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Noviembre - 2008


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Herido en sus convicciones

Ana María Gato


Momentos duros en familia Las decisiones de los hijos no siempre coinciden con lo que los padres querrían. Es el momento de ofrecerles sólo acogida, como si estuviesen naciendo de nuevo.

Pablo no conseguía serenarse, ni siquiera distrayendo sus preocupaciones con la lectura de un libro se su autor preferido. Estaba pensando en su hijos y se daba cuenta de que la tensión y la desilusión le habían arrebatado esa sonrisa con la que afrontaba cada jornada: la situación familiar le estaba dejando cierta amargura en el alma. Justo ese día, también el último de sus hijos, como habían hecho los mayores, se había ido de casa a convivir con su chica. No tenían ningún interés por formar un matrimonio, ni ningún otro proyecto con visos de responsabilidad madura. Eso es lo que veía Pablo en tales decisiones. El libro descansaba en sus manos pero esas líneas le quedaban muy lejos, porque en realidad estaba repasando su propia historia al lado de Lucía:?afecto, fidelidad, dedicación, amor por todo y por todos adquirido con paciencia, por esos hijos que aceptó y crió superando obstáculos e incomprensiones, como cualquier familia. Y luego la satisfacción de verlos realizados. Y por último la decisión de irse con sus compañeras. Sólo compañeras, nada más. Nada de compromisos grandes y tenaces, ni ganas de mirar alto, hacia el futuro, por encima de la mediocridad cotidiana de una sociedad confusa. Eso es lo que pensaba Pablo. Había acompañado a sus hijos hasta el momento del discernimiento, y respetaba plenamente sus decisiones, pero ahora sentía que su corazón herido los estaba juzgando. Era verdad y le dolía. Fuera, el cielo gris amenazaba lluvia. En otra ocasión habría considerado la posibilidad de compartir sus pensamientos con Lucía y así aliviarse él, o quizás consolarla, pues sabía bien cuánto había sufrido su corazón de madre por cada uno de sus hijos. Éstos no podían entender que ella estuviera tan dolida: “Venga, mamá, si es lo que hace todo el mundo, ¿por qué te preocupas?”. Quizás era esa superficialidad lo que más le molestaba, y la sensación de no haber sabido dar testimonio de una verdadera vida de familia, de no haber arrojado un rayo de luz sobre esa incierta oscuridad. De esto estaba seguro: oscuridad. Un deseo le quemaba el alma y Pablo quería entenderlo, quería comprender ese sufrimiento para ponerle un nombre y un rostro, y así se sentiría mejor. Le venía a la mente una frase que su hermano, Julio, le había escrito: el problema de la vida no es que (los hijos) puedan optar por hacer cosas buenas, sino que estés presente... O sea, que tenía que romper con sus convicciones, con su visión de la vida, y ser sólo acogida, como si estuvieran naciendo otra vez con su bagaje de incongruencias, y encima adultos. Le parecía tan difícil y a la vez tan cierto..., más que las verdades que quería reafirmar ante esos hijos tan distantes. Otro flash le iluminó la memoria: “Si Jesús es el maestro, es un deber de los padres cristianos fijarse en él para aprender a educar”. Eran palabras de Chiara Lubich que había oído, allá por 1987, en un congreso sobre la familia y la educación... Y esto le parecía aún más difícil. Algo le decía que era cosa de su orgullo, pero no lo tenía muy claro. Se levantó y buscó el texto de aquel discurso, que nunca pensó le haría falta. Y en medio de su confusión de alma y de apuntes y de folios mal catalogados encontró lo que buscaba. Hablaba del amor sobrenatural de los padres: “Si aman con la caridad de Dios, la caridad de quien es el primero en amar sin esperar nada, ése es un amor que no pasa desapercibido”. Le gustó esto, le parecía justo, pero era demasiado... Y siguió leyendo: “Las palabras de los padres siempre tienen que animar, estar llenas de esperanza, ser positivas, tienen que manifestar total confianza en los hijos (...) Jesús da libertad y responsabilidad para decidir, como cuando se encontró con el joven rico. Nunca se deben imponer las ideas, sino ofrecerlas con amor, como expresión de amor (...) Los hijos son antes que nada hijos de Dios, y no nuestros. No hay que tratarlos como una propiedad, sino como personas que nos han encomendado”. Él y Lucía siempre lo habían considerado así; quizás por eso mismo sentía ahora esta desilusión. “Quien ama a su hijo –prosigue Chiara– está dispuesto a corregirlo, dice el libro sagrado de los Proverbios. ¡Ay de ti si no corriges! Serás responsable de una gran omisión. Una amonestación hecha con serenidad, calma y desprendimiento hace mella en la responsabilidad de los hijos, y se acordarán de ella. Bastan unas pocas palabras sugeridas por un amor verdadero, puro, desinteresado. Y luego (...) la misericordia de un padre y una madre en la familia debe llegar a saber olvidar de verdad, debe llegar al ‘todo lo cubre’ de la caridad de Dios”. En ese momento Lucía llamó a la puerta, sorprendida quizás por el largo silencio de Pablo. “Ha llamado Salva para invitarnos a cenar”, susurró Lucía, pensando que Pablo le iba a responder con una sonrisa amarga y diciéndole que no tenía ganas. Sin embargo él le pidió un minuto y siguió con su lectura: “Dios se deja oír en el corazón de los hijos. Ellos reaccionan positivamente sólo a la verdad, cuando se la proponen con un lenguaje accesible para ellos, pues la expresan unos padres que, antes de enseñar, han hecho el esfuerzo de comprender y compartir”. Pablo se detuvo en estas palabras que habían invadido su ánimo como un río desbordado. Y al cabo de un instante le dijo a Lucía: “Que Dios esté entre nosotros para que sea él el maestro, para que se vea que podemos amarnos de verdad, para que los amemos a ellos en él, por encima de todo... Sí, vamos a cenar con estos chicos, que nos están esperando”. “Quieren que tengamos confianza ellos, Pablo. Son hijos de Dios antes que nada. Los he puesto en sus manos y sé que él colmará los vacíos que nosotros hemos dejado, y llegará hasta donde nosotros no hemos podido o sabido llegar. Ven, vamos a cenar con ellos”. El cielo seguía amenazador, como el corazón de Pablo. Es duro renunciar a uno mismo. De camino iría tomando distancia de sí mismo, y además le daría tiempo para una oración reconciliadora.


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