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Marzo - 2009


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Vacas flacas

Luis Velasco


Para algunos economistas, esto no es más que un ciclo. Ha terminado un largo ciclo de prosperidad y empieza otro de recesión. Igual que el sueño del faraón interpretado por José: años de vacas gordas, años de vacas flacas.

Querer mantener un crecimiento económico continuo nos ha hecho incurrir en una serie de errores que nadie ha detectado ni podido evitar. Las famosas hipotecas subprime, concedidas a personas sin capacidad para pagarlas, y la globalización han propiciado que los riesgos asumidos se propagasen a todo el sistema financiero. Pero para llegar hasta aquí se han tenido que producir varios errores: primero, conceder hipotecas no recuperables; segundo, que éstas se titulicen y transmitan a otras entidades financieras que no sabían qué compraban (?!); y finalmente, que los reguladores del mercado financiero no hayan detectado y exigido la provisión de estos riesgos. Ya lo dice el refrán: la avaricia rompe el saco. Por lo que a España respecta, la promoción inmobiliaria había tocado techo en 2007, pues se pusieron en venta 800.000 viviendas, cuando la oferta anual rondaba las 400.000. Además disminuyó la demanda (en el verano de 2007 casi se paralizaron las ventas) y se produjo el hundimiento del sector, que se ha ido paralizando a medida que finalizaban las promociones en marcha. Con los sectores financiero e inmobiliario en crisis, el resto era cuestión de tiempo: caída en picado de la demanda en todos los sectores por falta de consumo privado; incremento del paro hasta los niveles más altos recordados; la banca trata de recomponer sus activos y congela los créditos; la inversión se detiene hasta que vuelvan tiempos mejores… Y el que todavía tiene algo, lo guarda bajo el colchón de la renta fija, que no da gran cosa, pero es más seguro. La crisis nos afecta a todos y la combatimos de formas diversas. Estados Unidos ha seguido una política monetaria agresiva en cuanto a variaciones de los tipos de interés, mientras que Europa se preocupa más por controlar la inflación que por corregir la caída del consumo, y la bajada de tipos ha llegado más tarde y de forma menos efectiva. Sobre todo este dato es desalentador: la tasa de paro de los veintisiete países de la UE ha pasado del 7,44% en el segundo trimestre de 2007 al 7,50% en el tercer trimestre de 2008. En ese mismo periodo, España ha pasado del 7,95% al 11,33%. Nuestro nivel de paro ha crecido 56 veces más, según indicadores del Banco de España, lo cual demuestra que nuestra economía es muy sensible a las variaciones de actividad. Y es que el sector inmobiliario era la locomotora de la actividad empresarial española. No podemos esperar a ver qué pasa porque se retrasaría el periodo de recuperación. Hay que tomar medidas a corto y largo plazo. A corto plazo tenemos que mejorar la actividad financiera y el consumo privado, inyectando tesorería en las entidades financieras para que éstas vuelvan a conceder créditos a los demás sectores económicos. Sólo que prestar dinero a los bancos le ha costado al gobierno una bajada en el rating de la deuda pública; o sea, que las Letras del Tesoro, las Obligaciones y los Bonos emitidos por el Estado son menos fiables que antes. Además hay que devolver la confianza a las empresas para que vuelvan a invertir, y a los particulares para que vuelvan a consumir. Pero esto no es fácil cuando la palabra más oída en los telediarios es ERE (expediente de regulación de empleo). Lo realmente importante son las medidas a largo plazo; el resto son parches. En un mercado internacional libre (o casi) y globalizado, los productos y servicios españoles compiten con los de los demás países y el consumidor, ante un mismo producto, comprará el más barato. De modo que, para poder vender, hay que producir lo que los demás no saben o no pueden producir, o hacerlo más barato, lo cual supone que nuestros costes han de ser menores. Los costes de un producto pueden cifrarse en cuatro grupos: materia prima, producción (básicamente el precio de la energía), mano de obra y comercialización (principalmente distribución o transporte al punto de venta). La materia prima no parece que sea nuestro principal problema, aunque seguimos subvencionando, por ejemplo, el carbón nacional, más caro que el importado porque se extrae bajo tierra, y no a cielo abierto. En cuanto a la energía, Europa acaba de comprobar su enorme dependencia energética con el altercado entre Rusia y Ucrania. Favorecer las energías limpias y estudiar nuevas fuentes está bien, pero hoy por hoy la base energética del mundo está en la electricidad y el petróleo. Luego habrá que estudiar cómo reducir nuestra factura de la luz, y esto quizás pase por poner al día la energía nuclear. La mano de obra es, probablemente, el punto más conflictivo. El sistema de pensiones en España parece una copia de los sistemas piramidales (famosos por la estafa de Madoff), ya que los cotizantes de hoy no invierten en su futura pensión, sino que pagan las pensiones actuales. El nivel de cobertura del desempleo, la estabilidad del empleo y los salarios mínimos no parecen poder competir con los costes de mano de obra de países como India o China, que se están convirtiendo en las factorías del mundo. Finalmente, los costes de comercialización y transporte enlazan con los del petróleo, cuyos inexplicables vaivenes del último año han provocado huelgas de transporte en toda Europa y enormes dificultades a las empresas: cuando el petróleo duplica su precio en unos meses y baja a la mitad en los siguientes, no hay quien estime los costes de transporte. Tal vez una reserva nacional de petróleo, como tienen China o EEUU, suavizaría los cambios bruscos de los precios. En todo caso, el desarrollo y la mejora constante de vías de comunicación (autovías, AVE, puertos y aeropuertos) son la mejor solución para facilitar el comercio interior y exterior. Con la inmigración actual en España, un incremento del 50% en la tasa de paro en 2008 será el germen de problemas sociales, porque es imposible mantener tranquila a una parte importante de la población que no llega a fin de mes. Antes, encontrar empleo poco especializado era relativamente fácil y sectores como la construcción eran canteras de empleo. Pero se han perdido 558.000 empleos en este sector. Las familias con todos sus miembros en paro son ya 820.000. Detrás de estas cifras hay auténticos dramas familiares: hipotecas impagadas, serios problemas para llegar a fin de mes y una demanda de ayuda social de la que no se tiene recuerdo en los últimos diez años. Es fundamental que adaptemos la ayuda social, enfocándola a los más necesitados: familias enteras sin empleo, personas mayores de 45 años o colectivos de difícil incorporación al mercado laboral. Nadie sabe cuándo llegará el final del túnel. Ésta es la primera crisis económica mundial del siglo XXI y no es comparable a las anteriores. En mi opinión, deberíamos tocar fondo durante 2009 y comenzar a recuperarnos durante 2010 y 2011, si se toman las medidas necesarias. Y deberíamos aprender de nuestros errores. Los gobiernos de Europa y EEUU parecen haber entendido que a los problemas globales hay que darles soluciones conjuntas y apoyadas por todos. Esto es muy positivo, pues es la primera vez que los líderes de diferentes países tratan de concertar medidas económicas que favorezcan a todos. Cualquier medida de tipo económico (bajada de tipos de interés), de tipo fiscal (rebaja en los impuestos) o de tipo social, será mucho más efectiva si la tomamos todos a la vez. Tal vez la llegada de Obama al poder sea una forma de renovar el ánimo de las personas y favorezca la efectividad de las decisiones que se tomen. En cualquier caso, y sin lugar a dudas, estamos mucho más preparados para afrontar una crisis en 2009 de lo que lo estábamos en 1929. No hay que dejarse llevar por las voces que ponen el mundo al borde del abismo. Se trata de un ciclo bajista, un profundo bache que nos hará replantearnos muchos conceptos básicos del capitalismo y del crecimiento sostenible, pero no es el fin del mundo. Unidos, una vez más, saldremos adelante. CONSUMIR DE OTRA FORMA Se ha subrayado poco que en el trasfondo de esta crisis hay una crisis moral, civil, política y antropológica que tiene que ver con nuestro estilo de vida y nuestro modo de relacionarnos con los bienes. Tomemos, por ejemplo, esa repetitiva invitación a consumir más: los que lanzan ese mensaje para salir de la crisis siguen pensando que lo que ocurre es como una enfermedad del sistema económico, y por lo tanto quieren resolverlo dentro del ámbito de la economía, si acaso desplazando el baricentro a la economía real (consumo y producción) del que nos había desplazado la borrachera financiera. Pero la cuestión es más compleja de como nos lo cuentan, y se podría resumir así: consumir no es la medicina, es la enfermedad misma. Veamos por qué. Uno de los fenómenos que han desencadenado la crisis han sido las llamadas hipotecas subprime: las familias americanas no lograban consumir más (el automóvil ya estaba en crisis) y había que relanzar el consumo. Comprar una casa parecía un buen método, pero había que rebajar los tipos de interés para que fuera posible. Sólo que con esos tipos los bancos ya no ganaban bastante, y entonces estalló el mercado de los títulos derivados a precios nada “naturales”, sino más bien dopados. Y ahora, para salir de la crisis, están orquestando algo parecido, y lo grave es que ni economistas ni políticos digan nada: Estados Unidos se está acercando al nivel cero en los tipos de interés, y Europa le va detrás. Todo para reactiva el consumo. De vez en cuando deberíamos de recordar que el interés no es sólo un costo para empresas y familias endeudadas, sino también una renta para quien ha prestado el dinero. Y sobre todo, en una economía sana, los intereses son también un indicador de confianza en el futuro: hoy invierto 100 y mañana tendré el fruto de esta inversión. De modo que un tipo de interés cero denota justamente la falta de confianza que se pretende activar. ¿Quién está dispuesto a prestar dinero a interés cero? ¿Las familias, el Estado? Si el Estado no puede respaldar los títulos que emite, entonces la crisis será de verdad insostenible. ¿Qué podemos hacer que sea creíble? Antes que nada, hay que relanzar el consumo colectivo y público y reducir el individual. El problema no es sólo el consumo, sino el tipo de consumo. Si disminuyen o empeoran la sanidad y el transporte, entonces el trabajo se tornará precario e inestable y el costo para las familias será mayor. En las necesidades y bienes colectivos nos estamos jugando hoy no sólo la economía, sino la democracia y la ciudadanía. Por último, se requiere más valor y coherencia en la política económica. Viene al caso recordar la vieja máxima, hoy olvidada, de que el primer modo serio de relanzar el consumo es reactivar el empleo. Cuando uno está sin trabajo, resulta frustrante que lo inviten a consumir, y además es ofensivo. Por otra parte, no se puede denunciar la cuestión ambiental y energética y al mismo tiempo seguir fomentando el uso del coche y encareciendo los transportes públicos. Una política económica seria debería incentivar los transportes públicos y hacerlos más económicos y accesibles, cerrar los centros históricos al tráfico y no estimular el uso privado del coche, sobre todo los de gran cilindrada. Es una política impopular y costosa, que requiere el compromiso de todos, pero puede ser sostenible y seria. En fin, que para este año no se trata sólo de consumir menos (también), sino de consumir de otra forma: menos consumo privado y más consumo colectivo y público. Una nota final. En materia de consumo, es necesario empezar a pensar globalmente. La globalización debería llevarnos a impulsar el consumo “bueno” en términos globales, y no sólo con connotaciones nacionales. Sin una política mundial que prevea el consumo colectivo y público, es difícil pensar en salir bien de la crisis. Hoy estamos ante un cambio de época, y no podemos encomendárselo sólo al consumo y al ahorro privado, ni tampoco a los gobiernos nacionales y regionales. La situación requiere una alianza mundial que, después de haber globalizado los costos y la fragilidad de la economía internacionalizada, empiece a globalizar también los derechos y las oportunidades de todos los ciudadanos del mundo. ¿Utopía? Creo que no, basta pensarlo, imaginarlo, quererlo y luego empezar por nosotros mismos, allí donde estemos, a nivel social, económico y político, y aguijonear a las instituciones locales y nacionales. Luigino Bruni


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