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Octubre - 2008


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La persona antes que el trabajo

Sonia González Martín


Un aspecto relevante de las mariápolis son los testimonios, experiencias de vida que traducen en hechos los principios evangélicos sobre los que están basados, mostrando así el trecho que va del dicho al hecho. En estás páginas, uno de esos testimonios.

Contado y oído Desde hace más de cinco años trabajo para un sindicato. Como soy abogada, comencé de asesora jurídica en el departamento de inmigración. Conocía muy poco de la realidad sindical, tanto su desarrollo externo (la negociación colectiva en las empresas, las elecciones sindicales, la relación con otros agentes sociales...), como las tensiones políticas que se vivían dentro del sindicato, más en la línea de un partido político, con corrientes de opinión diversas, a veces enfrentadas, y que reflejaban una lucha por el poder, desconocida para mí hasta entonces. Desde los primeros días noté que había mucha tensión en el ambiente: personas que no se hablaban o que aprovechaban cualquier ocasión para criticarse a las espaldas. Me trataban como a una “infiltrada”, pues había sido contratada por “la mayoría” y aquella sede en la que yo trabajaba era territorio de una minoría. Mis superiores me sugirieron sutilmente que actuara con precaución y discreción. Resonaban en mis oídos aquellas palabras del Evangelio: amar a todos, al amigo o al enemigo... Así que yo trataba a mis colegas por igual, sin hacer distinciones entre quienes eran de uno y otro lado. Llegó el día en que tuve que organizar un seminario con unos compañeros con los cuales no había conseguido romper el hielo. Desde el primer momento fueron fríos conmigo, colaboraban poco y ponían dificultades a todo… En miles de ocasiones me vinieron ganas de abandonar, pero cada día trataba de verlos con ojos nuevos e ir resolviendo cada problema que se presentaba y cada obstáculo que me ponían. El día del seminario llegó y fue un éxito, tanto por la participación como en la organización. Todos estábamos satisfechos con el resultado y decidimos repetirlo al año siguiente. A lo largo de estos años se han presentado numerosas ocasiones en las que, expresando mis ideas, fruto de mis convicciones cristianas no siempre bien acogidas en mi entorno laboral, he sentido la incomprensión y la rabia de ser juzgada injustamente, pero también ha habido momentos de profundo diálogo y he visto cómo el respeto y la confianza en mí por parte de mis superiores ha ido creciendo progresivamente. Un día recibí una llamada de teléfono. Una compañera, con voz seria y preocupada, me comentó que había recibido la noticia de que una persona muy cercana a mí había sido objeto de graves acusaciones en nuestro entorno laboral. Al principio, nervios y una honda preocupación por el futuro inmediato de esta persona, pero luego aposté clara y públicamente por su honestidad. Para mí comenzó todo un proceso de esclarecimiento de los hechos que se le imputaban: reuniones, tensiones, noches sin dormir, nervios... Llegó el día en el que tenía que exponer públicamente, ante una asamblea, que las acusaciones vertidas eran infundadas y que no existía ninguna prueba fehaciente de los hechos de los que se la acusaba. Yo había comunicado a mis superiores que estaba metida en todo este proceso, que quedaba fuera de mis funciones, pero en el que tenía una gran implicación personal. Llegado el momento en que tenía que realizar aquella declaración pública, mi jefa me comunicó que no podía hacerlo. Temía las repercusiones que pudiera tener mi actuación sobre el sindicato y me advirtió de que, si lo llevaba a cabo, mi puesto de trabajo estaba en peligro. Entonces todo se me vino encima: perdería mi trabajo, estaba recién casada, mi marido tenía un trabajo inestable y ambos una hipoteca que con un solo sueldo no podríamos afrontar... El miedo a tanta incertidumbre me hizo dudar en mi decisión. Sin embargo, desde lo más hondo de mí, afloraba la necesidad de buscar la justicia y la verdad, que no habían tenido espacio en todo aquello... Delante de Dios actué en conciencia y, confiando en él, le comuniqué a mi jefa que, a pesar de todo, iría a la asamblea y defendería la verdad sobre aquella persona, porque la persona está por encima de cualquier puesto de trabajo. Cuando me desperté a la mañana siguiente, tenía una llamada perdida en el móvil de las 7,30 de la mañana y un mensaje en el buzón de voz. Mi jefa me decía que olvidara todo lo que me había dicho. Retiraba cada una de sus palabras y me daba su voto de confianza para que hiciese justicia y se aclarase la verdad. La asamblea fue suspendida y al final todo el asunto se aclaró por otros medios. Meses después me ascendieron de categoría y me nombraron directora del área de cooperación internacional del sindicato.


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