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Febrero - 2009


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Contra los nuevos enemigos

Alberto Ferrucci


La cooperación científica europea se prepara para defendernos de unos virus que pueden ser letales.

Entre los años 1918 y 1920 una gripe que ha pasado a la historia como “fiebre española” llegó a matar por sí sola a cincuenta millones de personas en todo el mundo; o sea, más víctimas que en la primera guerra mundial. Si hoy el virus ébola, que reaparece intermitentemente en zonas aisladas del Congo y se lleva por delante a todo el que se cruce en su camino, tuviera posibilidades de propagarse en áreas muy pobladas, el efecto sería muy similar, cuando no más desastroso. Lamentablemente, una de las consecuencias del calentamiento global es que las regiones templadas se están volviendo más cálidas y húmedas. Ahora son más aptas para ciertos insectos tropicales que pueden transmitir virus que hasta ahora estaban confinados en regiones aisladas. Por eso los organismos sanitarios internacionales temen que este hecho se produzca cada vez más a menudo, lo cual ya está ocurriendo. Un ejemplo es el mosquito tigre, un mosquito que también pica de día y que el año pasado desató en Italia una epidemia de chikungunya, una enfermedad viral tropical que produce fiebre alta, vómitos y fuertes dolores en las articulaciones. Otro ejemplo es la difusión del dengue y la fiebre amarilla, causada entre otros por el aedes aegypti, un mosquito originario de Etiopía extendido por el Mediterráneo, que llegó a las regiones tropicales de Brasil en tiempos de la trata de esclavos. Últimamente está causando epidemias incluso en el estado de Sao Paulo, al sur del país. El mundo moderno no está preparado. En 1998, tres casos de encefalopatía causados por el virus West Nile en la zona de Nueva York no fueron identificados a tiempo porque, aunque el virus ya había sido aislado en Uganda en 1937, la prueba para detectarlo no estaba prevista en los protocolos del Center for Disease Control de Atlanta, uno de los mejores laboratorios del mundo. En estos últimos años todos hemos sido ampliamente informados sobre la gripe aviar, causada por el virus SARS, y que es letal para el hombre. Este virus, gracias a Dios, no tiene capacidad para transmitirse entre seres humanos, pero el miedo a una pandemia causada por una mutación de este virus puso en estado de alerta a toda China y a medio mundo. Desde el momento en que fue identificado, ha habido que esperar quince años para producir fármacos que se espera puedan combatirlo, pues el hipotético virus al que habría que combatir aún no existe. Estos temores, que inducen a los estados a acumular partidas de medicamentos de dudosa utilidad, están muy bien vistos en las empresas que producen fármacos, pero sería peligroso no tenerlos en cuenta, como si sólo fuera un mecanismo de enriquecimiento de los laboratorios farmacéuticos. Bienvenida sea, pues, una estrategia defensiva. A este respecto, parece muy válido el proyecto VIZIER (Viral Enzymes Involved in Replication; http://www.vizier-europe.org) que dirige el profesor Canard, del Consejo Nacional de Investigaciones de Francia. En el proyecto, además del laboratorio de Marsella donde trabaja Canard, participan otros laboratorios universitarios y privados de diez países europeos, entre ellos el Instituto de Biología Molecular de Barcelona. El proyecto cuenta con una financiación de trece millones de euros de la Unión Europea y aparece detallado en el número de septiembre de 2007 de la revista Research EU. Básicamente consiste en hacer frente a los nuevos virus de una forma sistemática, combatiendo y neutralizando la infantería que los virus utilizan para introducirse en nuestras células. Los virus son un fragmento de programa genético que necesita de las células para reproducirse y extenderse, es decir, tienen que entrar en ellas usando llaves que abren las abundantes puertas a través de las cuales las células se comunican, llevan a cabo las funciones para las que están hechas y se alimentan. Estas llaves son proteínas, es decir, largas cadenas de moléculas que resultan de reproducir secuencias que hay en el ADN. Apenas están impresas, estas cadenas forman un ovillo gracias a las fuerzas de atracción y repulsión que ejercen los elementos químicos de los que están constituidas. Imaginémonos una larga cadena formada por componentes que sólo pudiesen rodar en una dirección, los cuales llevasen incorporados unos imanes en las posiciones más variadas, capaces de atraer y repeler. El resultado será un ovillo que tendrá en su extremo las últimas espirales de la cadena. La capacidad de acción físico-química de la proteína dependerá de las fuerzas de atracción o repulsión que ejerzan las protuberancias y las cavidades de su superficie. De ahí que incluso un pequeño cambio en su composición puede hacer que la proteína se enrolle de un modo distinto, modificando así su superficie y sus propiedades. También el ambiente en el que la proteína se encuentra puede modificar su modo de enrollarse y cambiar sus propiedades. Para calcular a priori cómo puede inducir las cualidades que se buscan una composición distinta de la cadena o del ambiente, se requieren ordenadores con una enorme capacidad de cálculo y que aún no tenemos. El proyecto VIZIER, motivado por el fantasma de una posible pandemia del SARS, se propone reunir con antelación los conocimientos necesarios para producir en pocas semanas antivirus capaces de bloquear pandemias víricas en cuanto se manifiesten peligrosas. Para ello se ha puesto en marcha una labor coordinada entre laboratorios especializados en bioinformática, capaces de analizar las secuencias del ADN de trescientas familias de virus distintas, para identificar así los sectores que pueden producir las proteínas necesarias para replicarse, empezando por los virus ARN, que son los más peligrosos y que sólo pueden ser estudiados en laboratorios super equipados para evitar que se propaguen en el ambiente. Una vez aisladas las proteínas que utiliza cada familia de virus, otros laboratorios especializados en cristalografía identificarán de manera tridimensional los puntos activos de la superficie de sus ovillos. Por último, especialistas en farmacología de otros laboratorios identificarán los compuestos químicos capaces de neutralizar sus funciones. Estos compuestos serán como unas armas preparadas para ser utilizadas y formular en poco tiempo los antivirales específicos para los virus de una determinada familia que se vuelvan repentinamente peligrosos. Es éste un sector de la investigación que, si excluimos los casos del virus del SIDA, de la hepatitis y del SARS, las grandes empresas farmacéuticas han descuidado bastante en los últimos años. El proyecto VIZIER lleva en marcha dos años y ya ha identificado la secuencia del ADN de 180 virus y 250 proteínas vitales para replicarse. Y cada mes identifica cuatro más. Lo que hace que este proyecto sea único es su capacidad para que distintas disciplinas colaboren y se comuniquen entre sí. Es un fruto de la cultura europea, que se basa en la cooperación, algo imposible en los laboratorios de Estados Unidos, acostumbrados a una competitividad feroz. Gracias a las investigaciones del VIZIER ya se han obtenido resultados concretos: dos fármacos, uno contra el chikungunya y otro contra el dengue.


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