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Junio - 2009


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El Papa en Tierra Santa: El calvario, el muro, el memorial

Michele Zanzucchi desde Jerusalén


Un viaje difícil a una región donde todo el mundo sufre: israelíes y palestinos, judíos, musulmanes y cristianos. Pero su función como “pontífice” es construir puentes.

La visita a Tierra Santa era «altamente peligrosa, casi imposible de organizar con un mínimo margen de tranquilidad», según el nuncio, mons. Antonio Franco, pero Benedicto XVI se sometió a ella. De hecho ha habido golpes de escena, caza de declaraciones, polémicas entre discurso y discurso, e imágenes que harán época. En esta encrucijada inigualable de culturas, religiones y pueblos que es Jerusalén y su región circundante, cualquier hecho y cualquier palabra cobran un perfume, un sonido, un color, un gusto y una consistencia únicos. Al dejar Tel Aviv, al final del largo viaje, el Papa recordó las «fructíferas conversaciones con las autoridades civiles de Israel y de los Territorios Palestinos», los encuentros con católicos, con cristianos y con exponentes de otras religiones. Y creo que toda la visita hay que entenderla desde esos tres puntos de vista. Cristianos como Marlene Marlene Rock, una mujer de una pieza, es maestra y está casada con Hannah, huido en 1948 de Ein Karem, el lugar de la Visitación. Tienen cuatro hijos y viven en una casa modesta pero decorosa: la salita es como un patio con puertas y escaleras a la vista. Cuadros de la Virgen, de San Jorge y de la última cena y un calentador en un rincón. La historia del marido bastaría para entender la complejidad de Tierra Santa: «En 1948 tenía dos años cuando los israelíes nos obligaron a huir a Belén. Más tarde volví a la casa donde nací, y allí encontré a una familia judía que le había comprado la casa al gobierno». Se interrumpe, pues quiere encontrar las palabras adecuadas: «Mis raíces están allí… pero hemos hecho feliz a otra familia». Luego me revela un detalle relevante: «Éramos propietarios de una parte del Bosque de Jerusalén, siete hectáreas, donde se levanta ahora el Memorial del Holocausto, Yad Vashem. También de esta expoliación me siento ya libre y me alegra que haya servido para algo importante». La familia Rock es un ejemplo del catolicismo de esta zona y de sus divisiones. El hijo, Joseph, dice: «Mi novia y yo hemos sido elegidos para llevar las ofrendas al altar en la misa del Papa. Estoy contento, pero lo estaría más si Benedicto XVI hubiese decidido celebrar la misa en Gaza». Su hermano Michel piensa de otra manera: «Ésta es una peregrinación a los lugares de la vida de Jesús. Lamentablemente, a los cristianos no se les ha preparado para esta visita. Se ha hablado más de ella en la tele que en las iglesias». Marlene concluye el cuadro familiar. Evoca los «graves problemas económicos y el no poderse mover libremente. El muro está matando la vida de esta tierra nuestra». ¿Minoría dentro de la minoría? «Es verdad, pero se puede ver la vida como un vaso medio lleno o medio vacío. Yo lo veo medio lleno. Jesús mismo no se quejó nunca porque tenía un “pequeño rebaño”. Siguió adelante poniendo su mirada positiva en las cosas y en las personas. Somos cristianos, pero también palestinos, y esto nos une a nuestros hermanos musulmanes». Y luego habla de sus sentimientos: «El Papa es un gran apoyo para los cristianos de Tierra Santa. Nos enseña que no tenemos que odiar a nadie y que tenemos que tener sentimientos de fraternidad para con todos». Creo que la historia de Marlene y su familia explica el contexto católico que el Papa ha encontrado en Tierra Santa. Pero fue cambiando. En la misa de Getsemaní apenas había tres o cuatro mil personas, y pocas eran del lugar (las inflexibles fuerzas del orden eran seis mil, o sea, dos soldados por cada fiel). Luego en Belén, había al menos diez mil personas, y más de la mitad eran cristianos del lugar (también de Gaza), además de un número considerable de musulmanes. Por último, en Nazaret, ya eran cuarenta mil personas. Esta visita la habían deseado los que querían “acreditarse” ante la comunidad internacional; sin embargo, buena parte de los católicos la miraban con sospecha, angustiados por su futuro. La experiencia de las últimas décadas les ha dejado la convicción de que no hay límites para lo peor y, por lo tanto, cualquier perturbación de la tregua del momento amenaza con empeorar la situación. Pero el Papa ha sabido luego ganarse a los “suyos”. Diálogo interreligioso Otro capítulo es el del diálogo interreligioso, expresión que Benedicto XVI ya usa de continuo. También en esto el comienzo de la “etapa” de Jerusalén no fue de los mejores, durante una reunión con las asociaciones comprometidas en el diálogo interreligioso. El jeque Tayseer al-Tamimi, presidente de la Corte Suprema de Justicia palestina, cogió el micrófono sin previo aviso y denunció al Estado de Israel y las injusticias que sufren los palestinos: «Israel ha convertido Jerusalén en una prisión, prohibiendo a los musulmanes y a los cristianos que entremos y prohibiendo que recemos en las iglesias y en las mezquitas; y en Gaza no ha respetado los derechos humanos». El Papa se despidió de todos y se fue. El Padre Lombardi comentó: «En un acto dedicado al diálogo, esa intervención ha sido una negación del diálogo». «Una vergüenza», según el Ministerio de Exteriores. Podía haber sido el principio de una caída sin fin en la polémica. Pero el incidente no fue el preludio de un desastre total. Se pudo comprobar en el cóctel que siguió al incidente. La gente no parecía demasiado sorprendida de la intervención del jeque: eran declaraciones ya conocidas. Si acaso, como me decía un joven profesor cristiano de Belén, «cristianos y musulmanes no condenan el contenido del discurso del jeque, sino su forma». Una pareja de médicos musulmanes de Jerusalén me explicaba que «las palabras de ese jeque expresan la frustración de la gente, que la comunidad internacional no quiere escuchar». Y los judíos que estaban allí conversaban tranquilamente con cristianos y musulmanes: «Es un gran honor recibir al pontífice –decía un señor de setenta años– y ciertamente no va a ser esta declaración inoportuna del jeque lo que nos haga cambiar de opinión. No sé si es posible el diálogo, pero en cualquier caso es necesario. Las incomprensiones son humanas, mientras que el diálogo ha de ser humano y divino al mismo tiempo». El rabino David Rosen: «Dialogar no es meter la cabeza bajo tierra. Es mirar de frente al otro, al que es distinto; mirarlo con la razón y no sólo con la fe, como dice Benedicto XVI». El rabino Rosen fue luego quien levantó la mano del Papa en el encuentro interreligioso de Nazaret, invitando al Papa a hacer los mismo con el muftí que tenía al lado. Y esta imagen quedará. El muro interrumpido Sin duda, el capítulo más complejo del viaje ha sido el de las relaciones entre israelíes y palestinos. Y ha sido en este ámbito en el que Benedicto XVI ha mostrado mejor su firmeza y su apertura. Varias veces ha declarado haber ido a ese país «como amigo de los israelíes y como amigo del pueblo palestino», y no ha dudado en auspiciar soluciones rápidas y justas para el conflicto: «Que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y gozar de paz y seguridad dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas, e igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene derecho a una patria independiente y soberana para vivir con dignidad y moverse libremente». O sea, dos pueblos, dos Estados. Cuando ya se marchaba, el Papa afirmó: «Durante mi visita a estas tierras, una de las imágenes más tristes para mí ha sido la del muro». Ese muro lo vio en el campo de refugiados de Aida, en Belén, donde tuvo el único contacto físico con el pueblo, debido a esas obvias razones de seguridad que lo han mantenido lejos de la gente. Ese muro no está resultando ser la barrera de seguridad que afirman los israelíes, los cuales le han reprochado al Papa haber usado el término “wall”, o sea, muro, sino una forma de anexionarse terreno que consideran estratégico militarmente y que tiene fuentes de agua. Así reducen los Territorios Palestinos a un “archipiélago” en el que las comunicaciones entre sus islas son dificilísimas. Pude comprobarlo cuando fui a Belén a la misa del Papa por un camino secundario, porque el control del camino normal había sido cerrado. ¡Ningún control! Se dice que el muro ha evitado la sucesión de ataques kamikazes, pero me parece bastante dudoso, considerando que a través de esos pasillos secundarios cualquiera puede meter lo que quiera en Israel. El Papa no ha hablado en ningún momento “contra” nadie. Siempre ha dibujado un horizonte de paz citando repetidas veces a Juan Pablo II y retomando algunas de sus expresiones. Por ejemplo dijo: «Los amigos agradecen pasar el tiempo juntos, en compañía unos de otros, y sienten un profundo malestar cuando ven el sufrimiento recíproco. Ningún amigo de los israelíes y de los palestinos puede dejar de llorar por el sufrimiento de la pérdida de vidas que ambos pueblos han sufrido en las últimas seis décadas». Y ha hecho un llamamiento, retomando el lema tantas veces repetido por Juan Pablo II: «¡Basta de derramar sangre! ¡Basta de combatir! ¡Basta de terrorismo! ¡Basta de guerras! Al contrario, hagamos que haya paz duradera basada en la justicia, ¡que haya reconciliación auténtica!». PERIODISTA Y TESTIGO DEL CRISTIANISMO Michele Zanzucchi, autor de este artículo, estuvo recientemente en Madrid presentando su libro “Cristianos en tierras del Corán”, resultado de sus muchos viajes a países donde el Islam es la religión mayoritaria. –En tu libro hablas de la relación entre jóvenes andaluces y marroquíes gracias al fútbol, donde jugar un partido sólo es la excusa para construir puentes. Sorprende que lo publiques, porque parece algo normal. –Porque muchas veces, casi siempre, las motivaciones políticas y culturales se mezclan con las religiosas. He comprobado por doquier que las relaciones entre verdaderos cristianos y verdaderos musulmanes, aunque no sean fáciles especialmente desde el punto de vista teológico, son posibles y se desarrollan con cordialidad y respeto. El fanatismo religioso y, sobre todo, el político complican siempre las cosas y hacen retroceder el reloj de la historia. Por desgracia, esto ocurre en casi todos los países de mayoría musulmana, en parte porque el mundo árabe no ha “digerido” aún la ocupación colonial, que aportó indudables beneficios, pero que introdujo en esas sociedades una cantidad de toxinas difíciles de eliminar. –¿Qué papel juega la globalización en este encuentro-desencuentro interreligioso? –Tiene la culpa de la excesiva simplificación de las relaciones interculturales e interreligiosas, ya que reduce la complejidad histórica a unos pocos eslóganes que describen las relaciones entre pueblos y religiones como conflictos perennes. Al mismo tiempo, la globalización, sobre todo la que potencian los medios de comunicación, está propiciando un conocimiento recíproco. A la larga obtendremos extraordinarios beneficios en las relaciones entre el mundo cristiano y el musulmán. –En tu libro pones de relieve la función de movimientos, ONGs, asociaciones, etc. en el diálogo interreligioso. ¿Cómo contribuyen a la causa? –Los movimientos laicos o religiosos contribuyen al acercamiento entre las culturas y las religiones precisamente porque no han conocido el colonialismo, y por eso pueden abrir nuevos horizontes de convivencia. Además, tienen la ventaja de hablar poco y actuar mucho. El diálogo se construye principalmente con hechos concretos. –En la presentación del libro has hablado de un componente emocional inevitable. ¿Qué ha sido para ti ver y tocar esa realidad? –Un reportaje está hecho de muchas cosas que provienen de los cinco sentidos. Es importante tenerlos en cuenta, porque así el lector puede participar mejor y comprender la situación sobre la que está leyendo. Pero independientemente de las sensaciones, en el reportaje, que no pretende escandalizar, dramatizar o ser espectacular, es importante también “dar el alma” de lo que he visto y conocido. Y eso es apasionante. –Hay quien se pregunta cómo puede pretender el diálogo con las demás religiones la Iglesia cuando en su propio seno está dividida. ¿Cómo respondes a este planteamiento? –El mejor testimonio que los cristianos pueden dar en territorio musulmán es precisamente la unidad de los seguidores de Cristo. Cuando esto ocurre –y en el libro doy prueba de ello–, entonces la credibilidad de la fe sube mil puntos. Por desgracia, estos testimonios todavía son esporádicos. –Este libro ha sido un verdadero “trabajazo”: muchísimo material, viajes, encuentros con personas muy distintas... –La redacción final me ha llevado seis meses, pero recoger el material y elaborarlo ha llevado al menos cuatro años. Me queda el deseo en el corazón de trabajar más para salir al paso de los que predican la idea del ineludible conflicto entre civilizaciones. Y también el deseo de ser un periodista-testigo del cristianismo. Ana Moreno Marín


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