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Noviembre - 2008


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Laicidad positiva

Alain Boudre*


Dialogando con la cultura «El diálogo con y entre las religiones es el reto mayor del siglo naciente», palabras del presidente francés a Benedicto XVI.

Benedicto XVI quería ir a Lourdes como un peregrino más, con ocasión del 150º aniversario de las apariciones de María a Bernadette Soubirous, pero la realidad política obliga, y en el programa hubo que incluir su paso por París para tratar dos temas con los que los franceses “estaban esperando” al Papa: el laicismo y el diálogo fe-razón. Fino conocedor de Francia y las susceptibilidades de su “cultura humanista”, Benedicto XVI sabe bien que la “hija mayor de la Iglesia” es también el país de las Luces, donde el anticlericalismo está fuertemente anclado en las mentes; por excelencia, país símbolo de la evolución de Europa hacia la secularización. Ya en el avión que lo llevaba a París, el Papa dejó sentadas algunas precisiones que han marcado su recorrido francés: «Me parece que el laicismo no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe». Propuesta sorprendente que luego desarrolló en su encuentro con Nicolas Sarkozy. Le recordó al presidente de la República Francesa que, en lo que concierne «al problema entre la esfera política y la esfera religiosa, Cristo había ofrecido ya el principio para una solución justa, cuando respondió: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17)». A continuación el Papa señaló que «la desconfianza del pasado se ha transformado poco a poco en un diálogo sereno y positivo», pero estima necesaria una nueva reflexión sobre el verdadero sentido y la importancia del laicismo. Recogido en la Constitución en el mismo capítulo que la libertad de culto, el laicismo en Francia se vive como un movimiento polémico y militante contra la Iglesia. Por eso el Papa invitó a una «comprensión más abierta» subrayando que es «fundamental, por un lado, insistir en la distinción entre lo político y lo religioso, a fin de garantizar tanto la libertad de los ciudadanos como la responsabilidad del Estado hacia ellos», pero por otra parte es necesario «tomar conciencia más claramente de la función irremplazable de la religión en la formación de las conciencias». En suma, los católicos deberían poder expresarse, en nombre de su fe, en las opciones éticas y ante los retos de la sociedad. Esa tendencia se nota en Sarkozy, que siempre ha trabajado para que se reconozca el papel de las religiones en la sociedad. Fue él quien promovió la creación del Consejo Francés del Culto Musulmán, tratando de agrupar a los fieles de la segunda religión de Francia en un ámbito de diálogo con el Estado. Fue él quien, en diciembre último, en Roma, sorprendió a la diplomacia defendiendo un “laicismo positivo” que “respeta y reúne”. Los partidarios de una línea dura de separación entre la Iglesia y el Estado considerarían que el presidente de una República laica sobrepasa sus atribuciones, pero no han cuestionado la determinación de Sarkozy. Éste recibió al Papa en París poniendo el laicismo en el centro de su intervención: «El laicismo positivo ofrece a nuestras conciencias la posibilidad de departir, más allá de las creencias y los ritos, sobre el sentido que queramos dar a nuestra existencia (...). Es una oportunidad, un aire, una dimensión suplementaria que se ofrece al debate público. Es un estímulo tanto para las religiones como para todas las corrientes del pensamiento». Y además: «Sería una locura privarnos de ello, una rotunda falta contra la cultura y contra el pensamiento (...). El diálogo con y entre las religiones es el reto mayor del siglo naciente. Los responsables políticos no pueden desentenderse (…). La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia, no es un peligro para el laicismo». Benedicto XVI encontró ahí un eco favorable a su deseo de «sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia», y no se olvidó de recordar que las buenas intenciones también deben concretarse. Para «rendir homenaje al patrimonio de cultura y de fe que ha formado a Francia», al Papa lo esperaban en Los Bernardinos, cerca de la Sorbona. Es un antiguo colegio que la Iglesia acaba de restaurar para hacer un «centro de diálogo de la inteligencia cristiana con las corrientes intelectuales y artísticas de la sociedad». Todos esperaban que hablara de fe, cultura y razón, o de política, pero los 700 representantes de la diversidad cultural de Francia (científicos, escultores, psicoanalistas, humoristas, cantantes, escritores, editores…) quedaron desconcertados por un discurso denso, pronunciado en un impecable francés, que invitaba a tomar conciencia. Más que ponerse a hacer afirmaciones, Benedicto XVI cuestionó las cosas para que las almas vieran la luz, llevando a su auditorio a una búsqueda interior, incluso metafísica, que cada uno puede perseguir a su manera. Fue el discurso de un teólogo totalmente centrado en la Palabra, que abordó «los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea». Recordó que los «monasterios fueron los espacios donde se formó, poco a poco, una cultura nueva» y que «en medio de la confusión de los tiempos», los monjes no deseaban más que una sola cosa: «aplicarse para encontrar lo que tiene valor y permanecer siempre ahí, la Vida la misma». Y dijo que «esta vía era la Palabra, que los libros de las Sagradas Escrituras ofrecían a los hombres». El paralelismo con nuestra época resultó evidente, e insistió en el hecho de que «la Palabra de Dios nos llega solamente a través de la palabra humana, a través de palabras humanas; es decir, Dios nos habla solamente por la humanidad de los hombres, a través de sus palabras y de su historia». Nada de afirmaciones perentorias, que excluirían a los no creyentes, sino una exhortación a interpretar la Palabra, a vivirla en comunidad (ahí es donde genera cultura), a confrontar «la inteligencia y el amor», la fe y la razón, para no caer en «el arbitraje subjetivo o en el fanático fundamentalismo». Para Benedicto XVI, la existencia de Dios constituye la piedra angular de todo el saber, de toda la cultura, y no solamente la conclusión de una búsqueda filosófica. Y si «para muchas personas Dios se ha convertido verdaderamente en el gran Desconocido», preguntarse por él, ausente o presente, no se puede eludir. Como en tiempos de los monjes, hay que preguntarse de nuevo, ponerlo en el centro de nuestros interrogantes. «En una cultura puramente positivista, que remitiría al dominio subjetivo, preguntarse por Dios, que no es algo científico, sería la capitulación de la razón, un fracaso del humanismo (…). La búsqueda de Dios y la disponibilidad a escucharlo sigue siendo hoy el fundamento de toda cultura verdadera», concluyó el Papa, invitando a todos a buscar la verdad. Justo antes de dejar Francia, recordó que él considera que «la cultura y sus intérpretes son vectores privilegiados del diálogo entre la fe y la razón, entre Dios y el hombre». En este país, del que se ha dicho que ha expulsado a Dios de su pensamiento, más de uno reconoció que necesitará tiempo para releer y percibir mejor la profundidad del discurso. La mayor parte de los representantes de la cultura que oyeron esta intervención encontraron en ella materia de reflexión, aprobando o contestando tal punto, pero siempre con la voluntad de ahondar en sí mismos. *) Alain Boudre es jefe de redacción de Nouvelle Cité. Traducción de Luz Caruda.


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