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Abril - 2009


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Pensamiento de la unidad/7: EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

Pascual Foresi


¿Qué ofrece el modelo de la dinámica de vida trinitaria al estudio del proceso cognoscitivo?

El problema del conocimiento presenta dos aspectos estrechamente vinculados, pero que se pueden considerar por separado. El primer aspecto atañe al mecanismo del proceso cognoscitivo. ¿mediante qué dinámica conocemos el mundo exterior tal y como se nos presenta? ¿cómo podemos llegar a formular juicios que se correspondan con la realidad? El otro aspecto está relacionado con el valor del conocimiento: ¿conozco objetivamente la realidad tal y como se me presenta? Repasemos brevemente tres escuelas filosóficas que a lo largo de la historia del pensamiento han puesto de relieve de forma emblemática las distintas soluciones al problema del conocimiento. La escuela empirista inglesa, uno de cuyos principales representantes es Hume, afirma que cuando el objeto externo se presenta al sujeto que conoce, dicho objeto provoca en él alteraciones de tipo físico –las llamadas impresiones o ideas, según su mayor o menor intensidad– que conforman el dato cognoscitivo. Son reacciones de carácter fisiológico interno, o psicológico, que se corresponden con fenómenos externos, mediante las cuales se alcanza el conocimiento. A esta escuela se le ha hecho una objeción de fondo. Si la idea se diferencia de la impresión sólo por el grado de intensidad, la consecuencia necesaria es que toda idea no es más que una “imagen”, y como tal, es individual y particular. En tal caso, ¿qué valor universal puede tener? Según los empiristas, tiene el valor que deriva de la asociación de todas las impresiones recibidas hasta ese momento, pero no supera el de las impresiones individuales. La idea de hombre, por ejemplo, es la que resulta de la suma de todos los hombres que uno conoce. Por lo tanto, de por sí no es un concepto trascendental, universal. Retomando la problemática que había suscitado el empirismo en este campo, Kant lleva a cabo lo que él define como «revolución copernicana». Ésta consiste en desplazar el centro de la investigación de los objetos a la razón humana y descubrir que la razón encuentra en la naturaleza lo que la razón misma pone. Kant considera que no es el sujeto el que al conocer descubre las leyes del objeto, sino viceversa: el objeto al ser conocido “se adapta” a las leyes del sujeto que lo conoce. Es la llamada «síntesis a priori». Kant afirma que sólo conocemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas. El idealismo se mueve en esa dirección, que tiene un alcance teorético incalculable, y da un paso más: afirma que el conocimiento es totalmente inmanente al sujeto. El énfasis no está ahora en el conocimiento del mundo exterior, que parece perder consistencia, sino en el proceder mismo del conocimiento en el sujeto, que partiendo de la conciencia empírica, se eleva a niveles cada vez más altos hasta llegar a la forma de un saber absoluto. El idealismo recorre las etapas del “aparecer” fenomenológico –entendido hegelianamente– del Espíritu universal, único Espíritu pensante, presente en todos los hombres y que actúa en la historia, cuya verdad se enriquece continuamente de forma dialéctica. Por un lado, este concepto parece responder al anhelo cristiano de unidad, pero por otro, contiene el embrión de formas de pensar y visiones del mundo que se desarrollaron a partir de él que han tenido consecuencias históricas trágicas. La otra gran escuela es la que de algún modo comenzó con Platón, continuó con Aristóteles y prosiguió con santo Tomás de Aquino y la corriente tomista, que actualmente se presenta de varias formas. La concepción que aúna a estos pensadores, con las debidas diferencias, consiste en considerar que el objeto exterior produce impresiones sensibles en el sujeto que conoce. Al ser un sujeto espiritual, éste convierte también las impresiones sensibles en espirituales. De esta manera, las impresiones sensibles pierden el carácter individual y adquieren un carácter universal, de valor absoluto. Por consiguiente, las cosas se conocen en la medida en que se espiritualizan, es decir, a través de una imagen que es la síntesis de lo que viene de fuera con lo que el sujeto aporta desde dentro, que es inmanente a él mismo, pero no en el sentido idealista, ya que se corresponde con las cosas mismas. Recogiendo los estímulos y las aportaciones positivas de las escuelas mencionadas, trataré de esbozar un paradigma epistemológico abierto al horizonte de la verdad que ofrece la revelación cristiana y que tiene como modelo la dinámica de la vida trinitaria. Si consideramos la generación del Verbo en el seno de la Trinidad, vemos que en ella se manifiestan los rasgos del acto intelectivo por excelencia: el Padre genera el Verbo mediante un acto inmanente a la naturaleza divina que se conoce a sí misma. Me parece que la escuela tomista ha intuido la analogía intrínseca entre dicho acto y la forma de conocer del ser humano. De hecho, esta escuela afirma que el pensamiento conoce en el acto en el que genera el verbo humano inmanente en él. En este acto generativo del verbo interno humano, el objeto conocido se hace intelectual, lo espiritualizamos, por así decir, y lo conocemos como objeto del conocer. Esta teoría trata de salvaguardar la consistencia objetiva de lo que está fuera del sujeto y su concordancia con lo que el sujeto conoce del objeto mediante una correspondencia y, sobre todo, porque hace terminar el acto del pensamiento en el juicio, en el cual alcanza la realidad “objetiva”. Ahora bien, según esta visión, ¿elude el acto intelectivo como tal toda forma de idealismo, aun velada? Cabe preguntarse: ¿cómo puedo conocer el objeto exterior no sólo como presente en mí sino también fuera de mí?, ¿cómo puedo entender el hecho de que conocer es generar? En realidad, creo que se puede afirmar que conozco a la vez el objeto dentro y fuera de mí: dentro de mí por lo mucho o poco que procede de mí; fuera de mí por lo poco o mucho que se me da desde el exterior y que no procede de mí, sino de Dios. De mí procede el conocimiento que poseo del objeto que hago inteligible para mí; lo que todavía es ininteligible, lo es por cuanto no procede de mí, sino del acto creativo de Dios. Por consiguiente, puedo conocer directamente el objeto porque mi conocer consiste en entrar en relación con él. Tratemos de entender en qué consiste esta relación. Preguntémonos: ¿cómo ve Dios el objeto de mi conocer? ¿Lo ve como se me presenta a mí o de manera completamente distinta? Es decir, ¿lo ve como una participación de sí, de su mismo Ser? Porque si lo ve como una participación de sí, no como lo veo yo, quiere decir que yo no veo el objeto como es en su realidad, sino como yo lo hago comprensible para mí mediante lo que proyecto de mí en él, lo que lo hace así como yo lo veo. Entonces, si el objeto es inteligible para mí sólo por lo que he racionalizado de él, que en el fondo es una proyección de mí en él, para Dios todo es inteligible, porque todo es generado por Él, y es generado ad extra, como algo distinto de sí. Desde esta perspectiva, podemos dar un paso más en la comprensión del acto cognoscitivo. El acto cognoscitivo es generador, porque participar del intelecto divino me hace capaz a mí, criatura inteligente, de entrar en relación con el objeto exterior. Esta relación une el objeto a mí y a la vez lo distingue. Por lo tanto, mi conocimiento del objeto, inmediato y a la vez mediado por mi verbo interior, al generar el objeto de la manera explicada, me lo hace inteligible. Me parece que todo esto puede llevar a la solución de cuestiones todavía pendientes, tanto de tipo empirista como idealista. De hecho, tan cierto es que las cosas son como yo las veo como que no lo son, porque no las veo como las ve Dios, el Ser absoluto, que es la Realidad de todo. Al participar yo de la inteligencia divina, las cosas son tal y como las veo, porque al conocerlas, no las deformo en su realidad; sin embargo, al participar ellas también en el Ser divino, tampoco son del todo tal y como se me presentan a mí. Más bien, son así para mí ahora, en este mundo, en la situación histórica y existencial en que me encuentro. Podré verlas exactamente como son cuando viva en la plenitud escatológica, una vez queden superados los límites espacio-temporales. Sin embargo, podría verlas ya exactamente como son si las viera con los ojos de Dios. La vida de la gracia, la fe, puede prepararnos para ello, porque ya desde ahora transforma nuestra manera de ver las cosas. Sería el comienzo de lo que será, de lo que veré en el más allá cuando vea cómo genera Dios las cosas. Participaré en Dios, como verbo en el Verbo, en su generación. Sólo entonces las conoceré completamente. En resumen, si conocer consiste en proyectar mi razón en el ser de las cosas que se me presentan desde el exterior, entonces conozco en la medida en que me entrego en mi racionalidad a las cosas mismas. En esta entrega me diferencio de las cosas y las conozco como objeto, mientras que las cosas se me entregan a su vez hechas racionales. Es el misterio del ser como don, como relación, que da su forma también al aspecto cognoscitivo y que encuentra su absoluta perfección en Dios Trinidad. Él se conoce plenamente en el don, porque conocerse en Dios consiste en la comunicación de la naturaleza divina del Padre en el Hijo. Cuando nuestro ser participe totalmente en Él, nosotros también conoceremos plenamente.


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