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Enero - 2009


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Informe FOESSA: Mal “repartío”

Javier Rubio


El nivel de vida de la sociedad española ha crecido, pero los hogares con menos recursos siguen teniendo problemas.

Una cantinela de los tiempos de la transición, creo que del grupo Jarcha, dice así: “Madre, he oío decir qu’esto está mal repartío, y no pué seguir así. Pero, madre, que puó hacer, si los que mejor s’explican, luego viven a to tren”. Me viene a la mente cada vez que en el vagón del metro entra alguien pidiendo limosna. Son indigentes variopintos y confieso que de alguno me vienen dudas: ¿no será un estudiante de arte dramático? Los viajeros reaccionamos de forma plural, pero en general hay rechazo. Creo que no es rechazo a la persona, sino al hecho: ¿¡cómo puede seguir pasando esto!? La pena es que nosotros rechazamos el hecho pero el indigente percibe rechazo de su persona, y eso es triste... Sí, esto está mal “repartío”... Lo dicen los expertos que han elaborado el último informe de la Fundación Foessa (Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada), que ha llegado a su VI Informe FOESSA 2008, centrado en “exclusión y desarrollo social en España”. En él han colaborado 87 autores de 23 universidades y 12 instituciones (Cáritas, ONCE, CSIC, Intermón Oxfam, etc.), y son catedráticos, profesores, investigadores y expertos en sociología, economía, psicología, trabajo social, políticas públicas, medioambiente, personas discapacitadas... El anterior informe es de 1994, de modo que éste se refiere a la década de los noventa del pasado siglo y lo que llevamos de éste, un período marcado por el crecimiento económico sostenido y el incremento del empleo y la inmigración. A lo largo de ocho capítulos y más de 700 páginas aborda temas interesantísimos relacionados con el desarrollo: desigualdad, pobreza, exclusión social, empleo, políticas sociales, inmigración... Nos detenemos en la desigualdad, para ver por qué esto está mal “repartío”. En las dos últimas décadas la sociedad española ha experimentado un intenso proceso de modernización económica que nos ha permitido acercarnos al nivel medio de renta de los países más ricos de la UE. Ahora bien, ¿el modo en que ha crecido el nivel de vida se ha traducido en mejoras en los hogares con menos recursos?, ¿son compatibles el crecimiento y las carencias que aún persisten en los hogares y en ámbitos fundamentales del sector público? Son preguntas oportunas, porque es cierto que la desigualdad entre los hogares españoles había disminuido en las últimas décadas, pero el proceso se frenó a partir del primer tercio de los noventa, y hoy estamos a un nivel similar al de principios de esa década. Generalmente pensamos que, para favorecer el bienestar de todos, se requiere un alto crecimiento económico y crear mucho empleo, pero la experiencia española parece desdecirlo. Hasta hace poco la bonanza económica ha repercutido en una reducción de la desigualdad, pero el hecho de que no se hayan producido ciertas mejoras cuando ha habido un gran dinamismo económico y abundante creación de empleo, significa que no ha funcionado el modelo de redistribución de la riqueza. Y otro elemento que nos hace diferentes es que nos hemos ido alejando del término medio de la Unión Europea. Mientras que en otros países se aprecia que cuando crece su renta también se reduce la desigualdad, en España, que a comienzos de los años noventa partía de posiciones como las de Irlanda, Italia o Reino Unido, la tendencia es contraria. Nuestra renta media ha mejorado, sin duda, pero la desigualdad no se ha reducido en la misma proporción. Además, desde mediados de los años noventa, las sucesivas rebajas de los impuestos han supuesto una menor capacidad por parte del Estado para redistribuir la riqueza: recauda menos, reparte menos. O sea, el Estado se ha visto limitado en sus políticas de servicios y prestaciones sociales. «Los recursos empleados en esta parcela de la intervención pública –dice el Informe– resultan impropios para nuestro nivel de desarrollo económico». Y añade: «El incremento de las prestaciones sociales ha sido considerablemente menor que el de etapas anteriores y la intensidad protectora ofrecida es hoy inferior a la de hace dos décadas». Con razón seguimos teniendo indigentes. Si nos detenemos en las diferencias regionales, el fenómeno se repite, pues también se ha ralentizado la tendencia a disminuir desigualdades económicas entre ellas. Por eso dice el Informe que «cabe contemplar con cierta incertidumbre el efecto que puede tener en el largo plazo el proceso de descentralización territorial de algunos de los servicios básicos de bienestar social. Si se acepta el objetivo de mantener tales diferencias en un rango de variación relativamente estrecho parece imprescindible el diseño coordinado de mecanismos de corrección de las desigualdades intraterritoriales». Tomemos ahora un poco de distancia y veamos el cuadro con más perspectiva: la riqueza; así le ponemos un fondo al retrato de la distribución de la renta. Más de la mitad de la riqueza de los hogares españoles es la vivienda, por eso somos tan sensibles a los cambios en el mercado inmobiliario. Cerca de un 45% de los hogares tiene alguna deuda, en la mayoría de los casos ligada a la adquisición de la vivienda. Pero lo más curioso es que la concentración de riqueza es superior a la renta: el 1% de los hogares acumula más del 12% del total de riqueza, mientras que el 1% con mayor renta no suma el 7% del total. Esta desigualdad en la riqueza se aprecia más en sectores distintos a la vivienda, pues el 20% de los hogares acapara más del 78% del valor de las propiedades inmobiliarias, casi un 88% del valor de los negocios por cuenta propia y más de un 92% del valor de las acciones. En el otro extremo, la pobreza afecta a una quinta parte de los hogares, aunque los métodos de evaluación pueden dar resultados aún más contundentes, y tenemos un segmento de pobreza extrema (entre un 2,6% y un 4% de la población, según se mida). El sistema de prestaciones ha aliviado de la pobreza extrema a muchos hogares, pero no la ha eliminado. Pasa lo mismo que con la desigualdad: ha dejado de reducirse y estamos mal situados en el contexto europeo. España es el único país, con Irlanda, que partiendo de altos niveles de pobreza no ha conseguido reducirlos sustancialmente. Con todo, la gran mayoría de la población residente en España puede permitirse hoy una comida adecuada, un gasto de calefacción suficiente, un automóvil, bienes básicos duraderos en el hogar y asistencia médica y dental cuando es necesaria. Una mayoría algo más exigua, pero mayoría, no puede permitirse la pauta de consumo que se ha generalizado entre las nuevas generaciones. Cabe señalar al respecto que las dificultades financieras de las familias y el descontento con la calidad del entorno van paralelos al aumento de bienes y actividades a las que podemos acceder. Un último apunte: «Nuestros resultados –dice el informe– confirman que España registra un alto porcentaje de pobres transitorios, en comparación con otros países que tienen niveles similares de pobreza e incluso con aquellos que registran tasas de pobreza más altas. Además, en un porcentaje muy elevado, la pobreza transitoria resulta ser de tipo recurrente». Bueno, si es así, cuando vea a otro indigente en el metro le daré una limosna sin pensarlo. En el fondo, por una moneda de menos no me voy a arruinar y, aunque no sepa qué va a hacer con ella, al menos sé que cumple la función de mantener abierta la comunicación entre dos personas. Probablemente sea eso lo que más necesite el indigente.


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