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Octubre - 2008


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Una apuesta cultural

Nelson Benítez (desde Asunción)


Paraguay Con cautela y expectación por parte de la ciudadanía empezó el gobierno de Fernando Lugo.

«Es importante que vuestro presidente deje en claro un tema: el cambio no es una cuestión electoral, el cambio en Paraguay es una apuesta cultural, quizás la más importante en su historia»; «No nos interesan vencedores ni vencidos». Son palabras del nuevo presidente de la República del Paraguay, Fernando Lugo Méndez, en su discurso de investidura. Quizás sea la premisa más oportuna para esta nueva etapa de la historia de la nación guaraní. Fernando Lugo nació en 1951 en el pequeño pueblo de San Solano, en el departamento de Itapúa, al sur de Paraguay, en el seno de una familia humilde y muy creyente de la fe católica, donde aprendió las primeras enseñanzas cristianas, que luego completó en el colegio Inmaculada Concepción. El día de su investidura como presidente, en agosto pasado, dijo: «Hoy termina un Paraguay exclusivo, un Paraguay secretista, un Paraguay con fama de corrupto. Hoy inicia un Paraguay donde las autoridades serán implacables contra los ladrones». Algunos piensan que es una promesa demasiado ambiciosa, pero... ¿no es acaso lo que todos los paraguayos debemos ambicionar: desterrar la corrupción para volver a sentirnos orgullosos de pertenecer a este pueblo? Y esto pidiendo perdón a aquellos hombres y mujeres que no tienen ni han tenido responsabilidad alguna en ese sentido. No me refiero a los héroes reconocidos, sino a esos padres y madres, gente corriente, verdaderos héroes de la vida cotidiana que, aun con un Estado ausente, han sido capaces de salir adelante cada madrugada. Tenían claro que la autoridad legalmente constituida es la encargada de impartir justicia para todos, empezando por las víctimas más humildes de una cultura excluyente. Otro concepto del discurso de Lugo que encierra una actitud fundamental y que está dirigido a la clase política gobernante –y por qué no, a los gobernados– es no “hacer pesar” en este nuevo período constitucional la cualidad de “vencedores” o “vencidos”. Porque los hechos dicen que la gran mayoría de los gobernantes –y gobernados– en las últimas décadas de nuestra historia hemos sido “vencidos”, ya sea por la incapacidad de cumplir con nuestros deberes o porque no hemos sabido reclamar nuestros derechos. El único vencedor debe ser Paraguay, para que sus hijos e hijas tengan la posibilidad de acceder a una educación verdadera y formadora de personalidad, a una asistencia sanitaria humana, a un trabajo digno... Como señaló el nuevo presidente, éstos fueron los mejores sueños de Rodríguez de Francia, de los López, de Bernardino Caballero, de Eusebio Ayala y de tantos otros próceres de este país, no obstante los errores ligados al contexto histórico y a las limitaciones personales. En 1977, Lugo se trasladó a Ecuador, donde trabajó en comunidades con muchas carencias. Su vocación sacerdotal está por lo tanto muy ligada a los pobres. En 1994 fue designado obispo de la diócesis de San Pedro del Ykuamandiyu, una de las regiones más pobres del Paraguay. No es de extrañar que, dada su trayectoria personal –además lo había prometido– en la toma de posesión como presidente del Paraguay Lugo se presentase vestido con camisa y calzando las “sandalias del compromiso”, según las definió. Y, justamente, llora cuando dice que desea un país sin exclusiones, y afirma que no perseguirá a nadie por «portación de pobreza», y que los indígenas volverán a ser propietarios de sus territorios. Todo el mundo en Paraguay sabe que existen sectores sociales que no pueden esperar más tiempo para recibir asistencia por parte del Estado, algo que el nuevo mandatario deberá concretar con personal técnico e idóneo al efecto. Es evidente que la austeridad a todo nivel y la implementación de normas necesarias impulsarán una distribución más equitativa de los bienes, desde los que más tienen hacia los más desposeídos. Sin olvidar que estos últimos siempre tendrán algo que dar a cambio porque, como decíamos, muchos de ellos son la reserva de una nación rica en sacrificio y generosidad. En 2005, Lugo pasa a ser obispo emérito al renunciar al obispado de San Pedro. En marzo de 2006 encabezó una organización cívica, Resistencia Ciudadana; en diciembre del mismo año renunció a su estado clerical y el 25 ese mes se lanzó al ruedo político. Por último, el 20 de abril pasado salió triunfador en las elecciones, y el 30 de julio se divulgó el comunicado de “reducción al estado laical” que le otorgaba el Vaticano. Hoy, como presidente de la República, es la esperanza de muchos paraguayos. El nuevo presidente, entre otros sueños, abogó en su discurso por renunciar a un «Paraguay triste» y anunció «un país con jóvenes protagonistas de su destino». Pero aclaró de nuevo: «El Paraguay no cambiará definitivamente el 16 de agosto, mañana. Cambiará el día que te sumes, actuando, evaluando y trabajando por nuestro país (...), no importa el sector político al que respondes». La mayoría de los paraguayos ha optado por un cambio. El nuevo presidente ha propuesto los caminos. Ahora tienen que recorrerlos. RECUADRO Es la primera vez que en Paraguay se verifica un cambio de gobierno de un partido a otro por vía democrática. Bastaría esto para entender la importancia, las ilusiones y los temores del momento histórico que están construyendo los paraguayos. Sesenta años de gobierno del Partido Colorado, incluidos los treinta años de dictadura de Alfredo Stroessner, dan paso a una amplia coalición que deberá afrontar muchos problemas y prácticas arraigadas en su gente. Lugo es el primer obispo en la historia de la Iglesia Católica dispensado de esa función para asumir un cargo político tan elevado. La decisión de este ex religioso de la congregación del Verbo Divino de ingresar en el terreno político abrió un proceso que ha culminado con su retorno al estado laical, pero sin fracturas y en comunión con la Iglesia, a la que Lugo nunca ha dejado de amar y pertenecer. Un elemento, éste, que marcará su gestión. La coalición que ha ganado las elecciones paraguayas no es homogénea. Está integrada por numerosos partidos y organizaciones sociales. El Ejecutivo asume además la conducción de un país con el más bajo producto interior bruto del continente americano, a excepción de Surinam: el 40% de los 6,5 millones de paraguayos es pobre. Según el diario local ABC Color, el 76% de la población tiene esperanzas en que la situación mejore con el nuevo gobierno; el 59% le concede un plazo de uno o dos años para ver los resultados; el 24% ya los espera para finales de este año. Sólo un 12% está dispuesto a esperar hasta el final de su mandato para ver las mejoras. Otra encuesta dada a conocer por Transparencia Internacional señala que para la opinión pública los tres grandes problemas de Paraguay son el desempleo, la delincuencia y la corrupción. Para hacer frente a estos escollos será necesaria la gobernabilidad. En concreto, el gobierno deberá sortear el obstáculo de la falta de mayoría parlamentaria, lo cual requerirá dotarse de los instrumentos legislativos necesarios para encarar temas endémicos como la pobreza, la falta de transparencia, el clientelismo y la escasa distribución de la riqueza. Algunas primeras tensiones ya se produjeron con la formación del nuevo gabinete. Otras preocupaciones surgieron con motivo del acercamiento al general golpista Lino Oviedo, figura muy cuestionada, si bien es un gesto pragmático para asegurar la gobernabilidad. En esta primera etapa, sin duda, Lugo deberá obtener mayorías puntuales para cada proyecto, favorecido acaso por la actual desarticulación de la oposición. La tarea es ardua, pero a Lugo y a muchos paraguayos no les falta esperanza. “Los que seguimos a Dios –ha dicho– siempre pasamos por una noche oscura”. También hay un dicho indígena guaraní que reza: “Canto más oscura es la noche, más cerca está el amanecer”. Sergio


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