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Diciembre - 2009


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África en el centro

Pablo Lóriga


Este continente puede por fin tomar la palabra y hablar de sí mismo en el Sínodo de los Obispos. Mucho más que un acontecimiento eclesial.

¿Cansado de África? Se entiende. Hablamos o escribimos de ella sólo para señalar sus aspectos negativos o catastróficos, y desde una óptica exclusivamente occidental, condicionada por intereses económicos y políticos. ¡¿Qué le va a enseñar África a los ricos del planeta?! ¡Nosotros, que tenemos cultura y progreso! Raramente, muy raramente, es África la que habla o es invitada a tomar la palabra, y que los demás la escuchen con esa atención de quien quiere entender de verdad y hacerse cercano, aprender y tratar de entrar en su mundo. El caso es que nadie recuerda que África haya encabezado la agenda de la ONU o la del Banco Mundial o la de la Organización Mundial del Comercio… Precisamente por eso rompe la tendencia y suena como un potente despertador el hecho de que haya habido un foro que ha puesto a África en el centro, que haya dado la palabra a sus hijos, que haya afrontado el presente y escrutado el futuro de este continente. Y no ha durado sólo una semana, sino un tiempo desmesurado para las prisas de Occidente: ¡tres semanas! Por eso, el sínodo (244 personas) que tuvo lugar en el Vaticano del 4 al 25 de octubre es digno de la máxima atención, aunque los principales medios de comunicación no se la hayan prestado. Un sínodo es asunto principalmente de obispos, pero ojo con considerarlo un hecho meramente eclesial. Más bien constituye un evento cultural y civil de una gran relevancia política (en el noble sentido de la palabra), que no sólo atañe a los creyentes de África, sino a los pensadores de cualquier latitud. Es muy significativo que en la apertura, Benedicto XVI subrayase el «patrimonio espiritual y cultural del que la humanidad tiene necesidad». Mirada atenta Sorprende el rigor con que África habla de sí misma, y se puede ver en el Instrumentum laboris que ha guiado la reflexión de las comunidades católicas del continente. Hablando de muchos hombres de gobierno, dice que «el egoísmo alimenta la atracción por el dinero, la corrupción y la avaricia, empujando a la sustracción indebida de bienes y riquezas destinados a poblaciones enteras». Y aún más: «La sed de poder provoca el desprecio de todas las reglas elementales de buen gobierno, se aprovecha de la ignorancia de los pueblos y manipula las diferencias políticas, étnicas, tribales y religiosas». Occidente no es ajeno a esto, ni tampoco China: «En connivencia con hombres y mujeres del continente africano, fuerzas multinacionales fomentan las guerras para vender armas», «apoyan a los poderes políticos que no respetan los derechos humanos ni los principios democráticos para asegurarse ventajas económicas». Por último, «los programas de reestructuración de las economías africanas que proponen las grandes instituciones financieras internacionales han resultado funestos». En definitiva, «las sociedades africanas son en parte responsables y en parte víctimas». Análisis severo Análoga severidad se aprecia en el análisis de la vida de la Iglesia africana: «En algunas comunidades africanas se pueden constatar divisiones étnicas y tribales, regionales o nacionales, así como actitudes e intenciones xenófobas en algunos pastores». Y no quedan silenciadas «situaciones de discordia entre algunos obispos y sus presbíteros», ni que «la administración de los bienes de la Iglesia (...) a veces adolece de transparencia», ni tampoco el que «en una misma conferencia episcopal se infiltran tomas de posición de algunos obispos a favor de un determinado partido político». En la Iglesia las mujeres «están reducidas a un rango inferior» y en la sociedad es «víctima de las disposiciones en materia de herencias y de los ritos tradicionales de viudedad, de la mutilación sexual, del matrimonio forzado y de la poligamia». Ante unos retos de tal envergadura, el compromiso de las Iglesias locales se centra, según este texto redactado por exponentes de la Iglesia africana y revisado por Benedicto XVI, en «reconstruir la comunión, la unidad y la fraternidad episcopal y sacerdotal» y en «promover la formación de sacerdotes y religiosos deseosos de ser signos y testigos del Reino». Una consideración especial para «los laicos de sólida fe», llamados a «actuar en política para estimular el vivir juntos las diferencias de la sociedad». Otro capítulo habla del diálogo. El de carácter ecuménico ha de ser «mayormente estimulado», sobre todo porque está en marcha «una violenta agresión por parte de las sectas cristianas, instrumentalizadas por los políticos». Y en cuanto al Islam, «la convivencia es sana y buena en algunos lugares, en cambio en otros la desconfianza por ambas partes impide un diálogo sereno», y en otros sitios «la intolerancia de ciertos grupos islámicos genera hostilidad». El reto de la enculturación En cuanto a la religión tradicional, se sugiere hacer «un estudio benévolo de esta religión y de la cultura que origina, a fin de identificar los elementos buenos y nobles que el cristianismo puede adoptar, purificando esos otros que considera incompatibles con el Evangelio». Es evidente la necesidad de echar raíces culturales. Es decir, el gran reto es la enculturación. Por un lado, y debido a la globalización, «la sociedades africanas constatan con impotencia la disgregación de su cultura», y con ello la progresiva pérdida de los «auténticos valores africanos del respeto a los ancianos, de la mujer como madre, de la cultura de la solidaridad, de la ayuda mutua y la hospitalidad, de la unidad, de la vida, de la honestidad, de la palabra dada». La Iglesia puede «formar cristianos auténticos sólo si toma en serio la enculturación del mensaje evangélico». Hasta ahora el perfil de la Iglesia en África ha sido eminentemente misionero, y a veces sustancialmente clerical, donde el sacerdote lo gobierna todo. Esta orientación cuadra bien con las culturas locales, pero la enculturación desenmascara un error que condiciona el anuncio misionero: se sigue mostrando que existe una sola cultura auténtica, la europea, que asegura la transmisión del Evangelio y garantiza la salvación. Sin embargo, no hay culturas nobles y culturas primitivas, sino que todas tienen la misma dignidad. Así pues, es un imperativo valorar las características de la cultura africana que ya sintonizan con el Evangelio. El riesgo que corre la Iglesia en África es que el hecho de optar por la fe sea para muchas personas una adhesión a una propuesta religiosa y cultural extraña a su mundo. Por eso se espera mucho de las conclusiones de este Sínodo. MANOS UNIDAS EN EL SÍNODO Myriam García Abrisqueta, presidenta de Manos Unidas y miembro del Consejo Pontificio Cor Umum, se contaba entre los 50 auditores de este segundo Sínodo sobre África. Ha sido una de los 9 que no representaban a países africanos, una de las 21 mujeres y una de los 33 laicos. –Su presencia en el sínodo suponía llevarse bajo el brazo los 50 años de historia de Manos Unidas. ¿Es quizás un reconocimiento de la labor de la ONG en el continente africano? –Cuando recibí la invitación del Papa para asistir al sínodo como presidenta de Manos Unidas en calidad de auditora externa, me planteé que, aunque para la organización era un verdadero honor poder participar en una reunión de semejante nivel, quizá yo no iba a estar a la altura de las circunstancias. Me preguntaba: ¿qué puedo yo aportar aquí? La respuesta la encontré pronto. En el momento en que empezaron las intervenciones de los padres sinodales y los debates, cuando oí hablar de pobreza, de educación, de injusticias, de reconciliación, del papel de la mujer… supe que la invitación tenía un porqué. Los cincuenta años de trabajo de Manos Unidas y su trayectoria de apoyo al más necesitado fueron el mejor de los bagajes. Durante el Sínodo, me emocionó recibir felicitaciones y muestras de reconocimiento al trabajo realizado. No en vano, Manos Unidas lleva décadas trabajando en África. Y nuestra colaboración llega a los lugares más remotos del continente. De hecho, África es un continente preferente para nosotros. El año pasado, del total de 774 proyecto, 305 fueron en África, por un importe total de casi 17 millones de euros. –A nivel personal, ¿qué ha significado para usted participar como auditora? –La experiencia ha sido intensa, profunda y enormemente enriquecedora. Para mí fue un verdadero orgullo el hecho de llegar a “perder” mi nombre para adoptar el de la institución que presido. Dejé de ser Myriam para llamarme Manos Unidas y eso, créame, ha sido un gran honor y una gran alegría. Creo que fue un reconocimiento a la labor de tantas personas en favor de la reconciliación, la justicia y la paz. –Parece que los obispos africanos han sido bastante serios al hablar de sus países y de la Iglesia que representan. ¿Ha tenido esa impresión? –Sí, claro. Aunque la Iglesia de África es joven y está llena de vitalidad y esperanza, conoce muy bien cuáles son los males que afligen a nuestro continente vecino. La Iglesia africana, que ha estado y está al lado del pueblo ofreciendo testimonio de justicia, perdón, paz y reconciliación y acompañando los procesos de desarrollo, sabe que los retos a los que se enfrentan son enormes: mantener sus valores tradicionales sin ceder al consumismo, al sinsentido y a contravalores que amenazan la vida; atender a la población más débil; poner freno a la corrupción, que es grande en algunos países; avanzar hacia una mejor formación de sus gentes en asuntos de salud o de participación política; dialogar con el mundo musulmán; superar las secuelas que perviven de la etapa colonial; impulsar el papel de las mujeres; profundizar en los conflictos interétnicos; fomentar iniciativas de paz; dar más solidez a las instituciones específicamente africanas... Y ésos son asuntos para tomarse muy, muy en serio. –Habitualmente se piensa en África como esa pobre gente a la que hay que ayudar. Por lo que ha oído en este sínodo, ¿qué pueden darnos los africanos? –¿Que qué puede darnos África a nosotros? Tantas y tantas cosas. África puede darnos grandes lecciones de humildad a los países de occidente, tan sobrados de soberbia. África nos ofrece cada día ejemplos de superación ante la adversidad. África nos enseña que la familia sigue siendo lo más importante y que los mayores son merecedores de respeto y atención. África nos da simpatía y calor, y cultura, belleza, ritmo… África nos ofrece imágenes impactantes, flora y fauna desconocidas, turismo, grandiosidad… Y nos deleita con atardeceres como no se ven en ningún otro lugar del mundo. África nos da grandes escritores, premios Nobel, deportistas, músicos. África nos muestra mujeres valientes y tenaces. Y llena el mundo con la esperanza que le da la juventud de su población. Y enumerando, podría estar horas. Javier Rubio ÁFRICA, PULMÓN ESPIRITUAL DE LA HUMANIDAD Invitados por el Movimiento de los Focolares y la Comunidad de San Egidio, algunos participantes en el sínodo asistieron a un carrusel de testimonios sobre reconciliación y desarrollo, lucha contra la corrupción y contra el sida. Hablando de Fontem (Camerún), la Dra. Mary Ategwa dijo: «Han disminuido los procesos en los tribunales y los divorcios. Hay más diálogo en las familias. Las mujeres que venden en el mercado se niegan a engañar a los clientes... Es el fruto de la nueva evangelización, cuyos primeros protagonistas son los reyes, llamados fon, y los jefes de las aldeas». Todo partió del «solemne pacto de amor que hizo Chiara Lubich en el año 2000 con dos jefes de tribu». A ese pacto se sumaron miles de personas y al cabo de nueve años ha llegado a otras tribus. Una pareja de Rwanda, padres de 8 hijos (4 adoptados), mostró cuadros de vida cotidiana contracorriente, destacando la nueva consideración de la cónyuge en la familia. Por su parte, un joven keniata, John Kimani, resaltó pequeños episodios, como renunciar a un puesto de trabajo ventajoso en favor de un amigo, que son grandes porque desencadenan consecuencias positivas. Y a modo de respuesta a la necesidad de una mayor formación espiritual de los sacerdotes (estamos en el Año Sacerdotal), el burundés Innocent Thibaut habló de seminaristas de diferentes etnias que supieron afrontar el martirio con tal de no traicionar a los amigos. La Comunidad de San Egidio presentó su experiencia de diálogo, escucha, amistad con los pobres como método para mediar en los conflictos. El testimonio de Mario Giro recordó la pacificación en Mozambique. Y en cuanto al SIDA, una de las llagas del continente, también la amistad resulta un principio de sanación, pues favorece la ayuda material y la prevención. De esto habló Kpakilé Felemou, responsable de programa Dream en Guinea Conakry. 158 MILLONES DE CATÓLICOS Un sínodo se desarrolla tanto en su asamblea plenaria como en los grupos de trabajo, encargados de elaborar propuestas que se votan al final. Las propuestas aprobadas se le entregan al Papa quien a partir de ellas elabora una exhortación postsinodal. El primer sínodo especial sobre África fue en 1994. Sus conclusiones las recogió Juan Pablo II en la exhortación Ecclesia in Africa (1995). A lo largo de estos quince años el contexto político africano ha cambiado tanto que requería esta segunda asamblea, cuyo tema ha sido: «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz», mientras que la primera vez versó sobre la evangelización. Los católicos del continente son 158 millones, el 17% de la población. Si se mantiene la tendencia, dentro de 25 años África superará a Europa en número de católicos. Hay 638 obispos, 33.000 sacerdotes (25.000 en 1997), 24.000 seminaristas mayores y 48.000 menores, y casi 61.000 religiosas.


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