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Julio - 2009


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Un año sacerdotal

Aurelio Molé


El 19 de junio el Papa dio comienzo a un año especial dedicado a los sacerdotes de todo el mundo. Nuevos retos y esperanzas.

Curas pederastas u homosexuales, párrocos que se fugan con sus amantes, obispos con hijos naturales… Los medios de comunicación mundial están sedientos de noticias negativas sobre los sacerdotes. ¿Por qué? Tal vez porque inconscientemente en nuestra cultura está arraigada la idea de que el sacerdote es un hombre perfecto, idea basada sin duda en el ejemplo de comportamiento y de virtud que han dado durante siglos muchos clérigos ejemplares. En el imaginario colectivo, el sacerdote sigue siendo la persona que más tendría que parecerse a Cristo. Por eso chocan todavía más y son noticia los relativamente pocos sacerdotes que se encuentran en situaciones de inmoralidad grave o delictiva. Sencillamente, no nos lo esperaríamos. Por ese motivo, este tipo de noticias fomenta la desconfianza de la gente hacia la figura del sacerdote y hacia una institución, la Iglesia, que sigue siendo la única certidumbre en un mundo que va a la deriva, sobre todo en el viejo continente. Aunque el porcentaje de católicos en el mundo se mantenga casi constante al 17,33 por ciento (datos de 2007), los datos estadísticos confirman la disminución de las vocaciones sacerdotales, sobre todo en el llamado “primer mundo”. En Europa ha habido una disminución del 6,8 por ciento; en Oceanía, del 5,5 por ciento; y en América, del 1 por ciento. Aumentan las vocaciones sólo en África y en Asia: 27,6 y 21,2 por ciento respectivamente. El resultado en su conjunto es de un crecimiento numérico de sacerdotes en el mundo (de 405.178 en 2000 a 408.024 en 2007), lo cual no debe llamarnos a engaño. Como escribe el jesuita Giuseppe de Rosa en “La Civiltà Cattolica”, estamos frente a «una tendencia que difícilmente cambiará de dirección en el futuro, dado el creciente secularismo que existe en el mundo moderno, la crisis de la familia nuclear que no es capaz de transmitir a los hijos los valores cristianos y humanos que pueden predisponer a los jóvenes a escuchar la llamada al sacerdocio, y la escasez de figuras sacerdotales que constituyan modelos de vida». Las consecuencias sobre la calidad de la vida de los sacerdotes y de la relación entre ellos y con sus comunidades resultan evidentes. En Europa y en Estados Unidos, muchas parroquias se quedan sin sacerdotes. El trabajo se multiplica, lo que conlleva «grandes problemas para su vida espiritual y cultural». Se corre el riesgo que la vida de los sacerdotes se reduzca a llevar a cabo una serie de funciones litúrgicas mientras que su relación con sus prójimos es prácticamente nula. Éstos son aspectos de la vida de los sacerdotes que, aunque sean claramente deficitarios, no son los únicos. Hay experiencias de vida, relaciones a nivel eclesial y social que no se pueden olvidar, sino que hay que resaltar, atendiendo al proverbio africano que dice: «Hace más ruido un árbol que cae que toda una selva que crece». En este contexto se sitúa la proclamación de Benedicto XVI del Año Sacerdotal, un año especial no sólo para los sacerdotes, sino para toda la Iglesia, que celebrará los 150 años de la muerte de san Juan María Vianney, el Cura de Ars. El objetivo es rezar y reflexionar sobre la belleza y lo excepcional de la vocación al sacerdocio. «En el fondo, Dios es la única riqueza –escribe el Papa– que los hombres quieren encontrar en un sacerdote». Y un experto como san Gregorio Magno decía que “el arte por excelencia” es ser capaces de llevar a Dios a las personas que se han encomendado a nuestro cuidado. Durante este Año Sacerdotal, que tuvo su inauguración oficial el 19 de junio pasado, se enfocará de nuevo la misión de los sacerdotes desde su dimensión eclesial, jerárquica, doctrinal y comunitaria; cuatro aspectos íntimamente relacionados que sugieren la idea de una identidad a resaltar. Desde este punto de vista, éste será un año esencialmente positivo y que aportará propuestas; un año «en que la Iglesia –escribe el cardenal Claudio Hummes, prefecto de la Congregación para el Clero– quiere decirles sobre todo a los sacerdotes así como a todos los cristianos que está orgullosa de sus sacerdotes, que los ama, los venera, los admira y que reconoce con agradecimiento su labor pastoral y el testimonio de sus vidas». De hecho, en nuestra vida diaria somos testigos que la inmensa mayoría de los sacerdotes «son personas muy dignas» que están comprometidos con todos los hombres y mujeres de la tierra a costa de grandes sacrificios personales y de gran generosidad. Por eso, Ciudad Nueva seguirá las distintas etapas de este Año y pondrá de relieve experiencias significativas, ese algo de “nuevo” que el Espíritu no deja de suscitar para descubrir signos de esperanza para la Iglesia y para el mundo. LA ÚNICA RIQUEZA DEL SACERDOTE La iniciativa del Papa parte sin duda de la difícil situación que los sacerdotes experimentan hoy en su propia piel en la Iglesia y en la sociedad, a pesar de las valiosas indicaciones del Vaticano II y todo lo que le ha seguido. ¿Por qué?, cabe preguntarse. De hecho, la crisis parece profunda y sus consecuencias a medio y largo plazo, importantes. La respuesta no es ni instantánea ni fácil. Todo el pueblo de Dios, en la riqueza y variedad de sus vocaciones y sus tareas, tiene que pagar el coste de dejar atrás un modelo de Iglesia adecuado para una determinada situación histórica que ya está superada. Es verdad que el Evangelio siempre es nuevo y actual, adecuado para cada momento de la historia, pero precisamente por eso es necesario abrirse desarmados al soplo del Espíritu aquí y ahora, con fidelidad a su DNA inalterable y a las valiosas adquisiciones de la tradición, para entender adónde ir y cómo hacerlo. Esto vale, repito, antes que nada para todo el pueblo de Dios, del que los sacerdotes son una expresión cualificada como lo son los demás carismas y ministerios en la Iglesia. Tal vez sea esto lo que hay que focalizar este año desde el punto de vista espiritual, teológico y pastoral a la luz del mensaje auténtico y todavía actual del Vaticano II y a la vez sabiendo interpretar y sabiendo sacarle jugo para la vida de la Iglesia a esas inyecciones de luz y de energía vital que sin duda no han faltado en su experiencia de estas últimas décadas. Bien mirado, no se trata de atajar o de remontar una crisis que, de hecho, está a la vista de todos y que requiere una solución profunda, sino más bien de preguntarle al evangelio –que habla en la Iglesia y al mundo mediante el soplo del Espíritu– qué tenemos que hacer, o mejor dicho, cómo tenemos que ser para acoger y dar testimonio del don de Dios. De hecho, al proclamar un Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha dicho claramente que «en el fondo, Dios es la única riqueza que los hombres quieren encontrar en un sacerdote». Esto se convierte en algo realista cuando el sacerdote es testigo creíble de esa presencia de Dios en la historia que es Jesús vivo y operante entre dos o más reunidos en su nombre. Ahí está la Iglesia, expresión eficaz de todo el pueblo de Dios en comunión con el Papa, los obispos, los múltiples carismas del Espíritu y los innumerables caminos de servicio al hombre en la vida de todos los días y en los ámbitos más variados de la vida social. El indispensable y fascinante servicio de los sacerdotes podrá volver a florecer y a marcar la historia sólo si se vive “en relación” con los otros sacerdotes y con el obispo, con las demás vocaciones en la comunión de la Iglesia y en el diálogo con todos, y nunca si se toma en sí mismo o se concibe de manera verticalista. De este modo, se desencadenará en toda su potencia lo que le es específico: guiar en espíritu de servicio a las fuentes inagotables del amor de Dios que Jesús nos ofrece con generosidad, como en realidad acontece ya hoy de muchas formas y en muchas situaciones, aunque en la mayoría de los casos no se conozca. Piero Coda


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