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Palabra y vida
Febrero - 2009


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De la vida misma


Dos testimonios sobrecogedores de unos padres que apuestan por la vida cuando todo lo desaconseja.

La niña sol Ana Isabel, nuestra “niña sol”, nació hace cinco meses contrariando los pronósticos médicos que aseguraban que moriría antes de nacer. Su vida nos ha permitido comprender el verdadero sentido del amor, que respeta y celebra la existencia del otro tal como es. Nuestra pequeña nació con síndrome de Down y nos ha sumergido en un nuevo universo que cada día nos asombra. Cuando asistimos a la primera ecografía, el diagnóstico era desgarrador: un edema general en el feto y una dilatación a la altura del cuello. Estos síntomas, según el parte médico, señalaban serios problemas en los órganos internos y una alta probabilidad de cromosomopatías entre las que el síndrome de Down era una de las más benignas. Sentimos una lanza en el corazón pero no dudamos ni un instante de que esa vida, con todas sus particularidades, era un regalo singular de Dios para nosotros, al igual que lo ha sido la vida de David José, nuestro primer hijo, que en pocos días cumplirá los cuatro años. Nos sugerían practicar una amniocentesis (extracción de líquido amniótico) para determinar con exactitud la gravedad de la situación. Nos negamos a realizar este examen. No tenía sentido recibir datos sobre la situación del feto cuando éstos ni siquiera daban posibilidades para algún tipo de tratamiento o de curación. En vista de este panorama tomamos una decisión firme: ofrecer a Dios la duda sobre la situación de nuestra hija como un acto de amor concreto por ella. Un ginecólogo nos habló de supuestos “derechos” a los que podíamos recurrir dada nuestra situación. Nos entristeció su ligereza ante la vida sagrada de nuestra hija, a quien desde el principio estábamos decididos a proteger. Durante el embarazo nos asistía la certeza de que la mirada amorosa de Dios se revelaría sobre nosotros. A decir verdad, rezamos cada día para que ocurriera un milagro. Para ambos fue una experiencia de confianza radical en la Providencia. Ahora que tenemos la dicha de abrazar, de mimar y de ver crecer a Ana Isabel, confirmamos que Dios nos hace regalos particulares; es necesario abrir los ojos y el corazón para entender su magnitud. No podemos ocultar que en el primer momento experimentamos dolor y perplejidad, pero nos enjugamos pronto las lágrimas decididos a luchar por esta vida que se nos confiaba y que llegaba a nuestra familia para enseñarnos a ser mejores: más generosos y más desinteresados. Es así como hemos recibido a nuestra “niña sol”, como un regalo de Dios, de quien sólo vienen cosas buenas, todas para nuestro bien. Hemos sorteado algunas dificultades, pues a los tres meses le practicaron una cirugía de corazón y un mes después la internaron nuevamente en clínica por un cuadro de bronqueolitis. Hemos entendido que amar a nuestra hija nos exige aceptarla con toda su realidad: su estado de salud, sus posibles crisis y la evolución particular que tendrá a causa de su cuadro genético. Probablemente el dolor nos rozará de nuevo, pero día a día crece en nosotros la convicción de que ese cromosoma de más es una bendición que nos permite “tocar” la ternura de Dios. Lo constatamos con la alegría, la ternura y la mirada limpia de nuestra hija que nos acerca al cielo. Mónica Montes y Jaime Borda Los tres días de Marcos Durante las vacaciones de 2006, una tarde comenzamos a hablar de tener un tercer hijo. Veíamos dificultades pero podía ser un buen momento. Al terminar de hablar, estábamos felices por lo que acabábamos de decidir. En diciembre, una semana después de confirmarse el embarazo, comencé a encontrarme mal. Me diagnosticaron una enfermedad inmunológica que requiere tratamiento farmacológico inmediato, y no se podía evitar la medicación, pero nos informaron que, aunque podía afectar al feto, no sería grave. La enfermedad evolucionó normalmente y el embarazo iba adelante. Hubo que someterse a unas pruebas que indicaron que el riesgo de que el niño padeciese síndrome de Down era alto. En el hospital nos propusieron realizar la amniocentesis para confirmar los análisis previos y decidir sobre la posibilidad de abortar. Esta prueba tiene un porcentaje de riesgo pequeño de tener un aborto espontáneo, pero el peligro existe. Algunas personas que conocían la situación nos sugirieron la posibilidad de abortar, pero nuestra respuesta fue simple: ¿Tú preferirías vivir o morir? Nuestro hijo quiere vivir. Al final descartamos la amniocentesis y nos quedó una gran paz. Mientras duró el embarazo, en muchos momentos fuimos conscientes de la decisión que habíamos tomado en aquellas vacaciones, e intuimos que Dios nos preparaba para momentos importantes. Pensábamos que el niño podría nacer con alguna malformación y nos preparábamos para amarlo cuando llegase. Días después de saber que era niño, pensamos en que había que darle un nombre ya, y sin haberlo hablado antes, los dos propusimos el mismo: Marcos. Después de un tiempo prolongado de tranquilidad, las ecografías indicaban que el niño no crecía correctamente. Luego comenzaron las subidas de tensión y en pocas semanas todo se precipitó. Antes del séptimo mes nos dijeron que había que sacar al niño pues detectaban sufrimiento fetal. En ese momento se planteó otra decisión: optar por la ligadura de trompas, pues era la tercera cesárea y los médicos no aconsejan una cuarta. Teníamos dudas, pero finalmente no se llevó a cabo. Marcos nació el 7 de junio de 2007, día del Corpus Christi. Desde el principio tuvo que tener respiración asistida. Pasaban las horas y no mejoraba, aunque le aplicaron tratamientos muy avanzados. La situación era grave... Sólo nos quedaba la oración y encomendamos nuestra familia a María. Al día siguiente, Marcos no había mejorado. El segundo día por la mañana parecía que había evolucionado bien pero al anochecer tuvo una grave crisis y se había quedado con unos niveles muy bajos de oxígeno en sangre. Vimos los parámetros en el monitor y comprendimos que estaba al borde de la muerte y que sólo la ayuda externa lo mantenía con vida. Una enfermera que había comprendido nuestras inquietudes nos sugirió bautizarlo y llamó al capellán. Mientras llegaba, estuvimos junto a Marcos cogiéndole de la mano y con lágrimas en los ojos. Dos horas después de ser bautizado nos confirmaron que Marcos ya estaba en el Paraíso. Podemos decir que Marcos nació, sufrió y fue bautizado... y nos queda la alegría de saber que está con el Padre. Isabel y Juan Ángel


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