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Abril - 2009


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Separadamente unidos

Antonio Santos


Todos conocemos algún caso cercano de separación, pero preferimos no hablar de ello.

«Pensaba encontrarme con una serie de “ados”: desesperados, separados, destrozados… y me encontré con gente feliz». Esto dijo una persona al acabar un congreso para separados promovido por Familias Nuevas. ¿Por qué esta impresión? La separación… Todos conocemos algún caso cercano, pero preferimos no hablar de ello. Es como un fracaso de carácter privado que concierne sólo a los implicados y les pone etiqueta: “separado”, “divorciado”, cuando no los margina y aun condena. Falta un poco de comprensión, incluso por parte de los mismos familiares y amigos, lo cual agudiza el sufrimiento y la soledad que comporta la separación, que suele ir acompañada de sentimiento de culpa e impotencia: sin objetivos, sin sitio, sin fe en sí mismos y tal vez sin fe en Dios. He asistido a varios congresos de separados, algunos internacionales, organizados por Familias Nuevas, y en todos he notado el respeto y la seriedad con que se acoge la dignidad de estas personas, sin prejuzgarlas. Todo lo contrario. Cuando Chiara Lubich dio el pistoletazo de salida al Movimiento Familias Nuevas, le preguntaron: ¿Qué familias hemos de preferir? Y ella respondió: Aquellas minadas por la separación, el divorcio, desmembradas… O sea, no se trata de “darles consejo” ni “adoctrinarlas”, sino de acoger su dolor para sufrir con quien sufre y llorar con quien llora. Esto es literal. Hay un detalle que se repite en estos encuentros: el paquete de pañuelos en una esquina de la mesa. Porque ya pueden haber pasado años desde la separación que sólo el hecho de rememorarla mueve a lágrimas, y hay que enjugarlas. Será por eso por lo que los separados se sienten como en su casa, como algunos dicen. Se requiere para esto cierta sensibilidad que no se aprende en los libros, me decía una persona que llevaba varios años en contacto con personas separadas; es decir, para establecer una relación de empatía antes de darle una sugerencia que le ayude a comprender qué está bien y qué está mal. Ya llegará el momento. Se mire por donde se mire, la separación conyugal es la prueba más dura del matrimonio. Una persona separada me decía: «Nunca habría imaginado el abismo de sufrimiento y de problemas que comporta la separación en una familia». Y otra: «Es como una bomba que estalla en tu casa y descompone todo lo que se ha construido durante años con sacrificio, paciencia y amor. Cae todo de golpe, nada queda en su sitio y no sabes por dónde empezar». Es normal, pues, que cuando hablan los separados afloren luces y sombras de su matrimonio, pero sobre todo los sentimientos de culpa, frustración y humillación que provocaron aquellas rabias, rencores y amarguras que culminaron en ruptura. Y es que la separación es comparable al luto, pues es una ruptura drástica. Se va gestando en el tiempo, pero cuando llega es desgarradora y tiene consecuencias a nivel personal, matrimonial, familiar, social… y eclesial, si se trata de personas vinculadas a la Iglesia. Protagonistas: los separados. Condición de dolor. Todo dolor, dice Chiara Lubich, es un reflejo del dolor que Jesús sufrió en la cruz. En ese instante su máximo dolor fue sentirse “separado” del Padre. De hecho gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pero justo ahí se esconde su máximo amor por el ser humano. Pensarlo así le da a la persona separada sosiego y fuerzas para afrontar su situación familiar, que no termina con la separación. Si el separado se refleja en Jesús abandonado, entonces sigue amando, igual que Jesús. Primero a sus hijos, si los tiene, y también, aunque de un modo distinto, a esa persona que tanto amó y que ya no le corresponde. La Iglesia ilumina con la Palabra de Dios el origen y el sentido del sacramento que une a los cónyuges, entendido como relación de amor entre un hombre y una mujer que refleja el “nosotros” de la Trinidad. Por eso el sacramento del matrimonio es un regalo de Dios y ayuda a sanar las llagas que deja la separación. Hace bien conocer a otros separados. Se pasa de la reflexión personal al diálogo; cada uno repasa su historia y luego la comparte con el corazón en la mano, y comunica el sufrimiento y los problemas que comporta la separación, que son muchos. Pero acabas recuperando el sentido de familia, que creías roto, sencillamente porque ahora te ves capaz de un amor más grande. RECUADRO Una verdadera familia Tengo dos hijos, uno de 20 años y otro de 16. Cuando estaba en el séptimo mes del segundo embarazo, mi marido me dijo que se había enamorado de otra mujer y quería estar con ella. Me sentí traicionada, abandonada. Pasé días y noches llorando y con miedo de que al hijo que llevaba dentro le afectara tanto dolor de su madre. Me había casado para toda la vida, teníamos un hijo de 3 años y otro en camino..., y mi marido se marchaba. Una tía mía, que fue mi segunda madre, me decía que si tuviera fe todo, me resultaría más fácil, pero yo lo veía todo oscuro. Murió hace ocho años y en su funeral me dirigí a ella: «Tía, siempre has querido que tuviera fe. Si es verdad que hay algo mas allá, si me escuchas, ayúdame a creer, quiero ver la Luz». ¡Algo ocurrió en ese mismo instante! Cuando salí de la iglesia, todo lo vi diferente, sentí una gran paz. Con el tiempo he podido perdonar a mi marido e intento no juzgarlo. Ahora tenemos una buena relación y dos o tres veces al mes comemos los cuatro juntos. Esto nos hace mucho bien, en especial a nuestros hijos. Perdonarlo me ha liberado mucho, ya no lo veo como a un enemigo en potencia, sino como el padre de mis hijos. Creo que en realidad no podía perdonar a los hombres en general, pues los veía como “los malos de la película”. Una vez, una amiga me aconsejó que hiciera una terapia psicológica, pero no me sentía con fuerzas. Se lo encomendé a Jesús: «Encárgate tú, lo dejo en tus manos». No habían pasado ni cinco minutos cuando sonó el teléfono: me invitaban a un encuentro para separados, precisamente… Me quedé impresionada por la respuesta tan rápida y dije que iría. Colgué el teléfono gritando: «¡Gracias, gracias, gracias!». El encuentro resultó la mejor terapia. Escuché testimonios de hombres que habían sufrido por la separación y comprendí muchas cosas. Encontré respeto, comprensión, amor, mucha unidad... y también el sentido de mi situación, pues hacía mucho que me sentía sin familia, y ahí descubrí que tengo una familia a la que dedicarme: mi propia familia. Con mis hijos formamos una verdadera familia… y también con su padre, aunque sea en una situación particular. Había ido a un encuentro de separados y en cambio sentí unidad. Es cierto que estoy separada, pero es sólo un aspecto de mi vida y no por eso debo separarme de otras cosas. Tengo mi lugar en la Iglesia. Antes me parecía que el Papa estaba lejos de nuestra realidad; ahora veo que somos considerados y amados. En septiembre mi hijo mayor se marchó con una beca Erasmus. Lo vi adulto y pensé que quedaba poco para que se fuera de casa. Y el menor me dijo que quería irse a vivir con su padre. ¡Los dos a la vez! Sé que mis hijos no son míos, sino de Dios, pero... ¡que dolor! Los entregué con las pocas fuerzas que tenía. María, que es madre y me entiende, cuidaría de ellos. Después sucedió un milagro: me propusieron ayudar en una misión de Nicaragua. Yo entregaba a dos hijos y Dios y María me entregaban a cien niños. Mi hijo mayor ha terminado de estudiar en Austria, y el menor ha vuelto, pues dice que éste es su hogar. Ha tenido una experiencia positiva, pero quiere estar con nosotros, en casa. Marian E.


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