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Noviembre - 2008


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Un reto cultural

Luigino Bruni


Los bancos ante la crisis financiera El mal del capitalismo contemporáneo es la progresiva transformación de los bancos en sujetos especuladores.

Tras el hundimiento de la Washington Mutual, que se sumó al hundimiento de otros bancos y fondos americanos a lo largo de las semanas anteriores, era claro que estábamos ante la crisis financiera más grave desde la del año 29. Baste pensar que la suma que Henry Paulson le pidió al Congreso norteamericano para afrontar y cancelar los títulos “tóxicos” de los bancos asciende a 700.000 millones de dólares, cifra equivalente al cinco por ciento del producto interior bruto de Estados Unidos. ¿Estamos llegando al fin del capitalismo? Quizás no, pero es probable que estemos ante el fin de cierto tipo de capitalismo, el financiero y especulativo, que ha crecido demasiado en las dos últimas décadas, y la crisis actual sólo es una elocuente expresión de ello, aunque no la única. Las causas de esta crisis tienen raíces muy profundas, tanto en el sistema financiero como en los estilos de vida y consumo. Una primera causa es que la función de la banca se ha desnaturalizado. Las instituciones bancarias y financieras son indispensables para la economía moderna. La banca fue y sigue siendo un cauce de transmisión social entre generaciones (el ahorro de los adultos permite hacer inversiones en pro de los jóvenes), así como entre familias y empresarios. La banca y las finanzas son pues instituciones esenciales para el bien común. Los primeros bancos populares fueron los Montes de Piedad franciscanos, que aparecieron en el siglo XV como medio para liberar a los pobres de las garras de la usura. El mal del capitalismo contemporáneo es la progresiva transformación de los bancos en sujetos especuladores, y especulador es alguien que tiene como finalidad llevar al máximo los beneficios. La actividad que lleva a cabo no tiene valor intrínseco, sino que sólo es un medio para enriquecer a los accionistas. El economista Yunus, premio Nobel de la paz y fundador del Grameen Bank, una de las innovaciones financieras más interesantes del último siglo, ha dicho repetidas veces que, en la economía de mercado, es un derecho fundamental del hombre acceder a un crédito, ya que sin ese derecho las personas no lograrían realizar sus proyectos y salir de las garras de la miseria. Si esto es cierto, entonces la banca especuladora debe ser la excepción, y no la regla, de la economía de mercado, entre otras cosas porque los productos con que la banca opera siempre son de alto riesgo. De hecho, hay que señalar que la crisis actual no la han desencadenado los bancos normales, sino los de negocios, fuertemente especuladores. Puede parecer paradójico, pero la naturaleza de la banca se acerca mucho a la de las empresas no lucrativas, y no los especuladores. La empresa no lucrativa, como las universidades o los teatros, es una institución que tiene un vínculo de eficiencia y economía, cuya finalidad no son los beneficios, sino los intereses de muchos individuos. No es pues casual que, desde los montes de piedad hasta las cajas de ahorro, la banca estuviera pensada como una empresa sin fines de lucro, ya que tenía que atender a muchos intereses. Lo que nos están enseñando todos estos hundimientos, y aún más las operaciones de salvamento, es que la banca es una institución con un gran valor social y con una gran responsabilidad: no podemos dejar que atienda sólo al máximo beneficio de los accionistas, debido a la pluralidad de intereses que debe tener en cuenta. Muchos economistas auspician una nueva y más atenta regulación de los mercados financieros, orientada a reconocer la responsabilidad social de los bancos, que en los últimos años ha ido perdiendo no obstante el aumento de instrumentos para evaluar el riesgo y de las agencias de rating. Pero detrás de esta crisis se esconde una patología del consumo en las familias, que se ha ido extendiendo desde el capitalismo norteamericano a todo el Occidente opulento. El endeudamiento excesivo de las familias americanas ha creado un terreno frágil que se ha hundido bajo el peso de la crisis de las hipotecas de riesgo. La hipoteca sobre la casa ha venido a añadirse a una serie de endeudamientos en una cultura que privilegia el consumo aquí y ahora y que ha olvidado el valor del ahorro, también en sentido ético. Nadie niega que, dentro de ciertos límites, el endeudamiento de las familias puede ser bueno para la economía y para el bien común. En realidad, cada vez más el consumo se ve apremiado y drogado por un sistema económico y financiero, y los medios de comunicación son cómplices de ello, que induce a las familias a endeudarse por encima de sus reales posibilidades para restituir el crédito. La institución financiera que presta demasiado a las personas insolventes no es menos incivil que la que presta demasiado poco a las personas solventes. La crisis actual, pues, puede ser una buena ocasión para reflexionar en profundidad sobre el estilo de vida insostenible que el capitalismo financiero actual ha determinado. Y no se trata de imaginarse una economía sin bancos ni finanzas. No. La banca y las finanzas son demasiado importantes como para dejársela sólo a los especuladores. Una buena sociedad no se hace sin banca ni finanzas, sino con una buena banca y unas buenas finanzas. Desde hace siglos, la historia de las finanzas en Europa ha hecho surgir instituciones bancarias con “grandes ideales” que han humanizado la economía moderna. Hoy también hace falta que surjan emprendedores y banqueros animados por fines más elevados que el mero beneficio. Sin estos nuevos actores no tendremos ni democracia, ni economía, ni política. De modo que estamos ante un reto cultural y antropológico, y para afrontarlo se requiere el compromiso de todos, dentro y fuera de los mercados. *) Publicado en L'Osservatore Romano, 28 de septiembre de 2008.


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