente. Esto es lo que opinan en Alemania y Angela Merkel ha anunciado una reducción impositiva. Cuarta: las prestaciones sociales. Son una cuestión importante, ya que por una parte hay que mantener la ayuda a familias y personas que pasan necesidad, ampliando las prestaciones sociales si es el caso; pero por otro lado, la disminución de ingresos en las arcas públicas no anima a incrementar el gasto en medidas paliativas. Tal vez lo adecuado sería dirigir el esfuerzo social hacia las familias en las que ningún miembro percibe ingresos, las personas mayores de 45 años o las de difícil inserción laboral. Pagar más a todos los desempleados no es precisamente una forma de controlar el gasto público. Quinta: las inversiones. Ahora más que nunca las inversiones son fundamentales. Defino inversiones como aquel gasto que se destina a obtener futuros ingresos: mejorar redes de transporte, de comunicaciones, mejorar servicios, invertir en sistemas informáticos, en maquinaria e instalaciones, aumentar los niveles de formación y capacitación… En definitiva, aumentar la productividad nos permitirá ser competitivos en un futuro próximo y generar recursos que nos faciliten la salida de la crisis. Si no queremos salir de la crisis debemos gastar y no invertir. Sexta: las subvenciones. Son uno de los males de nuestro tiempo. Si una actividad no es competitiva, habrá que abandonarla y dedicarse a otra que sí lo sea. Las subvenciones deben ser el lubricante que permita pasar de una actividad a otra de la forma menos traumática posible, pero no una forma de mantener indefinidamente una producción no rentable. Por poner un ejemplo, si los fabricantes de carretas hubiesen recibido las subvenciones que hoy reciben otros sectores de la economía, posiblemente los automóviles no se habrían podido desarrollar y seguiríamos circulando en carretas. Séptima: los despidos. En el caso español, los niveles de paro se han disparado hasta límites insospechados. Con este panorama, pretender que la legislación laboral es la correcta es engañarse. A todos nos gusta estar protegidos por el colchón de los 45 días por año trabajado en caso de despido, pero tal vez al que se encuentra en paro no le importaría tener un colchón inferior si eso le permite volver a trabajar. Las empresas, que conocen de sobra el coste de un despido, en estos momentos no se plantean contratar personal que pueda suponer una carga en un futuro próximo si los planes de desarrollo no salen según lo esperado. Si la carga es menor, se facilita a la empresa la contratación de personal, porque el riesgo que asume es inferior. Facilitar el despido, por chocante que resulte, supone también facilitar la contratación. Reducciones temporales en las cargas sociales (seguridad social a pagar por la empresa, por ejemplo) pueden redundar en una mayor contratación y una disminución del paro. Y cuanto más aumente el paro, mayor es el riesgo de fractura social. Huelgas, robos y violencia social van íntimamente ligados a niveles altos de desempleo. El gobierno prevé 300.000 parados más en 2010. Finalmente, los sectores estratégicos no deben lastrar la economía de un país y menos en momentos de crisis. Mantener una energía cara y subvencionada como la eólica o el carbón extraído de las profundidades supone mayores costes de producción para todos los sectores industriales (la electricidad, materia prima básica en los procesos industriales, es más cara). Parece más inteligente aumentar la producción de electricidad basada en centrales nucleares que comprar la electricidad generada en centrales nucleares de los países vecinos, sobre todo si además de comprarles la electricidad estamos obligados a comprarles los residuos nucleares que generan. Por otra parte, cumplir con el protocolo de Kioto sobre el cambio climático reduciendo las emisiones de gases no es posible con centrales térmicas convencionales. El propio ex presidente del gobierno español y coordinador del comité de sabios de la UE, Felipe González, augura una crisis energética y avisa de que España se convertirá en una isla sin nucleares. Pero si lo que queremos es no salir de la crisis, debemos seguir fomentando las centrales térmicas basadas en consumo de carbón nacional. En definitiva, tal y como indicaba al inicio, saldremos de la crisis gracias a, o a pesar de, las medidas que tomen nuestros políticos. De hecho, el presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, ha augurado que en 2010 comenzará la recuperación. Pero sería conveniente que no fuéramos los últimos en salir, porque luego recuperar puestos no es nada fácil. Una economía competitiva puede soportar crisis y salir adelante, pero la técnica del avestruz, esconder la cabeza y esperar a que pase todo, es lo peor que podemos hacer. En tiempos difíciles es cuando los mejores deben dar lo mejor de sí mismos. Luis Velasco *) El autor de este artículo agradecería mucho conocer su opinión sobre el tema. Escríbale a revista@ciudadnueva.com


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