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Agosto - 2007


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Dispares, afortunadamente

Antonio María Baggio


Una superficial igualdad está escondiendo las enormes diferencias que vive nuestra sociedad. Para salvaguardar la seguridad se sacrifica la libertad. Hay buenos motivos para hacer una revolución o al menos intentarlo.

La rebelión en mi familia había llegado a ser incontrolable, aunque a mí me seguía pareciendo incomprensible. Mis hijos (mejor no mencionar a mi esposa) ya lo habían intentado todo para convencerme. Pero yo seguía -y sigo- erre que erre: en caso de tener tiempo libre, seguro que es más entretenido mirar el tambor de la lavadora y su arte involuntario mezclando la ropa de color, que sentarse delante del televisor. Además, nuestro televisor funcionaba perfectamente: sólo era cuestión de conformarse con su buen sonido. No me molestaba ese tono verdoso que tenían todas las caras, hasta las del telediario, aunque no fuesen películas de marcianos. Pero mis argumentos empezaron a peligrar cuando salían los políticos... ¡todos verdes! Parecía que todos estuvieran enfermos del hígado por una epidemia en el Parlamento. Por no hablar del negro de Los rangers de Texas. Eso sí que no sabía cómo explicarlo. Ante tal problema, me dejé convencer para ir al centro comercial más cercano con el fin de cambiar nuestro televisor después de diez años de honroso servicio. La verdad es que procuré por todos los medios dirigirme a la tienda de animales, pero no hubo forma. Enseguida me di cuenta de que estábamos entre los seguidores de un nuevo culto: el culto al dios digital. Aquel gran espacio -imitación postmoderna de una basílica- estaba lleno de parejas, muchas de ellas con niños pequeños. Aquellos núcleos familiares de devotos se paseaban muy serios por los pasillos que exponían los nuevos modelos de televisores extraplanos. El precio de algunos podía compararse al de los más caros de los viejos televisores que yo conocía, pero la mayoría tenía un precio desorbitado, justificable sólo por idolatría. Las caras reflejaban preocupación y el tormento de estar calculando los plazos y lo poco que iba a quedar para sobrevivir. Pero la gente compraba y se apoderaba de esos aparatos como si estuviera pagando un rescate o logrando emanciparse. Y los miembros de aquellas pequeñas familias salían más unidos después de haber sido... salvados, más que complacidos, diría yo. En un rincón del local estaban en liquidación, por dos duros, los viejos televisores de tubo catódico de siempre, anchos y pesados. Y yo, que no estoy dispuesto a empeñar un riñón para admirar a Lorenzo Milá a tamaño natural, me dirigí precisamente hacia éstos. Y en medio de una general desaprobación, salimos mi mujer y yo sosteniendo una enorme caja. Era evidente, al menos para mí, que aquellas familias estaban haciendo "algo más" que comprar un simple electrodoméstico. Muchas de ellas se embarcaban en estrecheces económicas con tal de no sentirse desplazadas o inferiores con respecto a los símbolos del consumo, con tal de no perder su "paridad" con respecto a los demás. Esa paridad no tiene nada que ver con la verdadera "igualdad"; es en realidad un parecido superficial de tipo imitativo, que tiene que ver con el consumo generalizado y los símbolos de estatus social, debido a los cuales, por ejemplo, muchas personas visten la misma ropa y usan los mismos electrodomésticos, aunque se diferencien profundamente por sus posibilidades de optar a las cosas importantes, como poder estudiar, comprar una casa o tener asistencia sanitaria... Una evidente paridad en lo superficial esconde la desigualdad en lo necesario. Hace mucho que pasó la época en que hablar de igualdad significaba algo sustancial y social, algo que se vivía incluso de forma pública y que, desde luego, no tenía nada que ver con la penumbra televisiva de una sala de estar. Sin duda ha habido un gran cambio en los grandes principios universales, que se han visto modificados y alterados, como si con ello se quisiese cambiar la perspectiva de la cultura personal, social y política, pero sin previo aviso. De hecho, la sociedad contemporánea tiene una enorme capacidad de transformación que influye profundamente en el orden del pensamiento. Quiero decir que sabe producir nuevos "trípticos", como lo fue en su momento aquel que proclamaba "libertad, igualdad y fraternidad" durante la Revolución Francesa. Sólo que, en lugar de esa clásica síntesis de valores universales, hoy se forman inéditas combinaciones de principios de acción que, aun cuando no se presentan como pensamiento "oficial" ni desarrollan una ideología explícita, sin embargo se convierten en verdaderos principios prácticos que orientan las decisiones de la gente en su vida cotidiana. Y así, las transformaciones se dan en nuestra sociedad sin que nadie nos avise, sin que se pongan carteles o se den instrucciones. Estamos inmersos en un ambiente distinto a aquel en que nacimos y distinto a aquel en que tomamos nuestras decisiones más importantes. Los significados de las cosas cambian y la sociedad toma un rumbo distinto, como si se tratase de un gran barco que vira dulcemente sobre el agua mientras sus pasajeros, ajenos a ello, están pendientes de otras cosas. Precisamente de estos "deslizamientos" de significados se ha ocupado el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Hace poco, analizando precisamente el "tríptico" de 1789, subrayaba que éste contiene la declaración esencial de una filosofía de vida (...). La felicidad es un derecho humano y la búsqueda de la felicidad es una propensión humana universal (...). Y para alcanzar la felicidad los seres humanos tenían que ser libres, iguales y fraternos». Para Bauman, el tríptico expresaba la convicción de que la felicidad, aun refiriéndose esencialmente a la vida personal, tenía una enorme relación con las condiciones sociales más favorables para que los individuos la lograran. La felicidad, por tanto, se entendía como fruto de una búsqueda personal, pero tenía que ver también con el espacio público: se sobreentiende con ello que no es posible ser feliz individualmente dentro de una sociedad infeliz. Según Bauman, aquel tríptico revolucionario ha sido cambiado por otro cuyo objetivo, tanto individual como socialmente, sigue siendo el mismo (búsqueda de la felicidad), pero la fórmula que hoy se impone se podría expresar con los términos de "seguridad" (en lugar de libertad), "paridad" (en lugar de igualdad) y "red" (en lugar de fraternidad). Ya hemos hablado de cómo la paridad sustituye a la igualdad. Con respecto al primer principio, un número cada vez mayor de personas de los países desarrollados piden hoy más seguridad (de orden público, de trabajo, de futuro...) y a cambio están dispuestas a renunciar a una parte de su libertad. La "red", de por sí, es algo positivo, ya que indica relación y comunicación. Pero también podríamos entenderla negativamente si se vive como la posibilidad que hoy ofrece la tecnología a cada individuo para construir (por ejemplo mediante internet) un conjunto de conexiones y relaciones virtuales que están completamente a merced del sujeto que las elige. No hay en ello relación con una realidad que oponga resistencia, no hay una verdadera relación con el otro (alteridad real) ya que, si el individuo se molesta, apaga y ya está. De modo que, si entendemos la red de esta forma, se convierte en una simple prolongación del yo que sustituye a la verdadera relación humana. Entre los muchos aspectos que dicha sustitución ofrece a este análisis, subrayo sólo uno: que el paso desde un tríptico al otro equivale al paso desde una concepción de la vida y de la persona a otra. De dar valor a la dimensión pública hemos pasado a una concepción en la que lo "personal" se reduce a la dimensión privada, distorsionando así el concepto mismo de persona. Así pues, tener como referencia el "tríptico" tradicional asume el significado de "desmarcarse" de una paridad falsa, mirar más allá y cuestionarse si no es oportuno lanzarse a la reconquista del espacio público, siendo fraternos y dispares.


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