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Diciembre - 2008


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Dialogar no es negociar

Pilar Escotorin


Joan Rigol: “En las sesiones plenarias tenía a todos delante de mí, (...) y me decía: yo debo tratar con todos los grupos, porque representan a personas de mi país”.

Político y teólogo, Joan Rigol fue presidente de su partido (UDC) durante 13 años; consejero de trabajo, de cultura, diputado y después presidente del Parlament de Catalunya de 1999 a 2003. Autor de numerosos libros, es reconocido como hombre de consenso. Al hilo de su tesis doctoral, que aborda el fundamento teológico de la dignidad de la persona en la filosofía de Maritain, hablamos con él sobre algunos temas de actualidad. –¿Considera que los políticos abarcan los temas de manera trascendente? –El problema no es sólo si la política tiene una dimensión transcendente, sino si tiene una dimensión a largo plazo que no responda únicamente a los requerimientos del presente, que sepa ver que los ciudadanos no son sólo unos señores a los que se debe complacer en los derechos lógicos que tiene, sino que se les debe estimular como corresponsables de una sociedad más humana. –¿Debe ocuparse la política del ser humano en su totalidad? –Santo Tomás de Aquino decía que todo el hombre tiene una dimensión social, pero el hombre es mucho más que su dimensión social, tiene una capacidad de relación personal con Dios que se escapa absolutamente a la política, ¡por suerte! Si no, la política sería la última palabra del hombre, y esto no es verdad. Dios le ha dado al hombre una dimensión mayor que la política. –Digamos que la política no puede responder a todo… –No debe responder a todo, porque, si no, se vuelve un totalitarismo, de esos tremendos. –¿Cómo se resuelve el papel de las iglesias como actores sociales y políticos? –Esto es algo que se trabajó muy a fondo durante la transición política. Nosotros no podíamos pasar de un nacional-catolicismo (unos obispos bajo la égida del franquismo) a una iglesia de catacumbas, porque no tiene que ser así. La Iglesia tiene legitimidad, tiene los mismos derechos y deberes que cualquier institución de la sociedad civil, y debe operar en el campo que le es propio, que es el de los valores morales, y contribuir a la educación de las personas. Para mí, es prioritario el ejemplo que dan muchos cristianos estando al lado de los que lo pasan mal, de los que sufren, de los débiles. Éste es el lenguaje corporativo que debería imperar en la Iglesia, más que las polémicas que se dan en la estructura institucional y organizativa. –Sobre el concepto de dignidad, ¿cómo se aplica, por ejemplo, a las medidas de control migratorio, a esas personas que vienen a Europa huyendo de la miseria y del hambre? –Debemos acoger a las personas como lo que son: personas que comparten con nosotros los mismos derechos y los mismos deberes. Deben colaborar con nuestra comunidad como uno más. Se les tiene que mimar, porque vienen de condiciones inferiores, pero deben comprender que, si se integran en esta comunidad, deben hacer el esfuerzo de comprender cómo se ha ido expresando esta comunidad a lo largo de la historia. Los inmigrantes deben hacer el esfuerzo de entender qué deben aportar para consolidar este sentido comunitario, sin que esto signifique ninguna merma en su personalidad cultural. –¿Cómo aplica este concepto de dignidad a la reconstrucción de la memoria histórica de España? –Ha habido durante cierto tiempo una gran admiración por lo que fue la transición política en España: pasar de una dictadura a una democracia sin perder la paz civil. Tuvimos un primer momento –yo creo que fue épico– de decir: vamos a mirar hacia el futuro, y a no quedar absolutamente impregnados de la lucha del pasado. Y esto fue muy importante para dar viabilidad a la transición. Sin embargo esta apuesta por el futuro democrático no debía esconder las injusticias de los 40 años de dictadura, y para hacerlo más complicado, no debía esconder las injusticias de la guerra civil, que las hubo en todos los bandos. E intentar hacer eso trae sus problemas, lógicamente. Yo creo que en España se está haciendo con polémica, pero con cierta dignidad, y creo que estamos avanzando en este sentido. –Y ¿con respecto a las identidades nacionales existentes en el estado español? –Nuestra sociedad ha cambiado mucho. La sociedad catalana de hace 50 años y la actual no se parecen en nada, por su complejidad y por su riqueza. Mi lengua es la que mi madre me enseñó… Cuando ella expresaba su amor por mí, lo hacía en catalán. Y esta ha sido la lengua con la que he crecido y creció la inmensa mayoría de la gente de este país. Esta es la lengua materna de muchos catalanes; no de otros, que tienen otra, tan digna como ésta. Pero es la propia de este espacio de tierra… Entonces, ¿qué es lo que yo desearía? Que todo el mundo se pudiera desarrollar con su propia lengua con toda libertad y con toda creatividad, pero que tuviera siempre como punto de referencia una lengua que, al no tener estado propio que la defienda frente a otras culturas, debe ser defendida por todos, no únicamente por los catalano-hablantes. –¿Qué signos concretos, visibles, reflejarían en la comunicación entre políticos que hay un respeto por la dignidad del otro? –A veces confundimos dialogar con negociar. Dialogar es la aventura más grande de la persona. Quiere decir, primero, conocer al otro, que es no tener prejuicios sobre él, mantener una actitud de apertura inicial para descubrir los valores que el otro lleva dentro de sí. Una vez has hecho eso, intentas conocerlo, intentas comprender. Comprender quiere decir saber enriquecer tu mirada con la mirada del otro. Y el tercer paso es compartir. Mucha gente no puede compartir porque no ha hecho todo el proceso de conocer y comprender. En política se negocia, para quedar cada uno en su estatus y sin moverse de su sitio, que es legítimo, pero no es la comunicación profunda entre personas. Cuando era presidente del parlamento, en las sesiones plenarias tenía a todos delante de mí, y yo miraba a cada uno de los grupos y me decía: cada uno representa a un trozo de mi país y yo debo tratar con todos los grupos, porque representan a personas de mi país. Esto te da la posibilidad de un lenguaje respetuoso, abierto al diálogo con el otro. Y esto es lo que a mí me parece que da dignidad a la propia política, esta capacidad de intercomunicación personal por encima de los estereotipos elaborados o estrategias de partido. –¿Qué efectos produce esto en el individuo que asume ese cambio de actitud? –Sufres un poco más, te juegas ser un poco heterodoxo respecto a los “establishment” de la propia política, no ser a veces comprendido…, pero todo esto se lleva muy bien, porque la satisfacción es mucho mayor. –¿Y los beneficios? –Bueno, que puedes ir por tu espacio político mirando a los ojos a todo el mundo, y esto vale mucho.


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