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Octubre - 2009


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Islam medieval: Estrellas, números, poesía...

Miguel Galván


El atractivo misterioso de Omar Jayyam, genio polifacético al que todavía hoy cuesta darle una interpretación definitiva.

Se oye hablar a menudo de Irán en los medios de comunicación, de sus líderes y de sus políticas discutibles, pero en general olvidamos que este pueblo, conocido como persa en otros tiempos, ha dado grandes figuras a la humanidad, entre ellos poetas de la talla de Nezami o Rumi, contemporáneo éste de san Francisco de Asís y considerado por muchos como el poeta místico más grande de todos los tiempos. La Persia de las fabulosas alfombras, de las miniaturas increíbles, de las impresionantes mezquitas de cerámica azul sentía un amor visceral por sus poetas y los amaba como a sus santos chiíes. La pasión por la poesía todavía hoy lleva a muchos iraníes a Shiraz (antigua capital de Persia, a 70 km de la inmortal Persépolis) para visitar los mausoleos de Hafez y Saadi; o a Mashad, para honrar la tumba del poeta épico Firdusi. Eran poetas enamorados de la sabiduría celestial, celebraron la gloria de su nación y de sus héroes, se sumergieron en la fábula, hicieron guiños a los espíritus y a la magia, se embriagaron de historias de amor y se internaron en los espacios infinitos de la poesía mística. Entre todos ellos, Omar Jayyam ocupa un lugar muy especial. En la grandiosidad del Islam medieval, hay sitio también para este personaje impenetrable y provocador que, por otra parte, se conoce muy poco. En Oriente, a Jayyam se le recuerda sobre todo como un gran matemático y astrónomo, genial malabarista de estrellas y números. En Occidente es el poeta persa más popular, especialmente por la afortunada, aunque no muy fiel, traducción de sus rubaiyat (cuartetas) en el siglo XIX a cargo del inglés Edward Fitzgerald. Omar Jayyam nació en la primera mitad del siglo xi probablemente en Nishapur, provincia de Khorasán, en el nordeste de Persia. Su apellido significa “fabricante de tiendas” y al parecer deriva de la profesión de su padre. Fue uno de esos contados genios polifacéticos de la historia. Podía tratar con absoluta propiedad de muchas materias y pasar de las matemáticas a la teología o de la astronomía a la poesía con facilidad y profundidad. En 1074 empezó a trabajar en el nuevo observatorio de Ray, lo que le permitió llevar a cabo su encargo de reformar el calendario de manera científica. Su calendario, llamado “jalali”, resultó ser más exacto que el gregoriano. De hecho, Omar Jayyam midió la duración del año en 365,24219858156 días, número que sólo en el siglo XIX sería corregido en la sexta cifra decimal (!): 365,242196 días. Como matemático dejó importantes trabajos de álgebra, sobre la solución de ecuaciones de tercer grado y sobre la intersección de las secciones cónicas. Como sucede con muchos genios, la leyenda se adueñó de él. Se cuenta –casi seguro que de forma errónea– que se vio implicado en los avatares de Hasan Sabbah, el tristemente célebre “viejo de la montaña”, jefe de la secta de los asesinos, consumidores de hachís (del árabe clásico hashish –hierba–, de donde parece derivar la palabra asesino). También se dice que Jayyam tenía un gran amor por la filosofía y en especial por la de Avicena, y que nutría una abierta antipatía por el teólogo musulmán Algacel, contemporáneo suyo, al cual probablemente dirigió estos versos irreverentes: «Beber vino y cortejar mozas / es mejor que hacer ejercicios de hipócrita ascesis». Sí, en sus famosas cuartetas Omar Jayyam celebra las delicias del vino (bebida prohibida por el Islam) y los placeres del amor sensual para remediar el inexorable paso del tiempo, que disuelve la vida en el misterio escurridizo de la muerte. En ellas podemos leer: «Ven, acaricia la cabellera de gentil doncella / antes de que el hado te quiebre los miembros. / Goza de una copa de vino mientras tu nombre esté en el Libro de la vida. / Un corazón amansado por el vino no es presa de afanes». Y también: «Con una hermosa doncella a la orilla del arroyo y vino y rosas, / mientras pueda, gozaré con pura alegría. / Desde que existí, existo y existiré en este mundo / he bebido, bebo y beberé siempre vino». Por último: «Del libro del amor tenía yo un presagio. / De repente, dijo un sabio con el corazón inflamado: / Dichoso el que tiene en su casa una amiga hermosa como la luna / y una noche larga como un año». ¿Cómo es que Omar Jayyam tenía libertad para expresarse de esa manera en el austero ambiente islámico? Para empezar, el Islam medieval vivía una fabulosa edad de oro en la que estaba en auge la investigación científica y artística y se había constituido una sociedad multiétnica y multirreligiosa bastante tolerante. Esta sociedad decayó con la destrucción de Bagdad en 1258 por los mongoles, lo que precipitó al Islam en una larga y profunda noche. Pero en tiempos de Jayyam, el Islam se erigía en torno al Bagdad de la “Casa de la sabiduría” (o “Casa del saber”). En esa ciudad, los cristianos desarrollaban libremente cualquier actividad y podían practicar su religión; los judíos también habían formado una comunidad fuerte y algunos de sus miembros ejercían gran influencia en la corte del califa. En ese ambiente cultural, efervescente y abierto –¡del que también surgieron Las mil y una noches!– la reconocida genialidad de Omar Jayyam y su tozudo anticonformismo le permitieron escribir libremente de vino y de amor. Sin embargo, esto no hay que interpretarlo como una concesión a un estilo de vida, pues a Jayyam le gusta confundir las ideas: «Bebe vino en compañía de los sabios / o de una mujer con rostro de luna. Bebe vino en abundancia, / bebe poco, de vez en cuando y en secreto». ¿Quién era pues Omar Jayyam? ¿Un libertino? ¿Un pesimista que ahogaba su desengaño existencial en el vino? ¿Un agnóstico? ¿Un crítico del Islam o un místico sutil? La cuestión todavía está pendiente. Por una parte parece preferir los placeres terrenos a los gozos celestiales, pero por otra parece encontrarse a sus anchas entre los símbolos de la poesía sufí de los místicos musulmanes. Baste con tener en cuenta que Omar Jayyam también es considerado como un maestro sufí del calibre de Rumi, célebre inspirador de la orden de los derviches giróvagos. De hecho, en la poesía sufí las menciones a las alegrías del vino y del amor terreno a menudo son alegorías de las inefables realidades divinas. El ayatolá Jomeini también hacía uso de estos símbolos en sus poemas y sin duda ¡no se le podría acusar de ser un profanador del Islam! El mismo Omar Jayyam da una especie de explicación en una cuarteta suya: «Bebo vino, sí, pero no soy un libertino. / Extiendo mis manos, sí, pero sólo para servir la copa. / ¿Sabes por qué quiero adorar el Vino? / Para no adorarme, como tú, a mí mismo». El misterio persiste. Tal vez quede enterrado para siempre en la tumba de Nishapur que guarda sus restos mortales y de la que él profetizó: «Mi tumba estará en un lugar en el que todas las primaveras el viento del norte hará que lluevan flores sobre la tierra de mi cuerpo». Profecía ésta que un amigo suyo –el poeta Nezami– comprobó que se había cumplido cuando visitó la tumba al cabo de varios años y vio que las ramas de los perales y de los albaricoqueros que sobresalían por la tapia del cementerio, la habían cubierto de flores. Entonces le brotaron lágrimas pensando en ese gran hombre que había «escondido su rostro bajo un manto de tierra». Esa tumba de flores celará por los siglos el misterio de Omar Jayyam, de la convivencia en él de dos almas, una materialista y la otra mística. Precisamente tras este misterio, que siempre nos conmueve y nos asemeja, se esconde la fascinación deslumbrante, casi milenaria, de su poesía, que sigue seduciendo por su dulzura, alegría y al mismo tiempo tristeza de vivir, por su insaciable sed de infinito.


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