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Julio - 2009


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Economía de comunión: Mayoría de edad

Isaías Hernando


Hace dieciocho años un nuevo concepto irrumpió en la terminología económica: economía de comunión.

Último fin de semana de mayo. En el Centro Mariápolis Luminosa de Las Matas (Madrid) se respira aire de fiesta: alcanza su mayoría de edad el proyecto Economía de Comunión (EdC), lanzado por Chiara Lubich el 29 de mayo de 1991 en Brasil, al ver la “corona de espinas” de favelas que rodea la ciudad de Sao Paulo. Para celebrarlo y hablar de las respuestas que puede ofrecer el proyecto a la situación actual de precariedad laboral y crisis económica, se han citado más de un centenar de personas de toda España: empresarios, profesores universitarios, trabajadores, estudiosos y otros interesados. Un buen momento para hacer balance de estos 18 años de vida y admirar el mosaico de esta obra compuesta por multitud de aspectos y multitud de personas. La cultura Manuel Ramos, empresario navarro, introduce el congreso con un viaje imaginario por los orígenes de la Economía de Comunión y la inspiración profética que la anima: «Nuestra sociedad necesita un cambio de paradigma: pasar de la cultura del tener a la cultura del dar». Este aspecto del cambio cultural es el denominador común de muchas teselas de este mosaico, y tienen nombre propio. Rocío Caro, profesora de la Universidad de Málaga, dice: «El desafío está en formar hombres nuevos capaces de vivir en comunión. En mi universidad intentamos proponer esta idea de comunión, que algunos entienden como comunión social, o solidaridad incluyente o fraternidad universal». Joaquín Mora, economista y estudioso de la EdC, añade: «Os animo a mantener viva la esencia del proyecto de Chiara Lubich: poner los beneficios en comunión para aliviar a los pobres, para dar ejemplo de cómo es una sociedad sin pobres». Luigino Bruni, profesor de la Universidad de Milán y autor del libro “El precio de la gratuidad” (Ciudad Nueva), presentado en este congreso, muestra cómo «una economía y una sociedad sin gratuidad y sin reciprocidad terminarían por implosionar». Benedetto Gui, profesor de la Universidad de Padua y miembro de la Comisión Internacional de la EdC, plantea la utilidad de una cultura de comunión en la vida económica: «En la ciencia económica no se habla de comunión, sin embargo hoy existe una nueva atención a cosas que se le parece: altruismo, don, reciprocidad, motivaciones intrínsecas, bienes relacionales… Cada vez es más evidente que si no se introducen en la ciencia económica estos conceptos, no se pueden explicar muchos fenómenos». No podemos olvidar los comentarios de los asistentes al congreso: «Me he dado cuenta de que otro mundo es posible. Hay una alternativa y una gran esperanza en la Economía de Comunión» (un profesor universitario); «He intuido que la EdC puede ser una contribución extraordinaria para la macroeconomía. (…) Esta idea carismática de que la gratuidad es el mejor precio porque da valor, puede ser un elemento importantísimo para la solución de la crisis» (un político). Empresas y trabajo Una parte importante del mosaico de la EdC la forman las empresas surgidas a lo largo de estos años en diferentes sectores y con distinta naturaleza jurídica. Son ellas las que llevan a la práctica los principios de la EdC de una forma más visible, las que muestran que el proyecto funciona. Tres mesas redondas son el cauce para compartir el patrimonio de vida y experiencia acumulado durante estos años. En ellas se van desgranando los aspectos de una empresa desde la óptica de la comunión. «El centro de nuestra actividad empresarial no son los beneficios, sino la persona. (…) El principal objetivo es que los mayores se sientan acogidos y valorados como personas con plena dignidad, más allá de su situación física o psíquica. (...) Es fundamental que el trabajo lo hagamos en equipo”. Tal es la experiencia que se vive en La Miniera, un centro de día al que los ancianos llegan sin alicientes y del que luego no se quieren ir, experiencia común a la de otras residencias para mayores que participan en el proyecto. Otras experiencias hablan de los rasgos característicos de la gestión de una empresa de comunión inspirados en la fraternidad, como la participación de los trabajadores, la relación con clientes, proveedores y competidores, la cultura de la legalidad e incluso la participación de un “socio oculto”. Un espacio importante lo ocupan aquellas experiencias que han conseguido traspasar el ámbito geográfico o cultural en que nacieron para llegar, por ejemplo, hasta Bolivia. O iniciativas como las que se están desarrollando en la diócesis de Orense, tan variadas como una bodega, un taller de restauración o la rehabilitación de casas rectorales, pero todas dotadas de una unidad interna que hace que el entorno comience a transformarse. «Proyectos técnica y humanamente ejemplares» es la expresión de los responsables de la diócesis. Un aspecto que habla por sí solo de la madurez de la EdC son las dificultades que deben afrontar estas empresas. No son distintas de las de cualquier otra empresa, pero se afrontan con otra lógica, incluso con cierto “heroísmo”. Son experiencias dolorosas, como la inevitable necesidad de reestructurar una plantilla o del causado por el comportamiento desleal de algún trabajador. Las empresas de la EdC en España no son muchas, pero han madurado y están más vivas que nunca: «Hay datos y experiencias –dice uno de los participantes– que demuestran que el proyecto funciona, que funciona dando beneficios, pero sobre todo funciona, y esto es lo que más me ha impresionado buscando algo más importante que los beneficios económicos: la felicidad de las personas». Otra persona comenta: «Mi sorpresa ha sido descubrir que la aplicación de esta nueva economía funciona y que tenemos un arma muy potente». Destino de los beneficios «He sentido que no trabajo ni para la empresa ni para los trabajadores, sino para la humanidad», dice un congresista, evitando así que olvidemos que todo el proyecto nació al servicio de los pobres, y sin este aspecto el mosaico no estaría completo. Leo Andringa, ex directivo del Banco Central Holandés y miembro de la Comisión Internacional de la EdC, nos ilustra ampliamente sobre las 750 empresas de todo el mundo adheridas a la EdC y sobre los beneficios que han puesto en común, que se destinan a ayudas en situaciones de emergencia, a la formación profesional y universitaria de jóvenes que no tienen acceso a ella y a la creación de puestos de trabajo para salir de la pobreza. Para ello se utilizan con transparencia distintos instrumentos y estructuras. Uno de ellos es la Fundación Igino Giordani, que tiene sede en Madrid. El futuro por delante La sensación que queda al terminar este congreso es la que uno tiene cuando alcanza la mayoría de edad: te sientes adulto pero sin haber perdido la inocencia. El profesor Gui expresa magistralmente esta sensación cuando se refiere a otro congreso celebrado recientemente en Argentina, del tiempo de la “segunda inocencia”: «El momento de la sabiduría de quienes son capaces de “hacerse como niños”, de quienes ven lo que es posible, aunque todavía no exista, de quienes tienen el valor de hacer ‘locuras’ porque ven lo que otros no ven». Pero son las palabras pronunciadas por Chiara Lubich en el Congreso Internacional de la EdC de 2004 las que quedan impresas en la mayoría de los participantes: «La Economía de Comunión no es una realidad espiritual. ¡Al contrario! Es una realidad muy concreta, aunque esté animada por motivos espirituales. (…) El amor mutuo conducirá a todos no sólo a comprenderse y a estimarse, a sentir propias las fatigas y los problemas de los demás, sino también a encontrar juntos nuevas formas de organización del trabajo, de participación y de gestión. Cristo en medio de ellos [los empresarios] hará “nuevas” sus empresas, que se convertirán en modelos de comunión: “morada de Dios entre los hombres”, verdadero anticipo del Paraíso».


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