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Marzo - 2009


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Redescubriendo tradiciones: Pan y agua

Miguel Galván


Los deleites de la mesa son un bálsamo para el corazón. Sin embargo, el ayuno se practica desde tiempos inmemoriales.

Estamos hechos para la felicidad y, entre los consuelos de la vida terrena, los deleites de la buena mesa ocupan un puesto de honor. La cocina puede llegar a ser un arte, pero incluso cuando se prepara un plato humilde con cariño, éste se convierte en bálsamo para el corazón de quien lo degusta. Ya lo dice la Biblia: «Así que yo alabo la alegría, porque la única felicidad del hombre bajo el sol consiste en comer, beber y disfrutar…» . Pero, entonces, ¿por qué se practica el ayuno desde tiempos inmemoriales? Se trata de un fenómeno común a muchas culturas. Los griegos de la antigüedad ayunaban para prepararse a celebrar los misterios de Eleusis; los egipcios, para celebrar los de Isis; los aztecas ayunaban igual que ayunan los aborígenes australianos; los indios de Norteamérica ayunaban en honor de un tótem y los pueblos africanos ayunan a pesar de la endémica escasez de comida. En las religiones primitivas el ayuno se considera como un medio para complacer a los dioses o una forma de prepararse para las ceremonias. Hasta lo pragmáticos romanos practicaban el ayuno con ocasión de fiestas civiles o religiosas. Lo mismo hacían los seguidores del moderado Confucio, mientras que en el jainismo ayunar es uno de los medios principales que tiene el creyente para deshacerse de las pasiones. En el hinduismo y en el budismo, el ayuno es uno de los pilares de la vida espiritual. Los monjes budistas ayunan desde el mediodía hasta el amanecer del día siguiente y esa extraordinaria persona que fue Mahatma Gandhi practicó largos ayunos, que utilizó también como arma política. El sabio persa Zoroastro parece haber sido la única “oveja negra” de la antigüedad, ya que se declaró contrario a la abstención de la comida. No obstante, con el tiempo sus seguidores han incorporado algunos ayunos a sus prácticas religiosas. Los seguidores del Islam se abstienen de comer y de beber desde el amanecer hasta la puesta del sol durante el sagrado mes lunar de Ramadán «en el que descendió el Corán para guiar a los hombres». Lo mismo hacen los judíos en el día de la expiación, el Yom Kippur. Su ayuno se extiende desde la puesta del sol hasta que aparecen las primeras estrellas al día siguiente. Según los teólogos de ambas religiones, el ayuno está íntimamente unido al destino humano. Para los musulmanes, las puertas del Cielo se abren durante una de las últimas noches del Ramadán, la noche del destino; para los hebreos, el perdón que Dios concede a los que se arrepienten sinceramente se ratifica en el Cielo durante Yom Kippur. En la Biblia encontramos varios tipos de ayuno, individuales y colectivos. Se practican en señal de luto, para pedir favores al Cielo o en señal de arrepentimiento. Siempre van acompañados de la oración y a menudo los penitentes se visten de saco y se espolvorean ceniza en la cabeza. Los ayunos de la bella y orgullosa viuda Judit, del profeta Daniel y de Judas Macabeo, que ayuna con sus tropas antes de acometer la batalla contra los enemigos de Israel, son sólo unos ejemplos. En el libro de Jonás, la población de Nínive se salva del castigo divino mediante el ayuno. Ester ayuna antes de presentarse valientemente al rey Jerjes, al cual conquista con su gracia seductora y de esta manera impide el primer exterminio programado de su pueblo. David ayuna por la muerte de su amigo Jonatán y de su enemigo Saúl, y también para pedirle a Dios la curación de su hijo. Pero cuando el Señor no le concede ese favor, interrumpe el ayuno con estas palabras: «Cuando vivía el niño, ayunaba y lloraba porque pensaba: “¡Quizás el Señor tenga piedad de mí, y deje con vida al niño!” Pero ahora que ha muerto, ¿para qué voy a ayunar? ¿Puedo yo devolverle la vida?» . Entonces David consuela a su esposa Betsabé y a continuación ésta concibe a Salomón. Este hecho ilustra que en la visión bíblica, el ayuno nunca es un fin en sí mismo, tiene siempre una finalidad y está limitado en el tiempo. La vida siempre es superior. Los Evangelios también narran ayunos severos, como los de Juan el bautista, la profetisa Ana en el Templo y los fariseos fervientes. El mismo Jesús ayunó durante cuarenta días en el desierto, como lo había hecho Moisés en el Horeb y Elías. Viendo en el cristiano al hombre nuevo –ya muerto en Cristo–, Pablo no daba mucha importancia al ayuno ni a prácticas similares: «“No tomes, no gustes, no toques”, se os dice. Pero todo está destinado a perecer con el uso, pues son prescripciones y enseñanzas de hombres, que tienen cierta apariencia de sabiduría por su aire de religiosidad, de humildad y de mortificación corporal, pero que sólo sirven para satisfacer el propio egoísmo» . Éste era su drástico juicio. Pero después de Pablo, enteros ejércitos de monjes han ayunado en lugares tan dispares como el desierto de Egipto, los valles de Irlanda, los Apeninos italianos o las montañas de Armenia. La Iglesia primitiva vinculó el ayuno a la solicitud de perdón, porque, como decía san Basilio (s. IV), «el arrepentimiento sin el ayuno es inútil». Las características del ayuno cristiano difieren mucho de las recientes formas de ayuno terapéutico que algunos practican para rejuvenecerse física y mentalmente. La Iglesia ha considerado siempre el ayuno como un gesto humanamente absurdo que, sin embargo, sirve para dar testimonio de la existencia de Alguien superior. Se ve como un sacrificio encaminado a domar el cuerpo para favorecer la humildad, la oración íntima, la unión con Dios, y para volver a enfocar el sentido de la vida; también para pedir favores imposibles. Actualmente la Iglesia católica prescribe sólo dos días de ayuno al año –el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo– y la abstinencia de comida una hora antes de recibir la Eucaristía, pero en el pasado, la Iglesia latina practicaba ayunos severos. Todavía hoy varias Iglesias de Oriente practican el ayuno de cuarenta días por Cuaresma, periodo en el que toman una sola comida al día y se abstienen de comer carne, huevos, productos lácteos y, a veces, incluso pescado, aceite y vino. Por lo que respecta al ayuno, Jesús se comporta de la misma manera que los profetas de Israel: critica con vehemencia a quienes lo practican hipócritamente sólo con el cuerpo y no con el corazón. En sus palabras resuena la ira de Isaías: «¿Es acaso ése el ayuno que yo quiero cuando alguien decide mortificarse?» . Cuando los escrupulosos fariseos le preguntan por qué sus discípulos no ayunan, él les responde francamente que no tiene ningún sentido privarse de la comida mientras el novio está presente. Es el momento de celebrar que es la única vez en la historia en la que Dios ha vivido como hombre entre su gente. ¿Cómo se puede ayunar en un banquete de bodas? Por este motivo también la Iglesia prohíbe ayunar en los tiempos de fiesta. Pero Jesús advertía: «Llegará un día en que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán» . Ese tiempo ya ha llegado desde hace dos mil años. Hoy en día, siguiendo la tendencia generalizada de la sociedad a la vida relajada, el ayuno se practica a la ligera incluso durante el par de días que la Iglesia propone. Sin duda, nadie puede juzgar la insondable intención del corazón, pero se trata de recuperar esta antigua práctica para poder descubrir que el ayuno no anula sino que, en cierto modo, exalta la tendencia natural a gozar de todas las alegrías de la creación, incluida la buena mesa. El ayuno cristiano es como un turno de guardia durante el cual nos apostamos sobre las murallas simbólicas de nuestra humanidad para otear a lo lejos señales de la llegada de la alegría que no acabará.


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