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Enero - 2009


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Diálogo itinerante

Fabio Ciardi


Experiencia ecuménica e interreligiosa en el 27º encuentro de obispos amigos de los Focolares en los lugares donde nació el cristianismo.

El golfo de Jounieh, una fiesta de luces que brillan en la noche. Día histórico: el presidente de la república libanesa ha invitado a los representantes de las distintas facciones para proponerles un plan de diálogo y unidad nacional. Ese mismo día –feliz coincidencia– otro acontecimiento tenía lugar también en Beirut, comenzaba el 27º encuentro ecuménico de obispos amigos del Movimiento de los Focolares: 32 obispos de 16 Iglesias y de 16 países. Estos obispos, como hermanos que son en el episcopado, son capaces de acoger y comprender lo que están viviendo las Iglesias de los demás, y a lo largo de la semana visitarán a otros cuarenta obispos y patriarcas del Oriente Próximo. El obispo Abou Zakhem, metropolita de Homs (Siria), hace una presentación dramática de la Iglesia greco-melquita ortodoxa. Expresa el gran dolor que significa la sangría de cristianos que se marchan de Oriente Próximo. Se está produciendo un éxodo constante hacia Norteamérica, Sudamérica, Australia y Europa, lo cual conlleva una pérdida de identidad en estos cristianos cuando llegan a su destino, y el empobrecimiento de esta tierra donde el cristianismo nació y se desarrolló a lo largo de la historia. Antes de que empezara el éxodo, los cristianos del Líbano eran el 70% de la población, frente al 30% de musulmanes. Ahora la proporción se ha invertido. Es una hemorragia de “petróleo blanco”: médicos, ingenieros, personas de toda profesión que se marchan nada más licenciarse. Una verdadera fuga de cerebros, la sangría de una nación. Y esta tragedia la sufren en lo más hondo los obispos y patriarcas, como padres del pueblo que son, estrechamente unidos a su gente. Estos encuentros ecuménicos se caracterizan sobre todo por el conocimiento mutuo. Esta vez, además, es una reunión itinerante por distintas sedes: la del patriarca maronita, la del armenio-católico, que recibe a los obispos rodeado por su sínodo, la del armenio-apostólico de Cilicia, la de los obispos de la ciudad de Zahle, y también el monasterio greco-ortodoxo de Deir el Harf. «La Iglesia es una –se dice una y otra vez– aunque sus manifestaciones y expresiones son múltiples». Y eso mismo lo experimentamos en las celebraciones litúrgicas según los ritos más variados: en árabe, en arameo, en griego, en sirio… Es impresionante el diálogo fluido, enteramente cantado, entre el celebrante y el pueblo, melodías con una cadencia dulce que recuerdan el paisaje libanés. Cuando estuvo es esta tierra, Juan Pablo II escribió que, gracias al rico mosaico de culturas y religiones, el Líbano no es sólo un país, sino un mensaje: «El Líbano no sería el Líbano sin la convivencia de cristianos y musulmanes; perdería su identidad». El diálogo ecuménico, pues, se abre al diálogo interreligioso y vive intensos encuentros con los principales líderes musulmanes: el jeque vicepresidente del consejo superior de los chiíes del país, el muftí sunita y el jeque supremo druso. Un ministro del gobierno, musulmán chií, comunica a todos los presentes una convicción personal: en un mundo que crea nuevos ídolos y que adora el poder y el dinero, los creyentes de todas las religiones están llamados a dar testimonio juntos del Dios verdadero y único, y a rechazar toda violencia. «En el Líbano –dice el obispo Christian Krause, ex presidente de la Federación Luterana Mundial– tenemos un modelo de gran esperanza para el futuro. Tendremos que reflexionar sobre cómo llevar esta experiencia a Europa y a Estados Unidos, de manera que la unidad de los creyentes se fortifique». El diálogo ahora cruza las fronteras del Líbano y nos lleva hasta Damasco, pasando por el fascinante desierto sirio de colinas rocosas y aldeas dispersas. Aquí visitamos a otros obispos y patriarcas, tan numerosos como en el Líbano. Es inolvidable el encuentro con su beatitud Mor Ignatius Zakka I Iwas, siro-ortodoxo: «Veo que el Espíritu Santo está trabajando en todos nosotros como ha trabajado en la fundadora de este movimiento… La obra de vuestro movimiento es una obra bendita porque reúne a varias denominaciones entorno a Cristo. Es una obra bendita porque es obra de María, es amor de María». En Damasco se cumple un segundo objetivo de este encuentro: conocer de cerca al apóstol Pablo. Su beatitud Grégoire III Laham, patriarca greco-melquita católico de Antioquía, recuerda que «Tarso es la ciudad de su nacimiento terreno y Roma de su nacimiento al cielo, pero Damasco es la ciudad de su nacimiento a la fe». Los obispos pasan por la “puerta oriental” y recorren la “calle recta” donde vivía san Pablo; visitan la casa de Ananías, las murallas de la ciudad y el sitio desde donde, según la tradición, bajaron a san Pablo en un canasto… Por último visitan la iglesia del “recuerdo de san Pablo”, a las afueras de la ciudad, que según la tradición es el lugar de la conversión de san Pablo. El momento culminante de este congreso es el “pacto de unidad”, que ya es tradicional pero nuevo cada vez:?la promesa de amarse recíproca y constantemente. Sigue una liturgia sencilla y conmovedora: la lectura del himno a la caridad de san Pablo en arameo, griego, inglés y francés; el credo apostólico en griego; la formulación del pacto, un abrazo fraterno… Gentes de los Focolares de toda Siria ?–algunos han viajado horas– son “testigos cualificados” de este pacto que sella la unidad entre los obispos. Al día siguiente, los obispos siguen las huellas de san Pablo en Tiro y Sidón, lugares de gran resonancia bíblica, y aquí también se encuentran con obispos de varias Iglesias. «La doctrina ha monopolizado el problema de la unidad de las Iglesias –observa el obispo luterano Irme Szebik de Hungría–. Aquí hemos experimentado que se puede vivir una gran unidad en el amor. Se necesita la doctrina, pero es importante que el amor la preceda». Han sido días en los que también se ha comentado la Palabra de Dios, y han tratado de vivirla con ahínco, experimentando los efectos que produce y comunicando la transformación que lleva a cabo, tal y como ha enseñado Chiara Lubich a través de la “Palabra de vida”, que a estas alturas ya es patrimonio de todas las Iglesias. Es la primera vez que en un encuentro ecuménico de obispos amigos de los Focolares la fundadora no se dirige a ellos con un tema específico. Sin embargo, está tan presente como en las anteriores ediciones gracias al vídeo que relata los últimos días de su vida y su muerte, aparte de otro vídeo en el que habla justamente de los efectos de la Palabra… Además está viva y presente en el rostro y en el corazón de los miembros de su movimiento, que en estos días han ofrecido un servicio inteligente y atento como intérpretes, como técnicos de medios audiovisuales, secretarios, acompañantes... Y está viva y presente con su carisma de unidad en el rostro y en el corazón de los obispos. La última pregunta es para el obispo anglicano David Murry de Australia: ¿ha valido la pena venir desde tan lejos? «Las 32 horas de viaje han valido la pena. Cuando vuelvo a Australia después de cada encuentro, me llevo en el corazón a todos los obispos con los que he estado y vivo con mayor intensidad la iglesia universal. Esta vez, además, me llevo las dificultades del pueblo libanés, que ya forman parte de mi vida». El metropolita Theophilos Kuriakose, siro-ortodoxo, también ha venido de lejos, de la India: «A menudo los obispos no podemos expresarnos como somos realmente, ni lo que sentimos. En cambio, aquí encuentro a hermanos dispuestos a escucharme, a ayudarme. Es verdaderamente una señal del amor recíproco, del deseo de unidad; es el testamento de Jesús realizado entre nosotros. Para nosotros la unidad no es uniformidad, y a pesar de las diferencias, la experimentamos concretamente». La experiencia ha sido determinante también para algunos obispos del lugar, según atestigua el obispo maronita de Tiro, Mons. Choucrallah-Nabil Hage. Consciente de pertenecer a una minoría, «participar en el encuentro de los Focolares me infunde mucho valor, me ayuda a comprender que la fuerza de las armas no es la única, está también la fuerza del Espíritu, la fuerza que da ser apóstoles de la unidad. Esta llamada a la unidad nos ayuda a salir de nuestro aislamiento, nos hace sentir el apoyo de la oración de todos los obispos».


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