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Octubre - 2008


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La vida hace entender

Pascual Foresi


Pensamiento de la unidad/2 Siguiendo con la reflexión sobre el “pensamiento filosófico” resulta evidente que se requiere una nueva escuela de pensamiento para que la enseñanza sea vital.

El tema que quiero exponer brevemente es éste: tenemos que conseguir que la enseñanza sea vida, es decir, que la vida sea expresión de la enseñanza y viceversa. Normalmente, a una enseñanza basada en nociones le corresponde un aprendizaje de nociones. En general, vamos a la escuela para recibir “información útil”. La información nos ayuda a descubrir nuevos horizontes, pero eso no es la verdadera escuela. La enseñanza, el estudio, la escuela no pueden consistir en formar sólo la razón, sino que deben formar al hombre. Quisiera reflexionar sobre esto, a partir de los siguientes binomios: verdad y bien, inteligencia y voluntad, trabajo y estudio, comunidad y conocimiento. La verdad que es el bien No hay que infravalorar el estudio. Cuando se afronta un tema, hay que conocer todo el esfuerzo, los logros y también los errores que se han producido a lo largo de la historia para llegar a una solución. Si queremos decir algo que valga la pena, hay que estudiar y documentarse; no podemos hacerlo sólo con una simple intuición. Pero quiero destacar que no basta la erudición, el conocimiento de lenguas, las bibliotecas bien surtidas, etc. Hay personas que han adquirido con esfuerzo una vasta cultura en torno a un problema y no han llegado a captar el sentido profundo del problema mismo, y por tanto no han aportado nada nuevo ni válido. La erudición cuenta, pero es secundaria. La ciencia es útil, pero no basta. ¿Por qué? Uno de los motivos está en la constitución misma de la realidad, en el hecho de que verdad y bien coinciden ontológicamente. No hay una verdad que al mismo tiempo no sea un bien. En la historia del pensamiento ha sido dramático creer que, para entender la verdad revelada, se requería la bondad y la virtud, mientras que para la natural no eran necesarias. En realidad, tanto en el hombre como en la realidad tal y como los presentan Platón y Aristóteles, por ejemplo, o la revelación judeocristiana, verdad y bien coinciden. Eso significa que el hombre puede entender bien en la medida en que es bueno y virtuoso. Y esto no es un principio religioso ni piadoso, sino una profunda verdad que envuelve todo el ser y el conocimiento humanos. El hombre uno Si nos fijamos ahora en el hombre mismo, veremos que está dotado de sentidos, inteligencia y voluntad, pero al mismo tiempo constatamos que es el hombre quien conoce mediante estas facultades suyas, o sea, el hombre uno, que no dividido. Éste es otro motivo por el que no podemos concebir un tipo de cultura que sólo implique el raciocinio y la inteligencia en el sentido moderno de la palabra. Es el hombre en su globalidad el que ha de quedar implicado, el hombre alma-cuerpo. Y para que esto sea posible, es necesario un nuevo tipo de estudio. Hay que estudiar viviendo, y no estudiar sólo estudiando; si no, las “lecciones” alejan del conocimiento verdadero. Habría que estudiar sólo aquello que ayuda a desarrollar y esclarecer lo que se vive. Eso es el estudio: algo que implique inteligencia y voluntad simultáneamente. Y debe ser el amor lo que impulse a la inteligencia, y no al revés; no por restarle valor a la inteligencia, sino para darle a ésta su lugar y permitirle así que desarrolle al máximo sus posibilidades. Con este tipo de estudio deberíamos llegar a ser hombres, no sólo personas instruidas. Ser personas cultas en sentido sólo “cerebral” en realidad significa ser ignorantes. En definitiva, un estudio que sea vida debería formar hombres y mujeres que saben vivir y afrontar todos los problemas del pensamiento humano como problemas vividos personalmente, no como problemas “de estudio”. Trabajo como escuela de vida Desde esta óptica, trabajar no es una pérdida de tiempo, puesto que el trabajo también es un medio de conocimiento. No es sólo un medio de vida, sino algo inherente al ser humano y en consecuencia también un medio para conocer la realidad y entender la vida. Es un instrumento de formación humana real y efectivo. Si tengo una dificultad en el trabajo que hago, o si tengo que aumentar la producción porque la empresa se tambalea, ésos son problemas que he de resolver concretamente, y no de manera abstracta ni espiritual. Cuando sólo se estudia, uno puede inventarse una filosofía y decir que está bien, que es justa; pero cuando hay que poner en funcionamiento una máquina, no se puede inventar una filosofía: hay que poner en marcha esa máquina según unas leyes que son las que son y a las que hay que adaptarse. El trabajo nos da el sentido de la realidad, nos pone en contacto con la materia, con el cosmos. Nos permite adquirir esa experiencia vital que proviene del hecho de tener que adaptarse a la materia concreta y tratar de adaptarla a nosotros. A menudo, cuando lo que damos es un pensamiento vital, difícilmente nos entienden los que sólo estudian, mientras que quizás nos entiendan mejor un ama de casa o un obrero, que trabajan todo el día y no tienen categorías abstractas ni esquemas con los que filtrar y sobrentender lo que les decimos. Por eso, estas personas “simples” constituyen la mejor “caja de resonancia” para ayudarnos a salir de los libros y los conceptos huecos, y para encontrar un pensamiento que sea vida, ser y humanidad. Una prueba de todo lo que venimos diciendo la tenemos, por ejemplo, cuando estamos con obreros, o campesinos, o pescadores cuya experiencia no sólo nos expresa la sabiduría de su contacto laborioso con la vida y la naturaleza, sino la concreción de la naturaleza, su armonía y su pureza. En contacto con esta gente podemos aprender muchas cosas sobre ciertos valores de la existencia humana que ningún libro podría darnos nunca. Así pues, el estudio no debe distanciarnos del mundo laboral, del mundo de la materia, sino hacer que formen un todo con nosotros. Por eso es necesario un trabajo concreto, serio y productivo. Ahí se ve si estamos bien injertados en la realidad, si somos reales. En contacto con la realidad, la inteligencia, el espíritu, el ser del hombre se delinea, se ilumina y clarifica. Por eso se entiende el riesgo al que está expuesto el hombre con la invasión de los medios de comunicación: el riesgo de sustituir la realidad real por la realidad virtual. No digo que haya que rechazarlos, pero sí ubicarlos en un panorama globalmente humano en el que una sólida y plena conciencia del ser hombre sea capaz de integrarlos sin dejarse “desintegrar” por ellos. El trabajo consigue destruir buena parte de lo que uno sólo ha aprendido como nociones, dejándonos sólo esa parte de verdad que era vida y sabiduría, lo que se ha vuelto parte de nuestro ser. El trabajo nos permite entender cosas muy importantes; entre otras, que el estudio no es lo único que hay en la vida. Lógicamente, no hay que considerar trabajo sólo el manual. En primer lugar porque, al igual que el trabajo manual atañe a nuestra libertad y a nuestra conciencia, también el trabajo intelectual bien hecho puede implicar a todo nuestro ser. Y luego porque es un sacrificio, por ejemplo, aprender unas nociones para trabajar mejor y encarnar bien lo que se estudia. También es trabajo el esfuerzo de leer cosas arduas, o aprender lenguas difíciles a fin de leer a determinados autores. Quien tiene la tarea de estudiar debe hacer bien su trabajo. Evidentemente, todo esto vale para quienes no sólo quieren ser eruditos, sino aportar algo. Para éstos el trabajo es una parte esencial de su estudio, precisamente porque es la vida la que nos hace entender. Ser social y conocimiento Otra dimensión fundamental del hombre de consecuencias decisivas en el estudio es que es un ser social. Cuando decimos que el hombre es “naturalmente social”, expresamos una verdad de enormes consecuencias en todos los niveles, incluso el del conocimiento. En primer lugar, está el hecho de que la verdad la alcanzamos juntos, como “cuerpo”, y por tanto hemos de estar siempre abiertos a dejarnos completar por la verdad de los demás, Mucho más hoy, cuando nadie puede tener un conocimiento que abarque toda la realidad. Pero quisiera subrayar que no basta con trabajar “en equipo” poniendo juntas muchas ideas y conocimientos para llegar a una síntesis. No es posible tomar varias cosas muertas para hacer algo vivo. Una verdadera síntesis sólo la podrán hacer personas que no se queden en el plano de la abstracción, sino que ya estén fundidas en unidad. Esa profunda comunión que Jesús trajo a los hombres es fuente de luz siempre nueva. Una profunda unión con Dios y con los demás proporciona luces nuevas para afrontar cada problema. Se requiere simultáneamente la cultura y la unidad para superar teorías desligadas entre sí y llegar a una síntesis, así como a ciertas intuiciones originales, cuajadas de sabiduría humana y divina. Cultura de masas Una enseñanza de este tipo resolvería un problema muy actual, ya que normalmente la escuela, sobre todo la superior, es concebida como escuela de élite, o sea, para algunos hombres, y no para la humanidad. Por eso se ha especializado, ya que parecía más fácil avanzar con las personas cultas e inteligentes. Pero en realidad ha supuesto darle la espalda a la verdadera humanidad, de la que sólo ha desarrollado algunos aspectos. Será un sueño, quizás una utopía, aunque creo que debería realizarse, pero tenemos que llegar a una cultura de masas: conseguir elaborar una cultura que sea profundamente cultura, verdadera cultura, la más elevada, pero asimilable por millones de personas. Éste es, pienso, el dilema de las actuales universidades. Tenemos que llegar a una cultura intersubjetiva, y sobre todo a una forma de comunicación y expresión que todos puedan entender. Si no, no es cultura, sino una cultura para la parte de la humanidad que piensa, en vez de la cultura del hombre. No digo que todos tengan que saberlo todo. No es eso. Tendría que ser como el Evangelio, que está hecho para todos; del mismo modo, la verdadera cultura debería ser para todos los hombres. O conseguimos darle el hombre al hombre, o sólo daremos abstracciones y fórmulas a unos pocos, que no son toda la humanidad. La cultura antigua era de multitudes. Pensemos en la tragedia griega, o la Odisea, o la Iliada... ¿Eran acaso una escuela de élite? No, sino que el pueblo vibraba con estos poemas. Y hoy nos preguntamos por qué. Pues porque era verdadera cultura, porque eran expresión de la humanidad. Lo mismo vale para san Pablo: ¿cómo podía decirle cosas tan elevadas a gente que no era precisamente docta? Nosotros tenemos un concepto erróneo de la ignorancia. Las personas a las que estaban dirigidas esas cartas eran humanidad, y esas palabras eran universales y expresaban la humanidad, daba cosas que todos entendían porque eran vida de los hombres. Un Agustín o un Crisóstomo hablaban y hacían exégesis para la multitud. ¿Por qué? Porque estaba ese humus verdadero y real, que era verdadera cultura y expresaba el “ser humanidad”. Cuando consigamos hablar no sólo para unos pocos, para los museos, para una humanidad abstracta, sino de manera que pueden entender las personas vivas, la humanidad real, la gente que vive en el mundo de hoy, con las exigencias de hoy, con la inteligencia de hoy, entonces estaremos haciendo verdadera cultura. Las cosas verdaderas son para todos. Esta universalidad de comprensión es uno de los signos para comprender si lo que decimos es una invención nuestra o es verdadera sabiduría. Lo cual no quiere decir que el pensador no deba afrontar las dificultades, las asperezas del pensamiento, o, como decía Hegel, la fatiga del concepto. Pero luego todo tiene que diluirse lo mejor posible en la comunión, mediante el don de la comunicación. Los libros pueden llegar a ser malos compañeros si nos alejan de la existencia y del ser para trasportarnos a categorías abstractas y difíciles, mientras que la verdadera sabiduría sólo está en el el corazón de la humanidad, cuya inteligencia tiende básicamente a la vida. Y sobre todo, Jesús está en la humanidad, en especial donde está crucificado. En el sufrimiento y en el dolor encontramos la verdadera sabiduría. Sin duda, no podemos dejar a un lado una tarea que aquí se nos presenta: restituir el hombre a la humanidad. Un abuso de técnica nos ha coducido a formas consumistas que han empañado el ser-hombre del hombre. Por eso hay que reconstruirlo. Y tenemos un buen aliado: la irredutible humanidad del hombre, que nada ni nadie puede destruir. La nueva enseñanza En conclusión, se trata de pasar de un plan de estudios basado en nociones absractas y erudición, a uno basado en otro concepto de hombre y cultura. Un hombre “unificado”, que no vale por lo que posee o sabe, sino por lo que es. Una cultura entendida como ser, como vida, como profundidad, como sabiduría humano-divina. Y una enseñanza de este tipo no es fácil de realizar porque tiene que nacer de la vida, no de un proyecto. Pero ahora no hay que lamentarse del pasado ni creer que llegaremos a lo óptimo. El hombre está unido al futuro, y quizás lo que ahora anhelamos lo vivan plenamente otros. Pero tenemos que empezar a vivir nosotros en esa realidad si queremos aportar algo. Tenemos que empezar a realizar esta nueva escuela mediante una auténtica comunión de vida; una enseñanza en la que la formación sea humana, plena y total, que involucre todo nuestro ser y que determine nuestra vida, nuestra existencia para siempre. Sólo la vida proporciona alegría, paz y un tipo de conocimiento que los libros no nos pueden dar. Esto no lo entiende quien se distancia del ser ni quien sólo se basa en una cultura conceptual y en la razón abstracta, sino quien se compromete y vive. (Continúa)


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