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Marzo - 2009


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Paradójica belleza

Juan Fernández Robles


El pasado 8 de enero falleció el sacerdote murciano Francisco Sánchez Abellán, habitual colaborador de nuestra revista.

Un denominador común se esconde tras los recuerdos que compartimos quienes lo hemos conocido y crecido bajo su sombra: un deseo de gritar «gracias». Gracias por su entrega y sus consejos, por su labor pastoral y su pasión por el arte, por su alegría, su paciencia, su generosidad… y muy especialmente por sus actos de amor a cada uno de nosotros. Era la noche del 8 de enero cuando don Francisco Sánchez Abellán emprendió su último viaje. Detrás quedaban varios años de lucha contra una enfermedad que en los últimos meses apenas le permitió tenerse en pie y que en varias ocasiones lo había postrado en una cama del hospital. Finalizaba así, rodeado de sus familiares, su “santo viaje” en la tierra e iba a presentarse ante el Eterno Padre. Unas pocas líneas no bastan para trazar la semblanza de don Francisco, así que prefiero reflejar esos comentarios emotivos que suelen acompañar la desaparición de una persona querida. El día del funeral, mientras media España se cubría de un manto blanco, el vicario general de la diócesis, Miguel Ángel Cárceles, ponía el acento en la actitud de don Francisco, nuestro Paco, una vez que fue consciente de la gravedad de su estado: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», igual que Jesús antes de expirar en la cruz. «Murió como Jesús –subraya el vicario– (…) lleno de paz; destrozado, pero sin una palabra en contra de nada ni de nadie; su mirada, siempre bellísima, se iluminaba cuando hablaba de Jesús; realmente podemos afirmar que ha sido una persona extraordinaria». Me viene ahora a la mente un texto del profeta Isaías: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar (…), así será mi palabra» (Is 55, 10). Don Francisco fue fiel hasta el último momento. Así lo refleja el testimonio de Fátima. Cuenta que una vez le preguntó: «¿Paco, no te rebelas contra Dios? Después de todo lo que has hecho durante toda tu vida… y ahora te manda esta enfermedad?». Y él respondió: «No puedo rebelarme contra el Padre, ya que desde la eternidad ya había pensado en hacerme este regalo». Otros testimonios insisten en esto mismo: «Cuando le preguntaba cómo estaba, siempre me decía que la enfermedad que tenía era un regalo, un don de Dios», comenta Loli. Otras personas señalan su generosidad. «Cuando iba a verlo –dice Conchita– le llevaba bombones, y él me decía: ¡qué bien, ya tengo para darle a los seminaristas cuando vengan a verme!». Y otras insisten en que su forma de vivir la enfermedad ha sido un ejemplo para muchos. María José relata así una visita a Paco en el hospital: «Me impresionaba cómo entendía claramente que su enfermedad era voluntad de Dios, se le notaba en la cara. Su cuerpo entero hablaba de saber perder dignamente, de una donación completa a Jesús. Una vez que lo visité, aunque casi no podía hablar, lo primero que hizo fue preguntarme cómo estaba yo, pues sabía que había estado enferma. Lo tenía todo presente y ofrecía su dolor por los que sufren. Me emocionó ver cómo vivía su dolor. Y no habló más, no tenía fuerzas». Antonio, por su parte, afirma que «Paco siempre estaba dispuesto a actuar como sacerdote: para escucharte, para los sacramentos, para una necesidad… Y todo lo hacía intensamente. Procuraba entrar dentro de tu alma y, después de escucharte profundamente, te respondía con su propia experiencia. Rara vez no te sentías reconfortado, y no recuerdo ningún consejo gratuito». Mientras que a Mari Carmen le marcó para siempre el haberlo conocido: «Creo que ha sabido pasar por la vida dejando una huella profunda. Es un ejemplo para poder imitar. Yo destacaría la expresión de su mirada. ¡Cuántas veces he salido de sus homilías dispuesta a seguir amando y con las ideas ordenadas!». Es entrañable lo que recuerda José Antonio: «A mis trece años me encontré con una persona que, sin saber gran cosa de mí, me proponía hacer de Dios el ideal de mi vida. Reconozco que yo no era muy consciente de lo que me estaba proponiendo, pero me atrajo su propuesta. Creo que era la primera cosa seria que me proponían, y hasta me resultaba perfectamente posible, porque veía esa misma decisión en Paco. Él había elegido a Dios como el ideal de su vida y rebosaba sabiduría, alegría, vitalidad, buen humor, paciencia… Las confesiones con él eran diálogos que te enriquecían el alma. Paco era creíble porque vivía lo que decía, te convencían sus hechos». El testimonio de Juan Pío tampoco tiene desperdicio: «Para mi fue como un segundo padre. Lo conocí con apenas 14 años y he crecido junto a él, al igual que toda una generación de jóvenes que su mayoría hoy somos padres de familia. Su vida, su forma de ser, su mirada... transmitían vida. Cuando en el funeral se cantó la canción “He encontrado un tesoro”, parecía que lo estaba viendo allí, en la parroquia, enseñándonos a cantarla… y a sentir que ese tesoro iba a marcar el destino de nuestras vidas. Le doy gracias a Dios por haberlo puesto en mi vida». Por último, unas palabras de Pepe: «Durante el funeral recordaba un sermón suyo. Decía que, cuando muriera y se presentara ante el Padre, sólo diría: “yo soy gracias”. Y me lo imaginaba con su cara bondadosa siempre dispuesto a escuchar. Somos muchos los que le debemos mucho. En definitiva, se me ha ido un trozo de mi vida...». Apenas había transcurrido una semana desde su muerte y ya se habría podido escribir un libro con los testimonios recogidos. Don Francisco era un apasionado del arte, y es ésta la faceta que los lectores de Ciudad Nueva más conocen gracias a los comentarios de la sección “saber mirar” que se vienen publicando desde hace varios años. Hay una publicación suya que reúne unos comentarios a veinte imágenes sobre el Santo Rosario que se exhiben en el recorrido que hacen los peregrinos desde la iglesia de El Salvador de Caravaca de la Cruz, su primer destino, hasta la Basílica Santuario de la Vera Cruz. En esta obra podemos leer: «La razón por la que Dios es Verdad (dogma), Bondad (moral), Justicia (…) es igualmente válida para Dios Belleza, y cuando se hermanan estética, dogma, Biblia y cultura, y se tocan las fibras más sensibles del ser humano, que, por estar hecho a imagen y semejanza de Dios, tiene los mismos atributos de Dios en espera de que alguien los despierte. Nos preguntamos con Dostoievski: “¿No será la Belleza la que salve el mundo?”. De hecho, el ser humano puede disentir, tener una visión del mundo y su entorno distinta, pero todos están de acuerdo, coinciden en disfrutar la belleza de la creación, la belleza moral, la belleza estética de cualquier época o cultura a la que pertenezca. Todas estas bellezas despiertan, ayudan a pasar de la potencia al acto, al Dios Belleza que todos llevamos dentro». El funeral fue presidido por el obispo de la diócesis de Cartagena–Murcia, Juan Antonio Reig Plá, y concelebrado por medio centenar de sacerdotes, algunos de otras diócesis. De las palabras del obispo cabe destacar su reconocimiento a la labor de don Francisco como «una siembra» de sabiduría que fructificó en el nacimiento y desarrollo de la Obra de María en la región de Murcia. Gracias, Paco, por haber caminado a nuestro lado en el Santo Viaje. «Sentiste el Amor de Dios y lo invocaste para entregarle tu espíritu. Como Jesús abandonado. ¡Qué paradójica belleza la de Jesús!», como diría Chiara. ¡Qué paradójica belleza la tuya!


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