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Marzo - 2009


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EDUCACIÓN

Jesús García


Los peligros no deben llevarnos a apagar el ordenador

De entrada, una cuestión obvia. Las tecnologías de las que vamos a hablar (móviles, internet, chats, etc.) no son perversas en sí mismas; otra cuestión es el uso perverso de las mismas. De hecho, estos medios puestos al servicio de la solidaridad, de la fraternidad o de la justicia son muy eficaces. Nuestros hijos –no lo neguemos– son “hijos” de estas nuevas tecnologías y las entienden y utilizan mucho mejor que nosotros. Sin embargo, se hallan en situación de extrema vulnerabilidad ante ellas. ¿Cómo ayudarlos a usarlos de forma adecuada, para que les ayuden a crecer como personas y, en consecuencia, que no les perjudiquen? Al igual que los adultos, también los más jóvenes utilizan internet y móviles en función de sus necesidades y motivaciones; lo hacen para socializar, conocerse y compartir pensamientos y emociones sobre su vida académica, familiar, afectiva y, en general, para compartir ámbitos muy personales. Es decir, son chicos y chicas –personas– que mientras hablan con el móvil o navegan por internet desarrollan relaciones y viven experiencias. El “mundo” que se les propone a nuestros hijos en estos medios es percibido por ellos como una dimensión ideal, deseable pero sobre todo “verdadera” o, mejor dicho, que puede llegar a ser verdadera. La familiaridad con que usan estos medios les lleva a preferir lo virtual porque es más cómodo que las relaciones (a veces difíciles) “reales” con sus coetáneos y sus amigos. Además, aun siendo adolescentes y jóvenes “técnicamente competentes”, no se dan cuenta de las consecuencias de algunas de sus actitudes y de la implicación emocional en estas nuevas tecnologías, de modo que no se dan cuenta de los peligros que corren ante el uso no seguro de internet y de los móviles. Este es un terreno abonado para que los riesgos se conviertan en peligros concretos: el uso acrítico de los medios, el acceso anónimo, la infiltración de adultos en las redes de jóvenes, el acoso y maltrato mediante internet (cyberbulling), violencia en los videojuegos, publicidad engañosa, pornografía y pedofilia, informaciones erróneas en las páginas que ofrecen apuntes gratis, actividades fraudulentas en las descargas de música y vídeos (son ilegales y vehículo para transmitir virus informáticos o daños al teléfono) o, finalmente, la dependencia patológica que el uso excesivo de estos medios puede crear. Pero todo esto no debe inducirnos a apagar el móvil o a desconectar internet. Vayamos por partes. –Mantener siempre activa la conexión entre padres e hijos. Esto significa una relación abierta, concreta y, como hemos dicho en otras ocasiones, “de calidad”. Pero también significa una relación que ayuda a intercambiar información sobre estos medios, conocimiento técnico y riesgos que conlleva. –Si aumenta el uso crítico, disminuye el riesgo. Significa ayudar a nuestros hijos a “gestionar” sus relaciones y las “emociones” de dichas relaciones: timidez, inhibición, idealización... Es fundamental encontrar espacio, tiempo y recursos para compartir con nuestros hijos lo que sentimos y sienten; hablar distendidamente sobre lo que, por ejemplo, siente un compañero al que humillan por internet, o lo que se siente ante una imagen ofensiva o vejatoria; que sepan escuchar y se sientan escuchados… –La diversión es bonita cuando es variada. Se trata de ayudarles a que desarrollen una “economía” adecuada de su jornada y de su vida, de forma que se dé tiempo y espacio a los intereses deportivos, artísticos, musicales y, sobre todo, sociales. Que tengan amigos “reales” con los que salen y entran, que vienen a casa y, sobre todo, que la familia sea un punto de referencia importante con celebraciones divertidas y profundas, con encuentros amables, etc. Si no es así, aumenta la probabilidad de que las tecnologías adquieran demasiada importancia en la vida de los chicos y, sobre todo, ocupen los “vacíos” que crea la ausencia de este tipo de “emociones” fuertes y reales. Un apunte más. El papel de los adultos en relación con los chicos debe modificarse y adaptarse a la edad de éstos. A partir de aquí, podemos reflexionar sobre cuestiones como el tiempo que nuestros hijos están conectados a internet, el lugar de la casa en que se encuentra el ordenador, cuántos ordenadores hay en el hogar, las páginas web que visitan..., pero eso será objeto de otro artículo. No lo olvidemos, la relación con nuestros hijos es el primer y más eficaz antídoto contra los peligros. lungar@telefonica.net


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