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Octubre - 2008


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La Real Casa del Labrador

Clara Arahuetes


Palacios

Otoño es una buena época para acercarse a Aranjuez y disfrutar de un paseo por sus hermosos jardines. Veremos la belleza de la naturaleza en las distintas tonalidades que cubren las hojas de los árboles. Estos jardines inspiraron a pintores como Rusiñol y a músicos como Albéniz o el maestro Rodrigo, que compuso el famoso Concierto de Aranjuez. Aquí podemos encontrar también la belleza creada por el hombre en la recientemente restaurada Casa del Labrador, situada en el Jardín del Príncipe. Los inmensos jardines del Palacio de Aranjuez fueron construidos para ensalzar la residencia real que ya existía en tiempos de los Reyes Católicos. Este entorno de Aranjuez fue declarado “Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO en 2001. La Real Casa del Labrador es uno de los edificios del siglo XVIII que mejor se conservan en toda Europa. Construido en época de Carlos IV, fue iniciado en 1791 y se concluyó en 1803. Intervinieron los artistas más importantes de la época, como Villanueva, González Velázquez, Maella o Girodet. Ahora, tras una década de restauraciones, abre sus puertas al público el Petit Trianon más grande y lujoso creado por un monarca español. El rey se había formado en Nápoles y fue testigo de los descubrimientos de Pompeya y Herculano. Además conocía las fuentes clásicas de la antigua Roma y, al igual que el resto de monarcas europeos, construyó una casa de recreo, reflejo de la lujosa interpretación que se hacía del Imperio Romano. Para ello trasladó algunas esculturas romanas procedentes del Palacio Real de la Granja, como el Grupo de San Ildefonso, y varios bustos imperiales de la colección de la reina Cristina de Suecia para la fachada exterior. Carlos IV y María Luisa de Parma recurrieron a los mejores pintores, arquitectos, escultores y diseñadores de su tiempo. En el mobiliario optaron por manufacturas españolas y extranjeras, como La Granja o Sèvres, de donde son la mayoría de las piezas de porcelana. La invasión napoleónica retrasó la finalización de las obras, y fue Fernando VII, de gusto menos clasicista, quien terminó la decoración de las salas: estilo fernandino que es visible en algunas piezas del mobiliario y en los relojes adquiridos por el monarca en Francia. Este lugar, pensado para el descanso del monarca y su corte tras una mañana de caza, muestra su magnificencia a pesar de los avatares históricos por los que ha pasado: la revuelta popular del Motín de Aranjuez, que impulsó el traslado de las colecciones de relojes al Palacio Real de Madrid, la guerra civil, o los desastres naturales, como la crecida del río Tajo a principios de siglo, que inundó la planta baja, cono que se perdieron las pinturas que decoraban sus salas. Carlos IV siguió personalmente la construcción de este edificio, examinaba los bocetos y modelos e inspeccionaba los trabajos; era su lugar favorito. En un principio se concibió como casa rústica, pero después se convirtió en un lujoso palacete destinado al recreo y diversión del rey. Para acceder a la casa había que atravesar en barca el meandro del río Tajo que en ese paraje se desbordaba, aislándola de tierra firme, o cruzar por uno de los tres puentes que existían. La planta principal conserva el esplendor ornamental de la época de Carlos IV: las magnificas sedas que cubren sus paredes proceden de Lión, tejidas por Camille Perron, y también de Valencia, labradas por la familia Bodoy. Las alfombras de motivos pompeyanos se conservan en el Palacio Real de Madrid. Destaca la escalera principal, realizada en 1799 por González Velázquez, con peldaños de caoba y barandilla de bronce dorado molido. Sobre la puerta de entrada hay un relieve en mármol de Carrara con los retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma. En el Salón del Rey o Sala de Billar, la bóveda fue pintada por Maella; en las paredes hay vistas de Madrid y los Sitios Reales, enmarcadas con una ornamentación que se inspira en las logias vaticanas. A continuación, la Galería de Estatuas diseñada por Dugourc, es de estilo neoclásico; los relieves escultóricos del friso y las sobrepuertas son de José Ginés. Los bustos de filósofos y escritores griegos fueron del embajador de Roma, que se los regaló al rey. Las pinturas de la bóveda son de Zacarías González Velázquez y representan la Noche, el Día, el Lucero Matutino, la Vía Láctea, alegorías de la Agricultura, las Artes y la Industria, y en los testeros, Flora y Baco. El pavimento de mármoles españoles está enriquecido con seis fragmentos de mosaico romano procedentes de Mérida. El Reloj de columna, en bronce y con mármoles de Bourdier. Otra de las salas más fastuosas es el Salón de la Reina María Luisa, llamada Sala de Compañía. La bóveda fue pintada en 1798 por Maella y representa a la diosa Cibeles ofreciendo a la tierra sus productos. La colgadura de las paredes se tejió en Lión y reproduce ruinas clásicas y otras de gran interés documental con vistas de Aranjuez, El Escorial y otros lugares. Del prestigioso relojero Goudon destaca el reloj de Deméter y Triptolemo, y el Planetario de gran belleza. En el Salón Principal o de Baile, la bóveda empezó a pintarla Maella y la terminó Bayeu en 1792. Representa el poder de la monarquía española en las cuatro partes del mundo. El mobiliario es de época fernandina. La seda de las paredes representa motivos pompeyanos. Destacan dos grandes ánforas de Sèvres con paisajes. La mesa de malaquita fue un regalo de boda del zar Alejandro III a Isabel II en 1846. Una tras otra se van sucediendo las salas que nos permiten contemplar la idea del lujo que tenía la corte de Carlos IV, quien utilizó las manufacturas reales de porcelanas para cubrir el suelo, o el platino como elemento decorativo en una de sus estancias, conocida como Gabinete de Platino. Este espacio es el más importante del conjunto por su riqueza artística. Se diseñó y construyó en su totalidad en Francia. Carlos IV encargó su decoración a maestros franceses que trabajaban para Napoleón, como Percier o el broncista Sitel. La boiserie de caoba, con incrustaciones de bronce dorado y platino, y los espejos querían crear en este pequeño espacio la ilusión de una galería, en la que brillara el lujo del estilo Imperio. Los espejos reflejan la bóveda con pinturas de González Velázquez. Los cuatro paisajes son de Bidaud, y las vistas del Louvre, Florencia, Venecia y Nápoles, de los pinceles de Chébeat. Además decoran la estancia pinturas de pequeño formato, como las dedicadas al Amor, la Ciencia y la Música, y las alegorías de las Cuatro Estaciones, obra de Girodet. En el suelo, los mármoles recortados integran fragmentos de mosaico romano. La lámpara de bronce dorado fue un regalo del papa Gregorio XVI a Fernando VII. En las hermosas estancias de la Casa del Labrador trabajaron los mejores artesanos de la época para realizar una “obra de arte total”, que ha llegado hasta nosotros como el patrimonio mejor conservado de Aranjuez. Se puede visitar el lugar solicitándolo con antelación, pues el número de personas en cada grupo está limitado a diez. Una vez dentro, nos darán unos protectores para los zapatos para no dañar los suelos de mármol, que están a la vista. Clara Arahuetes clara.arahuetes@telefonica.net


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