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Abril - 2009


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Manos Unidas al descubierto

Ana Moreno Marín


Una perspectiva sobre esta ONG católica, que cumple 50 años, desde la mirada de sus propios trabajadores.

Hace una tarde totalmente primaveral; son las 16.30 y me dirijo a Barquillo, 38… Sí, eso es, la sede central de Manos Unidas, en pleno centro de Madrid, a dos pasos de Cibeles. Mª Eugenia, del Dpto. de Medios, me recibe y juntas recorremos las laberínticas oficinas, casi vacías. «Por la mañana hay muchísima actividad; es cuando están los voluntarios y los empleados», dice. Aquí trabajan 92 contratados y unos 300 voluntarios a la semana. En toda la temporada, 4.500. «El perfil es: mujer de entre 30 y 90 años, aunque últimamente hay muchísimos hombres prejubilados». ¿Y no hay jóvenes? «Es muy difícil que haya. Primero porque necesitan ver de forma directa el resultado de su trabajo, creo; y segundo, porque están estudiando e intentando solucionarse el futuro. Vienen muchísimos, pero no duran porque encuentran un trabajo, y ya sabemos cómo es ahora, les ocupa todo el tiempo», contesta. Mª Eugenia tiene el pelo claro, la voz grave e infunde una gran tranquilidad y fortaleza. Comenzó colaborando en Manos Unidas en el 86 y lleva trabajando desde el 95. «La presidenta me invitó a la India y marcó mi vida. Luego he tenido la suerte de ver otros países y ver en acción a los misioneros. Es algo insólito cuanto menos, la más profunda y solidaria de las caras de la Iglesia. Gente que se marcha sin fecha de caducidad, con ahínco, fe, profesionalidad… Un ejemplo». Mientras hablamos hecho un vistazo al departamento y un pequeño marco llama mi atención: “Otro mundo es posible”. Una sonrisa cómplice se me dibuja inevitablemente. Seguimos hablando. Tras trece años, asegura que nunca ha perdido la esperanza: «He tenido muestras palpables de la solidaridad de la gente. Hay millones y millones de personas peleando por lo mismo que nosotros y, además, tal y como vivimos no tenemos derecho a perderla». Hace poco estuvo en Benín, donde «hasta una simple tirita hay que pagarla», algo inconcebible en nuestro sistema público sanitario. Me sorprende un dato. Mª Eugenia me asegura que el Gobierno ha cumplido su compromiso con el Desarrollo: «Se ha comprometido al 0,7% para el final de esta legislatura, veremos qué hace, pero hasta ahora ha cumplido». Es un atisbo de luz en un mundo en el que se requiere voluntad política y económica. Hoy 963 millones de personas padecen hambre. Los ingresos de Manos Unidas en 2007 superaron los 62 millones de euros, una cifra récord. Le pregunto por este año y la crisis: «Los números de 2008 todavía no se han cerrado, pero sí es cierto que se ha notado. Aunque este año los ingresos no han aumentado, tampoco han disminuido, lo que es muy significativo teniendo en cuenta la época que atravesamos». 828 proyectos en 60 países en 2007 hablan por sí mismos de la labor de esta ONG. En este paseo por Manos Unidas recorro los proyectos de América, África y Asía y Oceanía a través de sus coordinadores. Juan Antonio Misert es el de América. Desde que se jubiló, hace nueve años trabaja en Manos Unidas; y con él otras 40 personas. «En América la diferencia es que el tejido social es bastante más avanzado, lo que permite elaborar proyectos de desarrollo con más potencialidad. Aunque –afirma– es difícil, la continuidad es compleja». Desde su primer viaje a Bolivia hace ocho años ha llovido mucho, pero le sigue impactando. «Mi último viaje fue en abril de 2008. Sobe todo me conmocionó Potosí; fue un viaje durísimo. Estábamos a 4.000 metros, todo pura pendiente; el objetivo era llevar allí arriba agua a cinco familias, unas 30 personas. Y piensas: esto no tiene posibilidades. Que surtiera efecto fue milagroso y la gente estaba feliz. Es muy duro, pero te compensa, te recarga las pilas y llegas dispuesto a pelear y pedir a quien sea». El trabajo se hace en equipo, con todo lo que ello conlleva, pero aquí la rivalidad no se conoce. «Toda la lucha, si acaso, es por un ordenador cuando está todo ocupado», se ríe. Tratan de aportar lo mejor de sí mismos y Juan Antonio aúna ese esfuerzo común. «Es toda una experiencia, una segunda vida con muchas compensaciones y también preocupaciones, pero vale la pena». Juan Antonio irradia alegría, esperanza, coraje. Curioso, Cristina Redonet, coordinadora de África, también. «Te ha tocado un continente complicado», le digo. «Sí –responde–; a veces te entra desánimo, pero al menos contribuyes a que unas personas mejoren sus vidas. No te puedes plantear metas más grandes de las que puedes alcanzar. Y también es importante denunciar la realidad tan injusta en que viven». En su departamento trabajan 57 personas y tienen proyectos en 30 países. Hablamos del cólera en Zimbawe, donde ya han muerto más de mil personas. Cristina denuncia que la dictadura de Mugabe está haciendo pasar a su gente verdaderas penurias, «y se está extendiendo a África austral, como Sudáfrica o Mozambique», apunta. Sobre el sida me cuenta que sigue extendiéndose, aunque en Uganda y Mozambique ha disminuido gracias a las políticas gubernamentales. Pero esta enfermedad revela un drama social: la muerte de madres jóvenes, hijos huérfanos, pérdida de profesionales… «Está diezmando a la población», dice. El hambre también es una pandemia, sobre todo en el Congo. Pero estas tremendas dificultades son la mayor grandeza de África que, a pesar de todo, es «alegría, juventud, calidad humana, futuro y esperanza». Increíble, no sorprende que Cristina afirme con fuerza que su trabajo es enormemente gratificante. ¿Habéis visto Slumdog Millionaire? La película muestra la dura realidad de la India, un país con más de 1.100 millones de habitantes. Allí se aglutinan la mayoría de los proyectos de Asia y Oceanía. Clara Pondo es la coordinadora de esta gran zona. «Los proyectos son muy distintos según los países; no tiene nada que ver uno en India que en Birmania». Es fundamental aclarar que los proyectos surgen a petición de la gente autóctona que, consciente de sus necesidades, pide ayuda. «Manos Unidas responde, pero no impone». En la India hay muchos proyectos de sensibilización y formación dirigidos sobre todo a mujeres (microcréditos, cómo educar a los hijos, diversos oficios, etc.). «Al principio no hablan ni preguntan, pero después de dos o tres años vuelves y las ves que hablan y preguntan y pasan a tener voz en sus familias», me cuenta Clara emocionada. El tráfico de niños, la prostitución, las mafias son una constante, como en la película. Ésa es la realidad. «De ahí la importancia de los programas para los niños», recalca. En su área trabajan 50 personas; ella lleva siete años en Manos Unidas y tres en Asia y Oceanía. «Trabajar aquí es un lujo. Estamos todos en el mismo barco y hay mucha cooperación. Es una gota, pero muchas hacen algo», añade. Y así es por ejemplo en Vietnam, donde con un programa de agua han pasado de una cosecha al año a tres. Las dificultades están presentes; en Pakistán ya no trabajan por imposibilidad: «hay una situación de pre-guerra, no podemos viajar allí». En Oriente Próximo los proyectos son totalmente diversos, son iniciativas para los cristianos que viven muy mal: «Están aterrorizados, son muy pobres y les falta de todo». En el Líbano ha tomado cuerpo un proyecto genuino y muy exitoso: «Ayudamos a financiar un canal satélite cristiano para la formación de la mujer que está totalmente reprimida y en casa; pero todas tienen satélite y así aprenden a educar a sus hijos, a cocinar, etc. Está teniendo muchísima audiencia, tanta que no lo pueden parar». Se cumplen 50 años de un sueño hecho realidad día a día, a base de grandes y pequeñas contribuciones. ¡Enhorabuena por vuestro trabajo y feliz aniversario! Concluyo reconociendo que yo también he caído… ¡Me he hecho socia!


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