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Agosto - 2009


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SEXOLOGÍA

Lourdes Illán


La pornografía y sus efectos

Desde hace décadas la pornografía se exhibe abiertamente en kioscos de prensa y videoclubs, pero está cayendo en desuso, y no porque hayamos tomado conciencia de su efecto negativo en la persona, sino porque ahora hay otra forma más fácil de conseguirla: en “la red”. Las páginas web de fotografías y películas se pueden ver en la intimidad, en lugar privado o no, en la pantalla del ordenador, en el móvil, en los iPods... Nuestros hijos ya no tienen que “pasar el apuro” de comprar “una revista de ésas”. Además, por internet es gratis, y si son hábiles, no dejan “rastro”. Ya no tienen que calentarse la cabeza en ver dónde guardan “la revista” o “la peli” para no ser descubiertos y que “a mi madre le dé un pasmo y tengamos una bronca de las que hacen época”. Para esos adolescentes que están en plena efervescencia hormonal y con una curiosidad desaforada, es mucho más fácil ahora entrar en contacto con la pornografía. Ellos manejan muy bien las nuevas tecnologías, y es clamorosa la ineptitud e ingenuidad de algunos padres a la hora de proteger a sus hijos de esta intrusión. Porque no siempre hay que ir a buscarla; a veces entra en nuestros ordenadores “sin haber sido invitada”. El 98% del público que consume pornografía es masculino. Se inicia en la adolescencia, solos o arrastrados por el grupo, de modo que es muy difícil para un adolescente sustraerse a su consumo. Pero no basta con intentar proteger a nuestros hijos con filtros, claves, ordenadores en red… Si quieren consumirla, lo harán. Hay que hablar con ellos e informarlos, que sepan a lo que se exponen y con lo que están colaborando. Como dice López Quintás, es necesario “purificar la mirada”. La pornografía no aporta nada positivo a la persona, y ni siquiera sacia la curiosidad. Lo que se presenta está “retocado”, mostrando cuerpos artificialmente perfectos y conductas sexuales provocativas para excitar sexualmente. El consumidor de pornografía trivializa y banaliza el sexo, quitándole su valor como expresión del amor: deja de ser un medio de comunicación y encuentro entre un hombre y una mujer que se aman. Cuando alguien ve pornografía, no es consciente del impacto de esas imágenes, porque es un ámbito de la intimidad de la persona. Esas imágenes “se archivan” en la memoria con tanta fuerza que pueden ser evocadas, como los pensamientos intrusivos o los flashbacks que se dan tras un shock postraumático, y aparecen en cualquier momento sin que se pueda evitar, quitándonos la serenidad, haciéndonos daño... La pornografía puede incitar al abuso, ya que lo que se busca es que alguien con quien no hay relación alguna nos excite sexualmente. Todo lo contrario de una relación amorosa. La persona poco a poco se incapacita para vivir plenamente la relación sexual. Se queda en lo externo, no conoce todo aquello que hace a esa persona única. Su vivencia sexual está desprovista de donación, de entrega, de comunicación y de encuentro profundo con el otro. Y como estas características no están presentes, no se siente pleno y cada vez buscará emociones más intensas. Puede caer en una adicción, buscando imágenes cada vez más duras: violencia sexual, pornografía infantil... En los casos más graves, puede convertirse en agresor sexual de hecho, pues éstos son ávidos consumidores. La pornografía “cosifica” a la persona, le quita su dignidad. Los protagonistas de fotografías o películas pornográficas son utilizados como objetos para proporcionar placer. Alguno dirá: «¡Están ahí porque quieren!, ¡Buen dinero que ganan!, ¡Nadie los obliga!». Eso nunca lo sabremos. Para algunos será dinero fácil, para otros la única salida. Lo que sí sabemos es que el consumidor de pornografía está colaborando con el negocio que más dinero da: el mercadeo de personas despojadas de su valor como seres humanos, hijos de Dios y merecedores de respeto. l.illan@wanadoo.es


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