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Noviembre - 2009


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Amistades virtuales

Julio Márquez


Muchas horas delante del ordenador. Ninguna privacidad en la red. Nuevas formas de socialización. Luego se vuelve al mundo real…

Pregunto: «¿Por qué entras en Facebook?». «Para ver si me ha buscado alguien y para saber qué están haciendo mis amigos en este momento. Además, voy a subir una foto mía de hace poco en la que salgo muy bien y voy a decirles que voy a ir al cine con mi chico», responde la muchacha, “alucinada” por el hecho de que los motivos no sean evidentes para mí... De hecho, a quienes no pasan muchas horas delante del ordenador –ya sea “chateando” (conversando, vaya) o intercambiando fotos y vídeos con otros internautas mientras escuchan música por los auriculares– les cuesta entender este extraño mundo. Siempre conectado, superficial, pero interactivo: un mundo en el que se hacen varias cosas a la vez y, sobre todo, se renuncia a la privacidad “gritando” a los cuatro vientos el nombre, la fecha de nacimiento, fotos, intereses, vídeos, música favorita, actividades, inclinaciones, habilidades, preferencias, sueños, situación sentimental, desilusiones, esperanzas; un mundo en el que se intenta dar una imagen de uno mismo (un perfil) mejor que la de la vida real. Se llaman redes sociales y son el fenómeno del momento en internet. Todos hablan de ellas y quieren estar ahí. Los que no están son trogloditas prehistóricos, inexorablemente excluidos de las novedades que avanzan, frescas y socialmente irresistibles. Imaginémonos una plaza tan grande como el mundo en la que todos viven en escaparates a la vista de los viandantes; una especie de “Gran hermano” de todos con todos. Bueno, no con todos: normalmente es posible permitir el acceso al escaparate sólo a los “amigos”. Ahí está, ésa es la palabra mágica: amigos. Cuantos más tengas, mejor. Pero cuidado, amigo lo puede ser cualquiera, incluso gente que conoces poco o nada y que simplemente te manda un mensaje en el que te pide serlo. Abajo el mundo real Estas redes sociales, pues, implican gran apertura a nuevos conocimientos y experiencias, rapidez de comunicación, fácil participación en debates y movimientos de opinión, posibilidad de restablecer contactos con antiguos amigos y de establecer nuevos contactos profesionales... Pero también implican poca reflexión crítica, narcisismo a la máxima potencia, riesgo de toparse con malintencionados, poner a la vista de todos costumbres y opciones personales. Muy pocos chicos y chicas entre 12 y 18 años saben que las “huellas” que dejan en la red se quedan ahí para siempre, incluidos los vídeos “tontos” subidos desde el móvil, los blogs “violentos” o las fotos que se preferiría no haber hecho nunca. Con internet es difícil cambiar de vida, olvidar (y que los demás olviden) los errores cometidos en la juventud. Pero este peligro no detiene a los jóvenes, que viven con entusiasmo y naturalidad en el mundo virtual, donde todo es posible. En Estados Unidos, el 85% de los usuarios de Facebook –el sitio más en boga del momento– son estudiantes. Las nuevas generaciones están todas ahí, conectadas. Pero hay también miles de sitios más: para madres, para ancianos, para profesionales… Cada grupo tiene el suyo. Los decepcionados –que ya los hay– consideran que las comunidades de la red son débiles, que se basan en una intimidad artificial y en el espejismo de unas relaciones humanas que enmascaran un vacío existencial. Es decir, que los factores de exclusión son más que los de integración. Un mundo irreal, infantil, en el que no se muere nunca ni se madura experimentando la precariedad de la existencia. Por su parte, los entusiastas aducen que en el mundo virtual todos parecemos más humanos, se navega más para dar que para recibir; el día se colorea con sorpresas, novedades y contactos inesperados; la gente vuelve a invertir en relaciones humanas; se descubre que mucha gente tiene nuestros mismos intereses y se toma conciencia de su presencia continua en nuestra vida. En resumen, según ellos la amistad y la distracción ya sólo se encuentran en la red y ¡abajo el mundo real! Necesidad de compartir Probablemente, ambos grupos tienen razón. De hecho, las nuevas formas de establecer relaciones sociales virtualmente no excluyen a las tradicionales, las complementan. Por lo tanto, si una persona es equilibrada humana, psicológica y espiritualmente y lleva una vida social y profesional rica, puede beneficiarse de estos medios para desarrollar aún más su personalidad. Si por el contrario, todavía no está formada o le falta equilibrio, el peligro de agotar sus energías “relacionales” sólo en el mundo virtual es grande. No por nada se están empezando a estudiar nuevas enfermedades (ver recuadro). En cualquier caso, el fenómeno surge de la base, como si fueran las necesidades de las personas las que moldean la tecnología y no viceversa. Tal vez indica también una tendencia, una orientación determinada. Para los que observan el mundo de Facebook y Twitter, otra red social de moda, lo más curioso e inesperado es el llamado microblogging, es decir, el intercambio continuo de información sobre lo que se está haciendo en el día: «Estoy estudiando», «me estoy lavando los dientes», «me voy de compras», «me he peleado con mi mujer», «mi perro quiere salir a la calle», «estoy triste porque nadie se acuerda de mí», «estoy en una reunión aburridísima»… Se escriben mensajes breves, que los “amigos” reciben inmediatamente, sobre las acciones que se realizan para que estén informados hasta en los pormenores de nuestra vida diaria. Y viceversa. ¿Se trata de una obsesión superficial y alienante por la vida de provincias, donde todos saben todo de todos? Tal vez. ¿Una nueva forma de conocerse a sí mismo a través del espejo de los demás? Puede ser. Sin duda, también hay una gran necesidad de compartir, necesidad o gusto de vivir al ritmo de los amigos. Hay que probarlo para experimentar su impacto psicológico. ¿Y qué pasará el día de mañana cuando estemos conectados las 24 horas del día mediante un chip (micro-ordenador) implantado en el cerebro? Mejor no hacer previsiones fantasiosas; muy pronto el futuro nos dará la respuesta. Al parecer, la historia de la familia humana nos reserva todavía bastantes sorpresas. Homo virtualis «Tengo muchas amigas en el mundo virtual, pero ninguna en el real». Causa impresión esta afirmación de una quinceañera, considerando que el cerebro humano se forma en los primeros veinte años de vida. Si los jóvenes y sobre todo los adolescentes pasan las horas más estimulantes en el mundo virtual en vez del mundo real, probablemente el cerebro se formará como si lo virtual fuese real, predisponiendo en consecuencia su psicología, sensibilidad y reacciones. Ya hay grupos de jóvenes que entran berreando en el autobús que, más que maleducados, parecen personajes de un videojuego. El peligro es que vivan como inadaptados en el mundo real (¡todavía tenemos cuerpo!) y en la relación con las personas de carne y hueso, toda vez que establecer vínculos estrechos requiere (todavía) un contacto directo. Quién sabe, tal vez los padres (las viejas generaciones) acabarán alimentando los cuerpos de los hijos que vagarán como zombis por la casa y que se reanimarán sólo cuando vuelvan al mundo virtual. O tal vez el problema es sobre todo de los adultos, que no saben vivir en los dos mundos con naturalidad. De todas formas, el homo virtualis ya está en medio de nosotros; basta con observar a los jóvenes “ensimismados” con el ordenador. Depende de los adultos ayudarlos a que se formen y se afiancen primero en el mundo real y después en el virtual, no viceversa. Por eso, además de videojuegos y móviles, es mejor hacer regalos tradicionales, como raquetas de ping pong, balones (de verdad, de cuero), guitarras (de verdad) y abonos para la piscina, para campos de fútbol sala o para bailes de grupo. Todo muy bueno para la salud, mental y física. AUTISMO INFORMÁTICO El profesor Mounir Farag, de nacionalidad egipcia, es uno de los invitados a la próxima edición del congreso Católicos y Vida Pública, que se celebrará a finales de este mes. Trabaja en la Oficina para el Desarrollo de Sistemas Sanitarios de la Organización Mundial de la Salud, es miembro de la Academia Pontificia para la Vida y fundador del Instituto San José para la Familia y la Bioética de El Cairo. –¿Demasiadas horas delante del ordenador? –Ahora se empieza desde pequeños a pasar muchas horas delante del ordenador, cada cual solo en su habitación jugando, estudiando, chateando, etc. A veces los padres tampoco están en casa a la hora de comer porque están trabajando fuera, y los niños crecen creándose su propio mundo, aislados de la realidad, sin diálogo y sin relaciones personales, sólo virtuales. –¿Por qué prefieren el ordenador? –Delante del ordenador se sienten satisfechos: ordenan, deciden, pueden hacer lo que quieran. En cambio, las clases les parecen una pérdida de tiempo y relacionarse con los demás niños les resulta cansado; así que renuncian a la actividad física, al deporte, a las relaciones personales, etc. En consecuencia, los demás los excluyen y entonces prefieren volver con más frecuencia a su mundo virtual por miedo de la realidad. Esto se agrava sobre todo en la adolescencia, una edad en la que tendrían que descubrir lo positivo de estar con los demás y formarse correctamente a la socialidad. –¿Cuáles son las consecuencias? –Los efectos se descubren luego, cuando llegan a los 30 años o cuando se casan. He tenido este caso con un matrimonio joven. Ella era muy tímida, hablaba poco con su marido y sentía vergüenza. En cambio, cuando entraba en el mundo virtual, en el que todo es posible y en el que había crecido, hacía cosas inesperadas en ella: chateaba con cualquiera incluso sobre sexualidad, publicaba sus fotos, se mostraba de lo más desenvuelta. Al cabo de un año se separaron. Son enfermedades nuevas para la medicina y para la psicología; hace 30 años no existían. Prácticamente las personas se convierten en autistas, pero no por enfermedad, sino por el uso incorrecto de estos nuevos medios, que de por sí son muy positivos. –¿Consejos para los padres? –No hay una edad “adecuada” para decir éste es el momento de comprarle un ordenador o un móvil a nuestro hijo. Hay que ver las cosas en su conjunto, considerar otros factores: si tiene hermanos o hermanas, si tiende a aislarse, si se integra bien en los grupos… Por ejemplo, si al chico le gusta mucho la televisión desde pequeño, después de toda la violencia que ha absorbido, tal vez es mejor no facilitarle demasiado pronto un ordenador o un móvil. No tiene sentido decir que su hermano ya tenía un móvil a esa edad. Cada chico es distinto, incluso los gemelos. –Hay que estar con ellos… –Lo principal es precisamente eso: padres, estad con ellos, no les compréis un ordenador o una play station para dejarlos solos; jugar con ellos no es una pérdida de tiempo. Y como adultos, dad el ejemplo de autolimitaros en el uso de estos medios. Los que desconocen estos temas, deben informarse, hablar con otros padres y con expertos. No hay que rendirse nunca. BREVE TEST DE AUTOEVALUACIÓN - Si entro en tu habitación mientras estás enfrascado en el ordenador y te das cuenta de mi presencia, ¿te das la vuelta y me hablas (a) o no (b)? - Si mientras te estoy hablando de cosas importantes suena tu móvil, ¿lo apagas y sigues escuchándome (a) o contestas (b)? - ¿En casa contestas al fijo (a) o sólo al móvil (b)? - ¿Te gusta jugar con los videojuegos solo (b) o con otros (a)? - ¿En una semana pasas más tiempo paseando con amigos, leyendo un libro y haciendo deporte (a) o delante del ordenador (b)? Si las respuestas de tipo (b) son más que las de tipo (a), tal vez te convenga pararte, quedar con un amigo/a (real) y salir de casa.


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