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Marzo - 2009


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Estado vegetativo

José Luis Guinot*


El caso de la italiana Eluana Englaro ha despertado de nuevo un debate ético en nuestra sociedad.

¿A favor o en contra? ¿Mantener a una persona en coma durante diecisiete años, con el sufrimiento que ello conlleva en la familia, o retirar los medios terapéuticos que la mantienen con vida vegetativa y evitar ese sufrimiento? De nuevo se ha utilizado una situación delicada como arma arrojadiza para dividir: o estás a favor de la vida y hay que mantener a toda costa a una persona en esa situación (quien no piense así defiende la muerte), o estás a favor de elegir la forma de morir (quien no piense así defiende el sufrimiento sin sentido). Se da cierta manipulación por parte de los medios de comunicación y las alineaciones políticas (van de la mano) para poner de relieve que existen dos posturas enfrentadas, y los ciudadanos nos dejamos atrapar en ese juego como si fuéramos enemigos o tuviéramos visiones opuestas de la vida. La realidad es otra. Viendo los hechos a distancia, cada uno se forma una opinión, mediatizada por las fuentes de las que se nutre, pero los que estamos cerca de pacientes con enfermedad terminal, en situación de pérdida progresiva de la conciencia, con un dolor intratable que requiere sedación profunda o coma, lo vivimos de otra manera. Al lado de la cama de una persona enferma ni se defiende la muerte ni se defiende el sufrimiento. Se lucha por dar vida, pero una vida con sentido, con esperanza. Elegir la muerte como solución al sufrimiento, como se plantea con la eutanasia en casos de enfermedad terminal, no es acertado, ya que existen los cuidados paliativos. Mantener a toda costa con vida a una persona conectada a máquinas tampoco es adecuado, cuando no hay expectativas reales de recuperación, pues caemos en el encarnizamiento terapéutico. La mal llamada eutanasia cuando la persona sufre una enfermedad invalidante, degenerativa o incurable es tema para otro momento, pues en realidad se trata de un suicidio, asistido o no. Lo que nos toca a todos el corazón es qué hacer en casos como el de Eluana: diecisiete años sin despertar, con sólo 40 kilos y sin expectativas. Y qué decir de su familia, que no quiere verla más así. Cuando crees que ese ser querido ya no va a recuperarse del coma, el duelo por su pérdida se mantiene durante años, ya que no llega a morir, y por tanto no puedes superarlo. Es un duelo permanente. Necesitamos que la ciencia siga investigando y nos pueda dar más detalles que aclaren cuándo se llega a un punto de no retorno. Hoy estamos de acuerdo en que, cuando el cerebro deja de reflejar ondas en el electroencefalograma (EEG), no hay vuelta atrás. Se considera “muerte cerebral” y, aunque el corazón siga latiendo y los pulmones respirando conectados a máquinas, se acepta que se pueden usar los órganos de esa persona para un transplante. Y es un acto que no da muerte, sino vida a otras personas. En tal caso la ciencia demuestra que esa persona ya ha muerto y no hay posibilidad de recuperación. Por otro lado, existen distintos niveles de coma. Se habla de “estado de mínima conciencia” (coma superficial) y se sabe que ha habido casos de recuperación. Nadie cuestiona este estado. Hay un coma más profundo, que denominamos “estado vegetativo”, que produce alteraciones del EEG, mantiene los ciclos vigilia-sueño y permite reacciones simples automáticas, pero la persona carece de conciencia. También ha habido casos de recuperación inexplicables. Pero cuando este estado se prolonga en el tiempo se habla de “estado vegetativo permanente” (muerte neocortical, descerebrado), una condición irreversible que se establece después de tres meses en casos de patología cerebral, y un año en los de traumatismo cerebral. Ésta era la situación de Eluana. Aquí es donde llegamos a una fina línea en la que podríamos estar cerca de una muerte cerebral pero sin poder asegurarlo. Es excepcional una recuperación en casos así, pero la ciencia médica debe procurar estudiar todos los casos publicados para aclarar si hay un momento en que se puede considerar que se ha pasado el punto de no retorno, igual que lo sabemos cuando hay un EEG plano. Y ¿mientras tanto? Ante la duda, es obvio que la sociedad debe poner los medios para mantener a una persona en estado vegetativo permanente, mientras no podamos confirmar que no queda ninguna esperanza real. El alimento y el agua que se proporciona mediante una sonda no es nunca un encarnizamiento terapéutico, y no tiene sentido retirarlo. La Iglesia trata de dar luz a estas decisiones y dice que «no es lícito omitir una prestación debida a un paciente, sin la cual va irremisiblemente a la muerte; por ejemplo, los cuidados vitales (alimentación por tubo y remedios terapéuticos normales) debidos a todo paciente, aunque sufra un mal incurable o esté en fase terminal o aún en coma irreversible. (...) No se ha de omitir el tratamiento a enfermos en coma si existe alguna posibilidad de recuperación, aunque se pueden interrumpir cuando se haya constatado su total ineficacia. En todo caso siempre se han de mantener las medidas de sostenimiento» (1). Estamos de acuerdo. ¿Y la familia? No podemos ignorar que ahí esta el mayor sufrimiento y no basta con decir que hay que soportar con resignación esa terrible situación. El sufrimiento ha de tener un significado, hay que hacer algo para transformarlo. Primero haciendo ver a la familia que no acaba el sufrimiento eliminando a la persona en coma. Y no vale argumentar que ella estará sufriendo, pues el estado de coma no le deja reaccionar ante el dolor. El problema es el sufrimiento de la familia. Habrá que darles un apoyo excepcional para que puedan elegir, según sus fuerzas, si siguen a su lado día tras día, como si ese fuera su trabajo, con sus periodos de descanso y sus vacaciones, de modo que la atención al resto de la familia no venga a menos. El amor hay que repartirlo: no sólo al enfermo en coma, sino a cada uno de los demás familiares. La ley de dependencia debería prever situaciones así. Y en casos extremos, muy prolongados, que exista la posibilidad de ceder la custodia al Estado o a instituciones que se ocupen de estos enfermos para desligarse del compromiso legal. Las monjas que cuidaban a Eluana se ofrecían a seguir atendiéndola. Por último, hay que demostrar comprensión a los familiares que, tras muchos años, consideren que la situación es irreversible y decidan desistir de sus cuidados. Pero ello no implica entrar en una lucha legal para dejar morir, como ha ocurrido en Italia. Ninguna ley podrá decidir que una persona está en muerte cerebral. Es un tema médico, no de opinión. En conclusión, no podemos hacer de este tema una cuestión de enfrentamiento entre dos visiones opuestas de la vida. Hemos de respetar toda opinión, pues debatimos un tema muy complejo y sin respuestas claras. Pero ante la duda siempre se ha de defender al más débil, lo que implica mantener los cuidados de quien está en coma, pero también mantener emocional y socialmente a sus familiares. *) José Luis Guinot Rodríguez es médico, jefe clínico de oncología radioterápica del Instituto Valenciano de Oncología, vicepresidente de la asociación Viktor E. Frankl, y miembro del mundo de la sanidad de la Asociación Humanidad Nueva. 1) Conferencia Episcopal Española, La eutanasia. Ed. Palabra. Madrid 1993. Pág. 94.


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