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Mayo - 2007


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Las noticias de don Eugenio

Manuel María Bru Alonso


Durante más de quince años mons. Eugenio Romero Pose dirigió la colección “Fuentes patrísticas” de Ciudad Nueva. Dedicamos estas páginas a su memoria.

Estar con él era como abrir una puerta a otra dimensión, la de la sabiduría, la de la paz, la de Dios. Eugenio Romero Pose, mi querido obispo, era “mucho”, como dicen ahora los jóvenes. “Mucho Eugenio”, de verdad. En los primeros años 80, en la Facultad de Teología de Burgos, aquel joven sacerdote profesor de Patrología ya era para nosotros, jovencísimos alumnos, un referente especial. Cada tarde la cita era para tomar café en alguna de las habitaciones de la residencia. Siempre llegaba tarde, casi nunca tomaba café, pero nos alegraba el día. Siempre venía con una gran noticia, un descubrimiento maravilloso, y casi siempre se trataba de una idea, una frase, una historia, sacada de ese mundo en el que él se movía como nadie, el de la Iglesia primitiva. Su entusiasmo por la “novedad cristiana”, y por las infinitas consecuencias para la vida y para la cultura de los hombres de esa novedad, era inagotable. Años más tarde, como obispo auxiliar de Madrid, yo recordaría aquellas “noticias de última hora” de don Eugenio, porque cuando pasaba por la Delegación de Medios para saludarnos, con esa alegre serenidad que lo caracterizaba, y le comentaba algún asunto de la actualidad, me decía alguna de esas ideas suyas, tan desconcertantes como certeras: “No pierdas la paz. En realidad, en el mundo no ha pasado nada importante desde el siglo IV, desde san Agustín”. El vivía así la actualidad –siempre desde la sabiduría de los Padres de la Iglesia, de los que era, sin duda, uno de los mayores expertos del mundo–, con una misericordiosa visión histórica del pensamiento humano, capaz de abrazar y de iluminar a un tiempo todas las vicisitudes del presente, de entablar un diálogo con todos, convencido de que el discernimiento de la realidad era ya el inicio de la resolución y de la superación de cualquier mal presente, así como de la valoración esperanzadora de tantas maravillas de la vida de la Iglesia, o de los signos de los tiempos de nuestro mundo, que él veía con una claridad que a los demás normalmente siempre se nos escapaba. Su talla intelectual, evidentemente inalcanzable para todos los que lo conocimos, no era altanera; al contrario, el “Ratzinguer español” era merecedor no sólo de respeto, sino de admiración por parte de cuantos intelectuales –creyentes o no creyentes– entraban en diálogo con él. Si alguien está en el cielo, válgame Dios, ése es Eugenio Romero Pose. Mi certidumbre radica en que, cuando estaba entre nosotros, siempre te traía un pedazo de cielo. Estaba en Dios, y te mostraba a Dios. Daba igual si era en una reunión de preparación del Sínodo, en la presentación de un libro –siempre sacaba frutos de los libros que leía que al resto de los mortales se nos escapaban–, en un viaje, o cuando te encontraba por la calle e, igual que cuando era un joven sacerdote, te contaba entusiasmado la última noticia de sus descubrimientos. Y te cogía del brazo, y te regalaba alguna joya, alguna sentencia genial, alguna reflexión luminosa, del siglo IV como mucho, de ese mundo suyo, el único capaz de salvar al nuestro, en el que su autor preferido, San Ireneo, decía aquello de que “la gloria de Dios es la vida del hombre”. Desde luego fue su gloria, aquí en la tierra como en el cielo. Encomendémosle nuestras vidas, para que también sea para nosotros vida, vida entena, la Gloria de Dios. RECUADRO La gracia de la enfermedad Tu gracia vale más que la vida. Son palabras del salmista que se tienen como verdaderas cuando te sientes bendecido por la enfermedad y tocas los límites de tu caducidad. Sentir el hielo de la debilidad, del cuerpo que se rompe, de la mente que se oscurece, de la corruptibilidad que se adueña de lo que uno creía poseer, adquieren nuevo sentido cuando se abren los ojos a la verdad del dolor. Y únicamente uno puede mirar hacia delante y salir de la espiral del absurdo cuando en la oración deja que el corazón acoja la luz de quien sufrió y saboreó las hieles del sufrimiento hasta el extremo. Al sentir la incapacidad inexorable de que en la enfermedad no eres tú ni de la vida ni de la muerte, entonces, sólo entonces, levantas los ojos a lo Alto y recibes el bálsamo que hace más dulce la existencia. Miras hacia dentro y hallas a Aquel que, el primero en todo, no se negó a entregarse a un fin no definitivo que abre las puertas a una vida en plenitud. La enfermedad es profecía de la muerte, la muerte que adviene es experiencia que nos hace tocar a fondo la pequeñez para que podamos esperar la nueva vida, y esperándola, la agradezcamos. No se aprecia la vida si no se acepta la muerte. Esperar la plenitud de la vida es dejar que el miedo a la muerte no aprisione alma y corazón. Vivir la enfermedad, no matar la ternura que con ella nace, es dejar que hable la verdad de la vida y decir no a la mentira. Esconder y no contemplar la enfermedad es obligar a que para siempre se enmudezca la palabra verdadera. Padre bueno, que a todo y a todos nos has dado la vida para que supiéramos de tu amor. Padre Creador, me ha desbordado tu querer; tantas veces mi incapacidad de tenerte, y tener en mis manos los dones que Tú me ofrecías en las Tuyas, me distanció de Ti. Yo sé que aunque me aleje, nunca dejarás que escape del cuenco de Tus Manos creadoras. Llegó a mis oídos la dulzura con la que volviste la mirada a tu Adán, enfermo y extraviado en un paraíso que creyó era sólo suyo. Sé cómo tu siervo Job en el silencio del abandono se mantuvo en la vida gracias a tu apoyo. Llegó hasta mis ojos la cercanía de tu ser y estar en los enfermos, pobres y débiles que tu Hijo, Jesucristo, encontraba y curaba en los caminos de Galilea, Samaría y Judea. Sigo sintiendo la Mano sanadora del Nazareno que, más que nadie, saboreó el sufrimiento, la oscuridad del dolor, la entrega a la muerte, cuya manifestación es la gloria de Dios. Tuya, Señor Jesús, es la gloria del Padre, la que clarifica la carne que sufre, la que abre horizontes infinitos, la que regala la comunión que salva y que ofrece la incorruptibilidad. Gracias a tu Cruz, la humanidad es transformada por el Espíritu de Vida. Te pido, Señor, que sepa en el dolor pedirte el Espíritu para que mi vida, en esta peregrinación que un día se acabará, y mi muerte estén en tu Cruz. Tiéndeme tu Mano para que contigo, a pesar de la oscuridad del camino, tenga la sencilla certeza de abrir un día los ojos y verte a ti a la derecha del Padre con el Espíritu Santo. Muchos atardeceres, al ganarme el sueño, aguardaba encontrarte en la mañana que nunca tiene fin. Pero sólo Tú, Señor de mi vida y enfermedad, sabes cuándo es el día que jamás tendrá ocaso. Mientras tanto, déjame que no te deje y que dé gracias porque cada instante es un milagro en la espera de otro mayor; la vida eterna, vivir contigo. Me abandono, enfermo y débil, en tus Manos, que me hicieron, y en las de los hermanos que en el camino del dolor me comunican tu calor. Tus Manos están llenas de misericordia. En ellas me refugio y en ellas me escondo con todos los que sienten el anuncio de que la vida terrena es el comienzo de la otra, en la que la enfermedad y la muerte quedan para siempre vencidas. Gracias, Señor de mi vida y mi enfermedad, porque me has enseñado que tu gracia vale más que la vida, que la frialdad de la muerte no dejará que se apague el fuego de tu Amor. Mons. Eugenio Romero Pose Tras una larga enfermedad, el 25 de marzo falleció a los 58 años mons. Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid desde mayo de 1997. Natural de Santa María de Bayo (La Coruña), estudió en el seminario de Santiago de Compostela desde 1959 a 1969. En 1974 fue ordenado sacerdote en su pueblo natal por el entonces arzobispo de Santiago de Compostela, mons. Ángel Suquía Goicoechea. Es licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde también obtuvo el Doctorado en Patrística en 1978. Hombre de abundante labor, fue director del Instituto Teológico Compostelano y rector del Seminario Mayor de Santiago de Compostela, miembro de varias comisiones episcopal de la CEE, profesor en las Facultades de Filosofía y Filología de la Universidad de Santiago de Compostela, vice gran canciller de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid y de la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue director de la revista Compostellanum y de la colección Fuentes y estudios patrísticos de la editorial Ciudad Nueva. Considerado como uno de los principales patrólogos en el mundo católico, publicó una docena de libros de su especialidad y más de un centenar de artículos de investigación en revistas científicas, y colaboró en más de veinte publicaciones colectivas. Su lema espicopal, extraído de una obra de san Ireneo de Lión, rezaba: Deus facit, homo fit (“Dios hace, el hombre es hecho”).



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